Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
De pronto calló y se quedó un rato acariciando las solapas del capote. Era un viejo coronel de cara redonda, inescrutable. Parecía un campesino. Quién sabe cuánto tiempo había estado fuera del servicio, hasta que la caída de Perón lo había devuelto al ejército. Quién sabe si era, después de todo, un coronel.
– Si yo fuera usted -dijo-, haría venir a mi mujer. Uno se puede volver loco acá. Oiga ese viento. Nunca se calma. Es así las veinticuatro horas.
– No sé cómo llamar a mi mujer -dijo el Coronel, abrumado-. Ni siquiera sé dónde estamos.
– Creí que se había dado cuenta. Frente al golfo San Jorge, al sur. De qué le sirve saber. Con este viento, no se puede ir muy lejos.
– Habrá un lugar donde se pueda comprar algo de ginebra -insinuó el Coronel-. Voy a necesitar unos porrones.
– No le aconsejo. El alcohol es carísimo. En el comedor se lo venden, pero cada botella cuesta un ojo de la cara.
– Tengo mi sueldo.
– Sólo un tercio -aclaró el de la cara redonda-. El ejército le paga lo demás a su familia. Ese tercio apenas le alcanza para la comida, que también es cara. Acá no se produce nada. Hay que traer las provisiones desde muy lejos.
– No voy a comer, entonces.
– No diga eso. El aire de mar abre el apetito.
Al mediodía salió y caminó contra el viento. El comedor estaba a menos de cincuenta metros, debajo de un gran letrero con la palabra Cantina, pero cada paso le costaba un esfuerzo enorme, como si los pies tuvieran anclas. Un hombre bajo, musculoso, con nariz de boxeador, le sirvió una sopa de harina verde.
– Tráigame ginebra -le ordenó el Coronel.
– Sólo vendemos alcohol los viernes y sábados por la noche -dijo el hombre. Era jueves. -Antes de pedir nada, es mejor que mire los precios.
Estudió el menú. Lo único que no costaba sumas desatinadas era la sopa de arvejas y la carne de cordero.
– ¿Y la sal? -preguntó-. ¿Cuánto cuesta la sal?
– La sal y el agua son gratis -dijo el hombre-. Puede servirse toda la que quiera.
– Entonces déme sal -dijo el Coronel-. No necesito otra cosa.
Afuera el aire era siempre turbio. El viento soplaba con tanta fuerza que parecía estar hecho de la hermandad de muchos vientos que jamás se apagaban. Era húmedo y saludable, con franjas del aire de mar y violentas agujas de arena que quizá venían del desierto. En el horizonte se dibujaba la silueta desairada del cerro cónico que el Coronel había entrevisto la noche anterior. Ahora parecía a punto de disolverse y desaparecer.
Cuando volvió a su cuarto encontró el catre tendido con sábanas limpias. Habían ordenado en la repisa del baño sus enseres de afeitar. La ropa estaba distribuida con prolijidad en las perchas y en los cajones del ropero. Le indignó que alguien se hubiera tomado la confianza de abrir la valija y disponer de sus cosas sin permiso. Frenético, empezó a escribir una carta de queja al ministro de ejército, pero la dejó por la mitad. La desolación y el abandono que lo rodeaban le parecían irremediables, y supuso que lo mejor sería esperar a que pasaran los seis meses de confinamiento. Ahora sólo le preocupaba la Difunta. Había tratado de amansarla y no se lo habían permitido. Tarde o temprano, cuando Ella se les fuera de las manos, los del gobierno tendrían que llamarlo. Era, después de todo, el único que la sabía manejar. También el embalsamador había logrado cierta destreza, pero a él no lo iban a tomar en cuenta: era extranjero, civil y quizá se entendía en secreto con Perón.
Una oscura sospecha se le fue insinuando lentamente hasta que lo inundó por completo: sus secretos habían sido violados. Quien fuera el que había vaciado su valija sabía ya que allí estaban el manuscrito de Mi Mensaje y el fajo de cuadernos escolares que Renzi, el mayordomo, había confiado a la madre de Persona: los que Ella, Persona, escribiera entre 1939 y 1940 y que llevaban, en las páginas impares, títulos como Uñas, Cavellos, Piernas, Maquiyaje, Nariz, Ensayos y Gastos de ospital. También, sin duda, el intruso había encontrado las fichas donde el Coronel anotaba los vaivenes del Servicio. En la media hora escasa que le habían concedido para despedirse de la familia, se había ocupado menos de besar a las hijas y de amontonar su ropa que de reunir esos papeles sin los cuales él se tornaba vulnerable, acabado, un no ser. Lo que ahora poseía era nada y a la vez era todo: secretos que no se podían compartir, hebras sueltas de historias que por sí solas no significaban gran cosa pero que juntas, tejidas por alguien que supiera hacerlo, bastaban para incendiar el país.
Si le habían tocado un solo papel, mataría al primer ser humano que encontrase. No le importaba quién había entrado en su cuarto: todos debían ser cómplices. Le habían dejado la Smith amp; Wesson con seis balas, tal vez con la esperanza de que se suicidara. No pensaba hacerlo: usaría el arma para matar al que se le pusiera delante. Haría estragos antes de perderse en el viento o en la inmensidad de afuera. Enfermo de cólera, revisó la valija. Era extraño. Parecía que nadie había tocado los paquetes. Todos seguían atados por los nudos alemanes en forma de ocho que sólo él sabía hacer y deshacer.
Desplegó las fichas del Servicio sobre el catre y les echó una ojeada: era difícil que, aun leyéndolas, alguien pudiera descifrar lo que decían. Las había escrito con una clave simple, casi primitiva, pero si no se conocía la frase que permitía el acceso, el sentido se evaporaba. Había dejado en su caja de seguridad del Banco Francés una copia de la clave, con instrucciones de que si moría o desaparecía se la entregaran a su amigo Aldo Cifuentes. Fue el propio Cifuentes quien me mostró la frase, escrita con la letra filosa e inclinada del Coroneclass="underline"
He aprendido que no es injusto el daño que me está sucediendo
Ab cdebfghgi jkb li bm hfnkmpi bq gcri jkb sb bmpc mktbghbfgi
Y luego: g=u, b=z, f=x, k=w, y=y, v=v. Los números: 0=1, 2=9, 3=8, 4=6, 5=5. La escritura se invierte. El texto es el espejo.
«Durante algún tiempo pensé que Moori había compuesto la clave del criptograma en uno de los días desesperados que debió pasar a orillas del golfo San Jorge», me dijo Cifuentes. "Pensé que la frase era un retrato penitente de sí mismo. Me equivoqué: la había copiado de un libro de Evita. Puede encontrarla en la edición de Mi Mensaje que anda por los kioscos”. Moori hizo un cambio insignificante en esa frase, supongo que para introducir un par de letras. Evita dice: "La enfermedad y el dolor me han acercado a Dios. He aprendido que no es injusto todo esto que me está sucediendo y que me hace sufrir". Moori, en cambio, habla de el daño que me está sucediendo. A lo mejor pensaba también en él, como creí al principio. A lo mejor la idea de la maldición ya lo estaba rondando».
Pero cuando desplegó las fichas sobre el catre, el Coronel sólo quería verificar si el orden no había sido cambiado. Leyó las notas que había escrito luego de marcar a Persona con una estrella detrás de la oreja: ¿Qué sucedió al morir el padre en 1926? Y descifró la última línea del informe: «Fue con la madre y los hermanos en ómnibus hasta Chivilcoy»". Todo estaba en su sitio. Repasó la ficha que preguntaba: Durante los primeros siete meses de 1943, la Difunta desapareció. No actuó en la radio ni en el teatro. Las revistas de espectáculos casi no la nombran. ¿Qué sucedió en ese lapso? ¿Estuvo enferma, prohibida, retirada en Junín? Tradujo, con desgano, la última línea: «Mercedes Printer, que la acompañó en el Otamendi y Miroli, ha contado…»
Pasó el resto de la mañana tirado en el catre, pensando cómo haría para recuperar a Evita. Deseaba tenerla allí. En ese lugar remoto, a solas con él, iba a estar mejor que en ninguna parte. Alguien podría llevársela hasta el golfo San Jorge. Necesitaba, una vez más, un plan, un oficial confiable y algún dinero. Quizá podía vender a una revista la historia de la Difunta y desaparecer. Cifuentes le había metido la idea en la cabeza: «Piense, Coronel, piense. París Match, Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera… Pero si se desprendía de su secreto, ya no sería quien era. No valdría nada.
Un lento hilo de sol pasó por la banderola. Recorrió la austera construcción con la mirada, en busca de un escondite para los papeles. Eran paredes sólidas, inviolables. En el cemento no se veían otras fisuras que las del colado: grumos y cráteres iguales a los de la luna. Afuera seguía gimiendo el viento y chillaban las gaviotas inexplicables. A eso de las tres, el hambre le disipó el sopor. Estaba inmóvil en el catre cuando creyó ver que alguien entraba con sigilo en el cuarto a oscuras. Tanteó la Smith amp; Wesson bajo la almohada y calculó cuánto tardaría en saltar de la cama y disparar. No aflojó la tensión ni aun al darse cuenta de que el intruso era una mujer increíblemente menuda -le fue fácil decidir que se trataba de una mujer: la delataban unos pechos enormes-, peinada con un rodete y vestida con una falda corta. La vio acercarse a la mesa con un plato humeante, perfumado con aceitunas, nuez moscada y una salsa intensa, de la que se evaporaban ligeros espectros de vino. Cuando la mujer enrolló la cortina de mimbre que cubría la banderola, la misma luz gris de la mañana -ahora violenta, como si estuviera hecha de acero- se apoderé del cuarto y lo volvió, extrañamente, más oscuro.