Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Creíamos que estaba enfermo -dijo la mujer-. Le traje pastel de papas. Es un regalo de bienvenida.
– ¿Usted abrió mi valija? -preguntó el Coronel.
Ahora podía verla. Era una miniatura de mujer: no más alta que si tuviera nueve o diez años, con hondas arrugas sobre los labios y aquellos pechos como planetas, que la obligaban a caminar inclinada hacia adelante.
– Hay que tener el cuarto en orden -dijo ella-. Hay que cumplir el reglamento.
– No quiero que toque nada. ¿Quién es usted? El coronel no me habló de ninguna mujer.
– Soy Ersilia -murmuró ella, sin soltar el plato-, la esposa. Ferruccio nunca me nombra, para darse corte. Yo soy la que hace todo acá. Sin mí, este lugar no existiría. ¿Ha oído el viento?
– Lo oiría aunque fuera sordo. No me imagino cómo pudieron edificar estas cabañas.
El Coronel deseaba que la mujer se fuera, pero la retenía no el pastel sino el aliento a vino del pastel.
– Trajeron los bloques de cemento en camiones y los fueron colocando con guinchos y grúas. Las primeras ventanas no resistieron ni un mes. Volaron los marcos, los vidrios. Una mañana encontraron las paredes de cemento desnudas. El viento se había tragado todo. Entonces cambiaron las ventanas por banderolas.
– Déjeme el pastel y váyase. Dígale al coronel… ¿cómo se llama?
– Ferruccio -contestó la enana.
– Dígale a Ferruccio que prohibo tocar mis cosas. Dígale que me voy a encargar yo mismo de que el cuarto esté en orden.
La enana dejó el pastel sobre la mesa y se detuvo a observar la valija cerrada. Se restregó las manos en el delantal que apenas le cubra las piernas y el vientre -una tela ínfima oculta bajo los globos inverosímiles del pecho-, y dijo, con una sonrisa que la hacía parecer casi hermosa:
– Algún día me va a dejar leer los cuadernos que tiene ahí, ¿eh? Un día de éstos. Yo aprendí a leer en unos cuadernos iguales. Cuando los vi, me entró nostalgia.
– No son míos -dijo el Coronel-. No se pueden leer. Son del ejército.
– Así que no se pueden leer -se sorprendió ella. Entornó la puerta. El viento descendía en ondas de humor cambiante, a veces suaves, a veces feroces: levantaba vahos de polvo y los esparcía por el horizonte. El oscuro oleaje del polvo entraba también en el cuarto y desteñía el rencor, los sentimientos, las palabras: desteñía todo lo que osara oponérsele.
– Va a llover -dijo Ersilia, yéndose-. Ferruccio tiene un radiograma para usted. Llegó temprano, esta mañana.
Se quedó un largo rato inmóvil, contemplando la lenta declinación de la luz, que persistió en un pálido tono de naranja desde las cuatro hasta las seis y que viró sin apuro hacia el violeta hasta más allá de las siete: un crepúsculo majestuoso, desolador, que nadie podía ver de frente y que quizá no estaba hecho para los seres humanos. Poco después de las siete cayó una lluvia fina y helada que apagó la insolencia del polvo. De todos modos el viento seguía allí, más vehemente que nunca. Se afeitó, se bañó y se vistió con su inútil uniforme. Después deshizo los nudos de los paquetes para reforzarlos con un diseño nuevo y, sin proponérselo casi, abrió uno de los cuadernos. No le sorprendió la letra desaliñada, de glandes trazos, que parecía hacer acrobacias sobre los alambres de las rayas horizontales, sino las frases que leyó:
no hagas ruido al tomar la sopa no te inclines demasiado sobre el plato no muerdas el pan para comer un votado más bien rompelo con los dedos no pongas pan en la sopa no te yeves el cuchillo a la boca
¿Era un cuaderno de modales? Todas las hojas encabezadas por el titulo Ensayos repetían no debes no hagas no tomes no uses. Sólo al final, Evita había copiado algo que parecía un pensamiento o la letra de un tango:
Intrigado, el Coronel hojeó los Gastos de ospital. En la primera página, subrayada con lápiz rojo, Persona -la que en aquellos tiempos adolescentes y maltratados de los cuadernos era el borrador de Persona- había definido una enfermedad. “Pleureda de Chicha: comiensa con fiebre alta y fuertes dolores de pecho más bien puntadas de costado". Las páginas siguientes contenían un diario de viaje escrito casi como una lista de almacén:
Ida y vuelta a Junín $3,50
Caja de genioles $0,25
Bolsa de agua caliente $1, 10
Ampoyas de codeína $0,80
Ya cuando yego la encuentro bastante mejorada pobre Chicha de lo más ojerosa así que en un par de días estoy por ahí de vuelta vos no te aflijás Pascual, que a Rosa había que probarla en mi papel tarde o temprano y si lo está haciendo mal rajala sin asco y pone a la Pampin total cuando yo vuelva me salgo de la pensión que es una mugre como vos sabes yena de cucarachas y porquerías.
Cerró los cuadernos y la oscuridad o la vergüenza lo mordieron por dentro: no ya el viento, que quizás había sido ahuyentado por la lluvia, sino la vergüenza de haber puesto el pie en un pasado que no valía la pena: era un pasado que se disolvía apenas el Coronel lo rozaba con los ojos. ¿Qué hacia Persona en esos años? podía leerlo en sus propias fichas:
Enero 1939: A las semanas de romper con el director Rafael Firtuoso (un romance de dos meses), ED se enamoró del dueño de la revista «Sintonía». Se mudó de una pensión en la calle Sarmiento a un departamento en el pasaje Seaver. Mayo: Apareció en la tapa de la revista «Antena» pero cuando fue a darle las gracias al editor, él no la quiso recibir. Interpretó cuatro radionovelas de Héctor Pedro Blomberg. Julio: Su hermano Juan, que era corredor de jabones, la presentó al dueño de Jabón Radical. Poso como maniquí en dos avisos de Linter Publicidad. Noviembre: Se enamoró del dueño de Jabón Radical pero se siguió viendo en secreto con el dueño de la revista «Sintonía». Enero 1940: Pampa Films la contrató como actriz de reparto para «La carga de los valientes», cuyos protagonistas eran Santiago Arrieta y Anita Jordán. En el set de filmación, cerca de Mar del Plata, conoció al peluquero Julio Alcaraz. Estaba por cumplir veintitrés años. Era de una palidez enfermiza, de una belleza trivial, no inspiraba pasión sino compasión. Y sin embargo quería llevarse el mundo por delante.
Amarró los paquetes con nudos delicados y complejos, y salió a la luz indecisa de la noche. El frío era implacable. Avanzó a través de la llovizna y del viento, y una vez más sintió que estaba avanzando a través de la nada. En la cantina ardía una chimenea de leños refractarios. Ferruccio estaba de espaldas. El hombre bajo con nariz de boxeador se afanaba detrás del mostrador. El Coronel chocó los tacos de las botas con inútil marcialidad y tomó asiento en la mesa de Ferruccio.
Qué bien -dijo Ferruccio-. Lo estábamos esperando. Mi mujer ha cocinado para usted. Llénese bien que ésta va a ser su última comida gratis.
Vislumbró en la cocina la silueta de Ersilia, la enana, que se movía velozmente, como un mosquito.
– Ordénele a ese hombre -dijo el Coronel, señalando hacia el mostrador con la quijada- que me traiga una ginebra. Dentro de tres horas va a ser viernes.
– Parientini -dijo el boxeador-. Me llamo Caín Parientini.
– Da lo mismo -dijo el Coronel-. Tráigame ginebra.
– No se puede -intervino Ferruccio-. Es una lástima.
En este lugar el reglamento es muy estricto. Si nos pescan, vamos todos en cana.
– Quién nos va a pescar? Aquí no hay nadie.
– Tampoco hay ginebra -dijo Ferruccio-. Traen un porrón el viernes por la noche y se lo llevan el domingo por la mañana. Desde que estoy acá el porrón ha sido siempre el mismo. Entra y sale intacto.
– Mañana, entonces -le gritó el Coronel al boxeador-. Mañana a esta hora. Pida que le dejen varios porrones. Con uno no hacemos nada. -Se volvió hacia Ferruccio. -Su esposa me dijo que me habían mandado un radiograma.
– Ah, sí. Malas noticias. El capitán Galarza tuvo un accidente.
Tomó el papel arrugado que le extendía Ferruccio. El mensaje estaba escrito en largas franjas pegadas con engrudo y ni siquiera habían tomado la precaución de cifrarlo. Leyó que Galarza había trasladado a EM Equipos de Radio en el furgón de la SIE. Tenía orden de darle «cristiana sepultura» en el cementerio de Monte Grande. Al doblar por Pavón hacia Llavallol el vehículo mordió la banquina y volcó. Un tajo de treinta y tres puntos atravesaba la mejilla izquierda de Galarza. Se había salvado por milagro pero iba a quedar desfigurado. La jefatura del Servicio estaba otra vez vacante y Fesquet había tenido que hacerse cargo. No daba un paso sin aprobación de la superioridad. Ilesa, EM Equipos de Radio yacía de regreso en el nicho al que ya estaba habituándose, bajo el combinado Gründig. De un momento a otro el ministro de ejército iba a nombrar al nuevo jefe del SIE y a decidir de una buena vez el destino final de EM. Se hablaba de quemarla en la Chacarita o de enterrarla en la fosa común de la isla de Martín García. Se mencionaba con insistencia al Coronel Tulio Ricardo Corominas como futuro responsable. El radiograma estaba firmado por Fesquet, Gustavo Adolfo, Teniente Primero de Infantería.