Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Yo adiviné una palabra -dijo Ersilia-. Si está en mayúsculas y tiene cinco letras, no hay cómo equivocarse. CPHVB es Evita.
El Coronel se sobresaltó.
– Me leyeron las fichas -dijo, esforzándose por parecer sereno. Le temblaban las manos. En verdad, llevaban días temblándole.
– Nosotros no -aclaró Ferruccio-. Para qué. En el ministerio sacaron copias de todos sus papeles y me los mandaron. Yo sólo tengo que descifrarlos. Pero no he podido avanzar ni el paso de una coma. Mire la pregunta que hay en esa hoja: ¿Se fugó de Junín con el cantante Agustín Magaldi? Y fíjese en el trabalenguas de la respuesta. Si las cinco letras en mayúsculas significan Evita, como cree Ersilia, la C es una E y la P es una V. Supongamos que el mensaje está al revés. Entonces, la C es una A y la P es una T Pero con eso no hago nada. No he podido entender ninguna de las otras palabras.
– Tiene que ayudarnos, coronel -rogó Ersilia.
– No puedo -dijo el Coronel-. No tengo la clave.
Le sirvieron un vaso de agua que no quiso tocar. El viento soplaba con fatiga.
– Usted sabe lo que quieren decir estos mensajes -insistió Ferruccio-. Haga memoria. Cuando salgamos de ésta, la vida va a ser más fácil para todos.
– No sé. No puedo -repitió el Coronel-. Haga lo que haga, mi vida nunca va a ser fácil.
– Piense -dijo Ersilia-. Mire que va a estar aquí seis meses.
– ¿Y qué? ¿Si recordara de la clave me los acortarían?
– No -dijo Ferruccio-. Nadie le puede rebajar el castigo. Pero el ejército le va a dar toda la ginebra que quiera.
Eso ayuda. Los seis meses se le van a pasar volando. El Coronel se levantó de la mesa con dignidad.
– No sé nada -dijo-. Y además, a quién le importa lo que hay en esos papeles. ¿Qué puede ganar el ejército conociendo la historia de una pobre chica de quince años que soñaba con ser actriz?.
– ¿Qué se puede ganar? -admitió Ersilia-. Usted tiene razón.
– Siempre se gana lo que no se pierde -la interrumpió Ferruccio-. La yegua jodió a todo el mundo. Me jodió a mí. Aunque sea tarde, hay que hacérselo pagar. -Se detuvo, sin aliento. La cara redonda parecía una caricatura de la luna. -Cientos de personas la están investigando, coronel. No sacan nada en limpio: ni una sola historia que no haya salido en las revistas. Peleas en los camarines del teatro, polvos con algún tipo que la ayudaba a trepar. Son escorias que mueven a compasión pero no a odio. Y lo que necesitamos es odio: algo que la ultraje y la entierre para siempre. Averiguaron si había cuentas en Suiza. Nada. Si se compraba joyas con la plata del Estado. No. Todas son donaciones. Han perdido meses queriendo demostrar que era una agente nazi. ¿Qué agente nazi podía ser si ni siquiera leía los diarios? Ahora están por publicar toda esa mierda en un libro. Lo llaman El libro negro de la segunda tiranía. Son más de cuatrocientas páginas. ¿Y sabe cuántas hay sobre la yegua? Dos. Una miseria: sólo dos. De lo único que la acusan es de no haber escrito La razón de mi vida. Chocolate por la noticia. Eso ya lo sabían hasta las monjas de clausura. Usted, en esas fichas, tiene mucho más. Si me da la clave, podemos hundir a la yegua para siempre. Que el cuerpo siga sin corromperse todo lo que quieran. Vamos a deshacerle la memoria.
– No -contestó el Coronel. Estaba cansado. Quería irse lejos. Si mañana o pasado no escapaba de la locura donde lo habían metido, se internaría en el viento y dejaría que Dios hiciera con él lo que le diese la gana.
– Déjese de joder y déme la clave -insistió Ferruccio-. Usted es un oficial superior del ejército argentino. Lo que averiguó no le pertenece.
– No puedo -dijo el Coronel-. No sé. No le puedo dar lo que no tengo.
Se acercó a la puerta y la abrió. El viento giraba en remolinos y azotaba el vacío. Una enorme luna brillaba en el cielo helado. Pensó que si lo habían condenado a morir en esa desolación esperaría la muerte con altivez, intacto. Después de todo, sólo en la muerte se podía ser, como Evita, inmortal.
13 POCAS HORAS ANTES DE MI PARTIDA
En los diez años que siguieron al secuestro, nadie publicó una sola línea sobre el cadáver de Evita. El primero que lo hizo fue Rodolfo Walsh en «Esa mujer», pero la palabra Evita no aparece en el texto. Se la merodea, se la alude, se la invoca, y sin embargo nadie la pronuncia. La palabra no dicha era en ese momento la descripción perfecta del cuerpo que había desaparecido.
Desde que apareció el cuento de Walsh, en 1965, a la prensa se le dio por acumular conjeturas sobre el cadáver. La revista Panorama anunció, en un triunfal relato de diez páginas: «Aquí yace Eva Perón. La verdad sobre uno de los grandes misterios de nuestro tiempo». Pero la verdad se perdía en un rizoma de respuestas. Un anónimo capitán de la marina declaraba: «Quemamos el cuerpo en la Escuela de Mecánica de la Armada y tiramos las cenizas al río de la Plata». «La enterraron en Martín García», informaba desde el Vaticano el cardenal Copello. «La llevaron a Chile», suponía un diplomático.
Crítica hablaba de un cementerio en una isla amurallada: «Féretros envueltos en terciopelo rojo se mecen en el agua, como góndolas». La Razón, Gente y Así publicaban mapas borrosos que prometían alguna revelación imposible. Todos los jóvenes peronistas soñaban con encontrar el cuerpo y cubrirse de gloria. El Lino, Juan, La Negra, Paco, Clarisa, Emilio murieron bajo la metralla militar creyendo que Evita los esperaba al otro lado de la eternidad y que les contaría su misterio. Qué ha sido de esa mujer, nos preguntábamos en los años sesenta. Qué se ha hecho de ella, dónde la han metido. ¿Cómo has podido, Evita, morir tanto?
El cuerpo tardó más de quince años en aparecer y más de una vez se lo creyó perdido. Entre 1967 y 1969 se publicaron entrevistas al doctor Ara, a oficiales de la marina que custodiaban la CGT cuando el Coronel se llevó el cuerpo y, por supuesto, al propio Coronel, que ya no quería hablar del tema. También Ara prefería el misterio. Recibía a los periodistas en su despacho de la embajada de España, les mostraba la cabeza embalsamada de un mendigo que conservaba entre frascos de manzanilla, y luego los despedía con alguna frase pomposa: «Soy agregado cultural adjunto del gobierno español. Si hablara, desataría muchas tormentas. No puedo hacerlo. Puedo servir de pararrayos pero no de nube».
A fines de los años sesenta, el misterio del cuerpo perdido era una idea fija en la Argentina. Mientras no apareciera, toda especulación parecía legítima: que lo habían arrastrado sobre el asfalto de la ruta 3 hasta despellejarlo, que lo habían sumergido en un bloque de cemento, que lo habían arrojado en las soledades del Atlántico, que había sido cremado, disuelto en ácido, enterrado en los salitrales de la pampa. Se decía que, mientras no apareciera, el país iba a vivir cortado por la mitad, inconcluso, inerme ante los buitres del capital extranjero, despojado, vendido al mejor postor. Ella volverá y será millones, escribían en los muros de Buenos Aires. Evita resucita. Vendrá la muerte y tendrá sus ojos.
Yo vivía en París por aquellos años y fue ahí donde una mañana de agosto encontré a Walsh por casualidad. El sol silbaba sobre la copa de los castaños, la gente caminaba feliz, pero en Paris el recuerdo de esa mujer estaba ensangrentado (o, por lo menos, así decía Apollinaire en «Zona»): era un recuerdo sorprendido en plena caída de la belleza. Los versos de «Zona» me daban vueltas en la memoria cuando me senté con Walsh y Lilia, su compañera, bajo los toldos de un café de Champs Elysées, cerca de la rue Balzac:
Yo acababa de regresar de Gstaad, donde había entrevistado a Nahum Goldman, el presidente del Consejo Judío Mundial. En uno esos deslices de la conversación que nada tienen que ver con la voluntad, empecé a contarles las historias con que la secretaria de Goldman me había entretenido durante mis esperas. La última de todas, que también era la más trivial, le interesó a Walsh vivamente. Desde hacia diez años por lo menos, la embajada argentina en Bonn era cerrada todas las primeras semanas de agosto por remodelaciones. Donde estaba la carbonera se plantaba un jardín y, al año siguiente, el jardín era deshecho para reconstruir la carbonera. Eso era todo: el relato de un despilfarro idiota en la embajada de un país pobre.
Walsh adelantó su cara y me dijo, con aire de conspirador:
– En ese jardín está Evita. Entonces, es ahí donde la tienen.
– ¿Eva Perón? -repetí, creyendo que había entendido mal.
– El cadáver -asintió-. Se lo llevaron a Bonn, entonces. Siempre lo supuse, ahora lo sé.
– Habrá sido el Coronel -dijo Lilia-. Sólo él lo pudo haber llevado. En 1957 era agregado militar en Bonn. Han pasado trece años, no diez.