Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
– Moori Koenig -confirmó Walsh-. Carlos Eugenio de Moori Koenig.
Recuerdo sus anteojos de carey, la solitaria brizna de pelo que se levantaba sobre la frente abombada, los labios finos como un tajo. Recuerdo los grandes ojos verdes de Lilia y la felicidad de su sonrisa. Un cuarteto de músicos disfrazados de arlequines enturbió el «Verano» de Vivaldi.
– De modo que el coronel de «Esa mujer» existe -dije.
– El Coronel murió hace pocos meses contestó Walsh.
Tal como él lo había advertido en un breve prólogo, «Esa mujer» fue escrito no como un cuento sino como la transcripción de un diálogo con Moori Koenig en su departamento de Callao y Santa Fe.
De aquel encuentro tenso, Walsh había sacado en limpio sólo un par de datos: el cadáver había sido enterrado fuera de la Argentina, de pie, «en un jardín donde llueve día por medio». Y el Coronel, en las interminables vigilias junto al cuerpo, se había dejado llevar por una pasión necrofílica. Todo lo que el cuento decía era verdadero, pero había sido publicado como ficción y los lectores queríamos creer también que era ficción. Pensábamos que ningún desvarío de la realidad podía tener cabida en la Argentina, que se vanagloriaba de ser cartesiana y europea.
– Supongo que construyen la carbonera para que no se corrompa la madera del ataúd -continuó Walsh-. Después, por miedo a que descubran el cuerpo, rehacen el jardín y vuelven a enterrarlo.
– Evita estaba desnuda -dije, invocando el cuento-. «Esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire.»
– Tal cual -dijo Walsh-. El Coronel la exhibía. Una vez la escupió. Escupió el cuerpo indefenso, mutilado, ¿te das cuenta? Le había cortado un dedo para probar que Ella era Ella. Por fin, un oficial del Servicio lo denuncio. Sólo entonces lo arrestaron. Debían haberlo dado de baja pero no lo hicieron. Sabía demasiado.
– Estuvo detenido seis meses -dijo Lilia-. Vivió en la peor soledad, en un páramo, al norte de Comodoro.
– Casi se volvió loco -siguió Walsh-. Le suprimieron la bebida. Ésa fue la peor parte del castigo. Tenía alucinaciones, trataba de fugarse. Un amanecer, al mes y medio del arresto, lo encontraron medio congelado cerca de Punta Peligro. Fue providencial, porque ahí el viento es salvaje y el polvo cubre y descubre los objetos en cuestión de segundos. Un mes más tarde tuvo más suerte todavía. Lo recuperaron en una cantina de Puerto Visser. Llevaba dos días bebiendo. Estaba sin un centavo, pero amenazó con su arma al cantinero y lo forzó a servirle. Si lo hubieran encontrado medio día después, el hígado le habría estallado. Tenía una cirrosis galopante e infecciones en la boca y las piernas. Pasó la fase final del arresto desintoxicándose.
– Te olvidaste de las cartas -dijo Lilia-. Nos contaron que todas las semanas le escribía a uno de los oficiales del Servicio, un tal Fesquet, exigiéndole que trasladara al páramo el cuerpo de Evita. No creo que la bebida haya sido la peor parte del castigo. Fue la ausencia de Evita.
– Tenés razón -dijo Walsh-. Para el Coronel, la ausencia de Evita era como la ausencia de Dios. El peso de una soledad tan absoluta lo trastornó para siempre.
– Lo que no se entiende es cómo llegó Moori Koenig a ser agregado militar en Bonn -opiné-. Era indeseable, peligroso, borracho. Primero lo castigan por exhibir a Evita y al año siguiente se la entregan. No tiene lógica.
– Muchas veces me he preguntado qué pasó y yo tampoco consigo explicármelo -dijo Walsh-. Siempre creí que el cadáver estaba en algún convento italiano, y que a Moori Koenig lo habían mandado a Bonn para despistar. Pero cuando lo visité en su departamento de Callao y Santa Fe, me aseguró que él la había enterrado. No tenía por qué mentir.
Los arlequines habían marchitado las últimas flores del «Verano» de Vivaldi y tendían sus gorros hacia las mesas. Walsh les dio un franco y la mujer de la viola agradeció con una reverencia mecánica y solemne.
– Vayamos a buscar el cuerpo -me oí decir-. Salgamos para Bonn esta noche.
– Yo no -dijo Walsh-. Cuando escribí «Esa mujer» me puse fuera de la historia. Ya escribí el cuento. Con eso he terminado.
– Escribiste que un día ibas a buscarla. Si la encuentro, dijiste, ya no me sentiré más solo. El momento ha llegado.
– Han pasado diez años -me contestó-. Ahora estoy en otra cosa.
– Yo voy, de todos modos -le dije.
Sentí decepción y también tristeza. Sentí que estaba viviendo algo parecido a un recuerdo, pero del lado inverso, como si los hechos del recuerdo aún estuvieran por suceder.
– Cuando la encuentre no sé qué voy a hacer. ¿Qué se puede hacer con un cuerpo como ése?
– Nada -dijo Lilia-. Dejarlo donde estaba, y después avisar. Sólo vos sabes a quién tendrás que decírselo.
– Un cuerpo de ese tamaño -repitió Walsh en voz baja.
– Tal vez lo cargue en el baúl del auto y lo traiga -dije-. Tal vez lo lleve a Madrid y se lo entregue a Perón. No sé si él lo quiere. No sé si él quiso ese cuerpo alguna vez.
Walsh me contempló con curiosidad desde la lejanía de sus anteojos opacos. Sentí que mi obstinación lo tomaba por sorpresa.
– Antes de viajar, deberías saber cómo es su aspecto -me dijo-. Ha cambiado mucho. No se parece a las fotografías ni a las imágenes de los noticieros. Aunque te parezca increíble, es más hermosa.
Abrió su billetera. Debajo de la cédula de identidad había una foto amarillenta y arrugada. Me la mostró. Evita yacía de perfil, con el rodete clásico bajo la nuca y una sonrisa sesgada. Me sorprendió que Walsh llevara esa imagen como amuleto, pero no se lo dije.
– Si la encontrás -siguió él-, es así como debería estar. Nada puede corromper su cuerpo: ni la humedad del Rhin ni el paso de los años. Tendría que estar como en esta foto: dormida, imperturbable.
– ¿Quién te la dio? -le pregunté. Me había quedado sin aliento.
– El Coronel -dijo-. Tenía más de cien. Había fotos de Evita en toda la casa. Algunas eran impresionantes. Se la veía suspendida en el aire, sobre una sábana de seda, o en una urna de cristal, entre un marco de flores. El Coronel pasaba las tardes contemplándolas. Cuando lo visité, no tenía casi otra ocupación que estudiar las fotos con una lupa y emborracharse.
– Podrías haberla publicado -le dije-. Te habrían pagado lo que hubieras querido.
– No -replicó. Vi que una rápida sonrisa lo atravesaba, como una nube-. Esa mujer no es mía.
Viajé a Bonn esa misma noche. Encontré la embajada argentina desierta, con casi todo el personal de vacaciones. Quiso el azar que yo conociera desde hacía mucho al único funcionario que se había quedado de guardia. Gracias a él pude visitar el jardín. Al final de los canteros de tulipanes descubrí unos tablones apilados y los restos de una cúpula de vidrio. Mi amigo confirmó que eran las ruinas de la carbonera.
Almorzamos en una cervecería de Bad Godesberg y por instinto, después de beber dos o tres jarras, decidí contarle a qué había ido. Lo vi observarme con extrañeza, como si ya no supiera quién era yo. Aceptó que la caprichosa rotación del jardín era inusual, pero de Evita no tenía la menor idea. Mi conjetura era imposible, dijo. Tal vez el cuerpo había pasado por allí, pero no para quedarse. Le pedí que de todos modos estudiara los documentos contables de 1957 y 1958, aunque le parecieran insignificantes: facturas por reparaciones, viáticos de viaje, gastos de mudanzas. Cualquier detalle podía ser útil.
Antes de que cayera la tarde, recorrimos la casa que el Coronel había ocupado en Adenaueralle 47, frente a la embajada. Estaba desocupada y a medio demoler. Las obras del metro la habían condenado. Las ventanas de los dormitorios altos daban a un garaje inhóspito, en cuyo vértice norte crecían arbustos y malezas. En la cocina vi, caída, la puerta de un altillo. Me asomé al hueco tenebroso, con la vana esperanza de que el cadáver estuviera allí.
Oí el siseo de las ratas y las quejas del viento. En los pasillos se acumulaba el polvo.
A la mañana siguiente, mi amigo me hizo llegar una caja de zapatos Llena de papeles viejos, con una esquela breve, sin firma: «Después de mirar lo que te dejo, tirálo», decía. «Si encontrás algo, yo no te lo di, no te conozco, nunca viniste a Bonn».
No encontré nada. Al menos, creí durante años que era nada, pero igual lo guardé. Encontré un recibo por una furgoneta Volkswagen, de color blanco, a nombre del coronel Moori Koenig. Encontré una factura por la compra de cien kilos de carbón, entregados a la embajada en una caja de roble. Leí que otras dos cajas de roble habían sido enviadas al signor Giorgio de Magistris, en Milán. Me parecía extravagante, pero no sabía por qué. No lograba encajar un fragmento con otro.
Vi una libreta de tapas negras con un rótulo que pregonaba, en caligrafía florida: Perteneciente al Prof. Dr. Pedro Ara Sarna. Las páginas estaban sucias y desgarradas. Algunas notas habían sobrevivido. Alcancé a leer:
«23 de noviembre. Once de la noche. Recuérdame vida mía» «Cuando vengan a buscarte ya tendrás todo lo que te faltó en este mun» «toris? Le hice una herida, rejillas para sentir» «labios nuevos» «Donde falla la ciencia, talla la presencia. la ciencia se ordena ahora por delirios más; que escribir teoremas, da saltos» «la ciencia es un sistema de dudas. Vacila. Al tropezar con el herbario de tus células, yo también vacilé ¿lo notaste? anduve a tientas, entre las luces del protoplasma royendo las cicatrices de la metástasis te reconstruí. Eres nueva. Eres otra» «y así leas las inscripciones que te puse en las alas lucio lia tineola mariposa arcangélica» «Lo que ya no eres es lo que vas a ser» «óyelos vienen a buscarte. No les aceptes su ley. Como cuando eras una niña tienes otra vez que imponerte.»