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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Permanecieron acostados sobre la gruesa hierba de la pradera, mirando las nubes con los ojos entrecerrados, apoyados uno en otro como troncos apilados. La brisa revoloteaba sobre ellos y hacía aparecer y desaparecer de la visión las briznas de avena silvestre. Una mariposa monarca pasó volando y se posó en un arbusto, donde quedó agitando las alas. En alguna parte, una gallina de la pradera sumó su cloqueo entrecortado al zumbido de las chicharras. La tierra tibia los acunaba desde abajo, el sol cálido los bañaba desde arriba, y holgazanearon, contentos.

Los dedos del niño se aflojaron, abrió las palmas y, en poco tiempo, roncaba suavemente.

Marcus tenía los dedos entrelazados bajo la cabeza, gozando del peso de la cabeza de Jube sobre el estómago, sintiendo que el corazón le latía con firmeza dentro del pecho, sobre el suelo virgen, que parecía devolverle los latidos.

Se le ocurrió estirar la mano y tocarle la garganta con las yemas de los dedos… rozarle… sólo rozar… nada más.

Pero antes de que pudiese hacerlo, la cabeza se movió. Alzó la de él y la vio observándolo, perfecta y apacible, la mejilla sobre el vientre de Marcus. Entonces, hizo algo increíble: estiró la mano y tocó la garganta de él con las yemas de los dedos, con tanta suavidad como si fuesen las alas de una mariposa monarca.

Sonrió con dulzura.

Y lo colmó de embeleso.

Le hizo retumbar el corazón como un trueno de verano.

Hizo crecer dentro de él una loca y temeraria esperanza.

«Jube, -pensó-. Oh, Jube, qué cosas te diría si pudiese. Qué cosas haría. Pero eres de Scotty, ¿no?». Marcus imaginaba que un hombre como Scotty sabía todo lo necesario acerca del modo de besar y complacer a una mujer. ¿Cómo era posible que a Jube le gustara un beso de Marcus, después de haber conocido a un hombre así?

Por lo tanto, en vez de besarla, se conformó con un único consuelo. Le tocó levemente el pelo, sintió en los dedos, por primera vez, el sol atrapado en la textura sedosa y rica.

Jube. Los labios se movieron, pero no emitió ningún sonido.

Pero la muchacha lo vio pronunciar su nombre, y respondió diciendo el de él. Y aunque Marcus oía perfectamente previrió mover los labios, nada más, como él.

Marcus.

Y por ese día… por ese día dorado, era suficiente.

Capítulo 13

Por ser septiembre, el clima fue insoportablemente caluroso y húmedo, después de dos días de lluvia. Ni el menor soplo de aire entraba en el apartamento. Las sábanas parecían pegajosas, y por mucho que Gandy empujara para apartar a Jube, ella volvía a su mitad de la cama y le apoyaba la pierna tibia encima. Le dolía el brazo y los malditos coyotes no dejaban de aullar. Ya hacía una hora que no se callaban.

Empujó otra vez la pierna de Jube. Cara abajo, los brazos hacia arriba, flexionó la rodilla y la apretó otra vez contra él. Agitado, se apartó.

Entre ellos, las cosas no iban bien. Algo se había estropeado, pero Scott no sabía bien qué. Dormía con él con menos frecuencia, y cuando hacían el amor, tenía la impresión de que no siempre lo deseaba. Esa noche lo habían hecho, pero cuando le preguntó qué pasaba, Jube le contestó:

– Es el calor. Además, estoy encantada.

– ¿Quieres que lo dejemos, Jube? No es obligatorio.

– No… no, está bien -respondió, con demasiada precipitación. Y cuando se le acercó, prosiguió-: Me gustaría que alguna vez lo hiciéramos cuando no sea la una de la madrugada y yo no esté tan cansada de bailar.

Sin embargo, antes no importaba que fuese la una de la madrugada o la una de la tarde. Jube estaba dispuesta. Y entusiasta.

En esos momentos, tendido junto a ella, Scott pensó si no sería algo que él había hecho. O algo que no había hecho. Quizá quería casarse, y esperaba que él sacara a colación el tema. Se dio la vuelta, para contemplarla en la oscuridad. Los miembros desnudos eran tan blancos como las sábanas en las que yacía. Ni el cabello blanco se distinguía. Se había mezclado con su vida del mismo modo absoluto en que se mezclaba con las sábanas. Aunque era una relación cómoda, no era el tipo de vínculo que Scott quisiera conservar para siempre. ¿Casarse con Jube? No, no lo creía. La perspectiva del matrimonio debía provocar un ramalazo de ansiedad, como cuando estuvo comprometido con Delia. Pero en este caso no era así. Había dos clases diferentes de amor, y el que sentía por Jube no era para casarse con ella.

Jube se dio la vuelta y le sacudió el brazo, provocándole un espasmo de dolor en el hombro.

Se sentó, encontró los pantalones en la oscuridad, se los puso, lo abotonó hasta arriba, menos el último botón, y fue hasta la sala de estar. Tanteando, encontró el humidificador, tomó un cigarro y una cerilla, y salió del apartamento.

Cuando abrió la puerta que daba al rellano, lo sobresaltó un movimiento en rincón opuesto.

– Gussie, ¿eres tú?

Agatha se irguió en la silla y se envolvió mejor en la bata.

– Sí. Yo… no podía dormir con este calor.

El hombre salió sin hacer ruido y cerró la puerta.

– Yo tampoco.

Agatha enlazó los pies descalzos e intentó esconderlos bajo la bata.

– ¿Te molesta si te acompaño?

– No, claro que no. También es tu rellano.

Vio que él también estaba descalzo, y sin camisa. Se acercó hasta la cima de la escalera y, con las piernas muy separadas, dirigió la mirada hacia la pradera. La piel parecía pálida contra el cielo nocturno. Arriba, las estrellas guiñaban pero había luna nueva y no iluminaba demasiado.

– Malditos coyotes. Cuando empiezan, no saben cómo detenerse.

– A mí, en realidad, no me disgustan. Me han hecho compañía.

Scott miró hacia atrás sobre el hombro y vio que la mujer sentada en una dura silla de cocina puesta en un rincón, se sostenía el cuello de la bata y era la imagen misma de la virtud amenazada. La comparó con Jube, despatarrada, desnuda, sobre la cama, y aunque resultaba cómico, no tuvo ganas de reír. Se afligió.

– Tienes un aspecto muy diferente con el pelo suelto.

Más accesible. Se preguntó qué haría si él se acercaba y lo tocaba. El cabello de Agatha, lustroso y de color intenso, siempre lo había atraído. La mujer, como avergonzada, lo sujetó sin darse cuenta, como para ocultar la melena libre.

– Yo… tendría que haberlo trenzado. Por lo general… -Se interrumpió, al comprender que iba a revelar un hábito nocturno muy personal, y que no era un tema muy apropiado de conversación entre un hombre descalzo y una mujer, a las tres de la mañana-. Cuando me quedé con Jubilee, me dijo que, a veces, el cabello necesita soltarse y entonces yo, bueno…

– No te pongas nerviosa, Agatha. Fue sólo una observación. -Para alivio de Agatha, cambió de tema y preguntó-: ¿Te molesta si fumo?

– No, en absoluto.

Fue hasta el lado opuesto del rellano y se sentó sobre la baranda, con la espalda contra la pared, una rodilla levantada, el otro pie en el suelo. Encendió la cerilla en la madera y, al ahuecar la mano, el rostro se le encendió de anaranjado por un instante. Sacudió la cerilla, la arrojó abajo y dio una chupada honda.

– ¿No es curioso? -comentó la mujer-. Solía detestar el olor del cigarro, pero ha llegado a gustarme.

Scott rió, echando la cabeza atrás.

– Sí, así es como sucede con la mayoría de las cosas malas: te conquistan.

Mientras aspiraba el cigarro, el humo, acre pero agradablemente masculino, flotaba hacia ella. A lo lejos, ladraban los coyotes y Agatha olvidó sus pudores.

– Willy me contó que le enseñaste a jugar un póquer de cinco naipes.

Scott rió y lanzó otra nube de humo.

– ¡Vaya con el pequeño cuentero!

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