La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¿Por qué hablas así, entonces?
– No hay nada más fácil que hablar -dijo St. Clare-. Creo que Shakespeare hace decir a un personaje «Mejor enseñaría yo a una veintena lo que hay que hacer, que seguir, una entre veinte, mis propias enseñanzas» [23]. No hay nada como la distribución del trabajo. Hablar es mi fuerte y el tuyo, prima, es hacer.
En la situación externa de Tom en estos momentos, no había nada de que quejarse, a los ojos del mundo. El afecto que le profesaba la pequeña Eva, la gratitud y cariño instintivos de una naturaleza noble, la habían llevado a pedir a su padre que fuera su asistente especial siempre que necesitara la compañía de un sirviente en sus paseos; y Tom tenía órdenes de dejar todo lo que estuviera haciendo y atender a la señorita Eva siempre que ella lo deseara, órdenes que no le eran nada desagradables, como pueden imaginarse nuestros lectores. Iba bien vestido, pues St. Clare era muy exigente en ese aspecto. Sus servicios en los establos no eran más que una sinecura, y consistían en una inspección cotidiana y en dar instrucciones a un sirviente subalterno; y es que Marie St. Clare había dicho que no toleraría que oliese a caballo cuando se le acercara y que no debía hacer ningún trabajo que pudiera hacerlo desagradable para ella, ya que su sistema nervioso no podía someterse a ninguna prueba de esa naturaleza; según decía ella, un tufo desagradable era suficiente para acabar con ella y poner fin a todas sus tribulaciones terrenales de una vez. Por lo tanto, Tom, con su traje bien cepillado de paño, su suave sombrero de castor, sus botas lustrosas, sus impecables puños y cuello y su bondadosa cara seria parecía lo bastante respetable como para ser un obispo de Cartago, como lo habían sido sus antepasados en otra época.
Además, estaba en un lugar hermoso, algo que nunca era indiferente a los de su sensible raza; y disfrutaba con un gozo sereno de los pájaros, las flores, las fuentes, las aromas, la luz y la belleza del patio; las cortinas de seda, los cuadros, las arañas, las figurillas y los dorados, que convertían los salones de dentro en una especie de cueva de Aladino a sus ojos.
Si alguna vez África muestra una raza elevada y culta -y tarde o temprano le llegará el turno de participar en el drama de la perfección humana-, la vida despertará allí con una suntuosidad y magnificencia que no podían imaginarse nuestras frías tribus occidentales. En aquel país místico y lejano de oro y gemas y especias, de palmeras ondulantes y flores soberbias y fertilidad milagrosa, nacerán nuevas formas de arte, nuevos estilos de esplendor; y la raza negra, ya no despreciada y pisoteada, quizás aporte algunas de las revelaciones más novedosas y magníficas de la vida humana. Seguro que lo hará, con su delicadeza y docilidad de corazón, su humildad, su capacidad de confiar en una mente superior y un poder más alto, con la sencillez de sus afectos y su facilidad para el perdón. En todas estas cosas manifestarán la forma más elevada de la vida cristiana y, quizás, como Dios castiga a los que ama, ha elegido a la pobre África para meterla en la fragua de las aflicciones, para convertirla en la mejor y la más noble del reino que establecerá después de juzgar y condenar a los demás reinos, porque los primeros serán los últimos y los últimos, los primeros.
¿Eran éstos los pensamientos de Marie St. Clare, mientras estaba de pie en el porche un domingo por la mañana, espléndidamente vestida, abrochando una pulsera de brillantes en su fina muñeca? Posiblemente lo fueran. O si no, pensaba en otra cosa; porque a Marie le gustaba usar cosas buenas, y en este momento iba a ir a una iglesia de moda, ataviada con todas sus galas: brillantes, sedas, encajes y diversas joyas, para ejercer de religiosa. Marie siempre hacía alarde de ser muy beata los domingos. Allí estaba, tan esbelta, tan elegante, tan etérea y ondulante en todos sus movimientos, su echarpe de encaje envolviéndola como la niebla. La señorita Ophelia estaba junto a ella, un gran contraste. No porque no tuviese un vestido y un chal igualmente buenos o un pañuelo igualmente fino, sino que su rigidez, su corpulencia y su total rectitud la envolvían con un halo, aunque indefinido, tan apreciable como la elegancia de su compañera; sin embargo, no era la gracia divina… ¡ésa es una cosa muy diferente!
– ¿Dónde está Eva? -preguntó Marie.
– La niña se ha detenido en la escalera para decirle algo a Mammy.
¿Y qué es lo que le decía Eva a Mammy en la escalera? Escucha, lector, y te enterarás tú, aunque Marie no se entere.
– Querida Mammy, sé que te duele muchísimo la cabeza.
– ¡Dios la bendiga, señorita Eva! Últimamente me duele siempre la cabeza. No se preocupe usted.
– Bien, pues me alegro de que vayas a salir -y la niña la rodeó con sus brazos-, toma, Mammy, llévate mi frasco de sales.
– ¿Qué, su frasco precioso con los diamantes? Dios mío, señorita, no estaría nada bien.
– ¿Por qué no? A ti te hace falta y a mí, no. Mamá lo usa siempre para el dolor de cabeza; hará que te sientas mejor. No, no, te lo llevarás, vamos, para complacerme.
– ¡Cómo habla el angelito! -dijo Mammy, cuando Eva se lo puso encima del pecho y, besándola, se fue corriendo escaleras abajo para reunirse con su madre.
– ¿Por qué te has detenido?
– Sólo me he parado para darle mi frasco de sales a Mammy, para que se lo lleve a la iglesia.
– ¡Eva! -dijo Marie, dando una patada de exasperación en el suelo-. ¡Tu frasco de oro a Mammy! ¿Cuándo vas a aprender lo que es correcto? Ve a recuperarlo ahora mismo.
Eva adoptó una expresión afligida y se giró despacio.
– Oye, Marie, deja a la niña en paz; hará lo que crea conveniente -dijo St. Clare.
– St. Clare, ¿cómo va a defenderse en la vida? -preguntó Marie.
– Sólo Dios lo sabe -dijo St. Clare-, pero en el cielo se defenderá mejor que tú o yo.
– Oh, papá, no seas así -dijo Eva suavemente, tocándole el codo-; molestas a mamá.
– Bien, primo, ¿estás listo para ir a la iglesia? -preguntó la señorita Ophelia, volviéndose para mirar de frente a St. Clare.
– Yo no voy, muchas gracias.
– ¡Ojalá St. Clare fuese a la iglesia! -dijo Marie-, pero no tiene ni un ápice de religioso. No es nada respetable.
– Lo sé -dijo St. Clare-. Vosotras las señoras vais a la iglesia para aprender a salir adelante en el mundo, supongo, y vuestra piedad nos tiñe a nosotros de respetabilidad. Si yo fuera, iría a donde va Mammy; por lo menos allí ocurren cosas para mantenerlo despierto a uno.
– ¿Qué? ¿Con aquellos metodistas gritones? ¡Qué horror! -dijo Marie.
– Cualquier cosa antes que el mar muerto de vuestras iglesias respetables, Marie. Decididamente, es demasiado pedirle a un hombre. Eva, ¿a ti te gusta ir? Vamos, quédate en casa a lugar conmigo.
– Gracias, papá, pero prefiero ir a la iglesia.
– ¿Pero no es muy aburrido? -preguntó St. Clare.
– Creo que es un poco aburrido -dijo Eva- y me entra sueño a mí también, pero intento mantenerme despierta.
– ¿Por qué vas, entonces?
Ya sabes, papá -dijo ella en un susurro-, la prima me ha dicho que Dios quiere que vayamos; y Él nos lo da todo, ¿sabes? Y no es mucho, si Él lo quiere. No es tan aburrido, después de todo.
– ¡Eres un ángel dulce y complaciente! -dijo St. Clare besándola-; vete, buena chica, y reza por mí.
– Por supuesto. Siempre lo hago -dijo la niña, saltando al carruaje tras su madre.
St. Clare se quedó en la escalinata enviándole besos mientras se alejaba el coche; tenía los ojos llenos de lágrimas.
– ¡Ay, Evangeline, bien llamada! -dijo-; ¿no ha hecho Dios que seas un evangelio para mí?
El sentimiento le duró un momento; después fumó un cigarro, leyó el Picayune [24] y se olvidó de su pequeño evangelio. ¿Era muy diferente de las demás personas?
[23]El mercader de Venecia, acto I, escena II, versos 17-18.
[24] Término que deriva del lenguaje caribeño y que se utilizaba en Luisiana para designar una moneda pequeña corriente antes de 1857 y que equivalía a unos seis centavos. De ahí el nombre del periódico, New Orleans Picayune, puesto que costaba esa cantidad. Esta publicación fue fundada en 1837 por G. W. Kendall y F. A. Lumsden y se le ha considerado hasta ahora el diario más importante de Nueva Orleans. En 1914 se asoció con elTimes -Democrat y pasó a llamarse el New Orleans Times-Picayune.