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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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– A lo mejor tenemos que mover el cuerpo, Arancibia. A lo mejor ya saben que está acá.

– Nadie sabe -dijo el Loco-. Es la primera vez en meses que no lo encuentran. No hubo una sola flor, una sola vela.

El Coronel quedó un rato en silencio.

– Tiene razón -dijo al fin-. No saben dónde está.

¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces: un mes, cuarenta días? Se le había enfermado el corazón de tanto extrañarla. Y todo para qué: tanta desolación ya no servía de nada. En el momento menos esperado había ocurrido lo terrible.

Más de una vez había tratado de resignarse leyendo lo que sobrevivía de aquella historia en el relato de Margarita Heredia de Arancibia, la doble cuñada del Loco: dos hermanas casadas con dos hermanos. Seguía leyendo lo que ya sabía casi de memoria. Margarita o Margot había declarado más de tres horas ante el juez militar, y el resumen de la versión taquigráfica estaba ahí, en las fichas. El Coronel había apuntado en los márgenes de la primera hoja un detalle que le llamó la atención: cada vez que se refería a sí misma, la testigo hablaba en tercera persona. Donde estaba escrito “Margot y su hermana”, se debía leer «Yo y mi hermana», o «Yo y Elena». Era de lo más raro. Sólo en las frases finales de la declaración, Margarita resbalaba hacia su propio yo con cierta vergüenza, como si no se le pesara la idea de ser otra vez ella misma.

FICHA 1

»Margot y su hermana Elena vienen de una familia muy sana, los Heredia. Ambas descienden en línea directa de Alejandro Heredia, uno de los gobernadores federales más ilustres de Tucumán. Han sido educadas en el temor de Dios, el amor a la patria y la defensa del hogar por encima de todo. Sólo a la luz de estos valores se entiende por qué sucedió lo que sucedió.

»Margot fue la primera en casarse. Eligió a un militar buen mozo y culto, de origen santiagueño, con el que fue muy feliz los primeros dos años del matrimonio. La única mancha en la pareja era que el esposo, Ernesto Arancibia, entonces capitán, se negaba a tener familia. Margot, muy desdichada, entró en sospechas e hizo algunas averiguaciones. Se enteró entonces que dos de los tíos maternos de Ernesto eran débiles mentales y estaban internados en un hospicio. También supo que el hermano menor de Ernesto, llamado Eduardo, había caído enfermo de meningitis a los siete meses de edad y que aún sufría secuelas nerviosas. Dedujo entonces que si Ernesto no quería hijos era por miedo a que nacieran con taras.

»Margot tuvo la desgracia de conocer estos detalles cuando su hermana Elena estaba ya comprometida con Eduardo Arancibia y faltaban dos meses para la fecha del enlace. Sin saber qué actitud adoptar, Margot buscó el consejo de su madre, con la que fueron siempre muy unidas. Con sabiduría cristiana, la madre dijo que ya era tarde para hacer una revelación tan grave, y que debían evitarse enemistades entre la familia Heredia y la familia Arancibia. "No veo por qué negarle a Elenita", -dijo, "el destino que ya tiene Margot".

»Eduardo era también capitán en esa época y le llevaba doce años a su prometida. Había superado sin problemas los exámenes médicos del colegio militar y el único signo de la meningitis era su carácter cambiante, casi lunático, que Elena sobrellevaba con buen humor. A los dos los junta un catolicismo fervoroso. Comulgaban todos los domingos y formaban parte de la milicia angélica, que es muy exigente con la ortodoxia y los preceptos. Margot temía que su hermana Elena quedara embarazada tarde o temprano. Esa fatalidad no tardó en suceder»

FICHA 2

«Elena informó a Eduardo de su embarazo el 10 de abril. Afectado quizá por la noticia, el esposo tuvo esa misma tarde unas convulsiones terribles: los músculos del ojo izquierdo se le pusieron rígidos. Le diagnosticaron una ligera irritación de la duramadre, derivada de la meningitis infantil.

"Aunque Eduardo se repuso muy pronto de su dolencia, Margot advirtió que el ojo izquierdo se le ponía rígido cuando estaba nervioso. Se volvió también extraño y taciturno.

»Así llegamos a finales de abril. La hermana de Margot, que llevaba ya más de una semana con vómitos y trastornos sin importancia, tuvo una pérdida alarmante de sangre. Se le recomendó absoluto reposo. Su madre insistió en acompañarla, pero Eduardo se opuso. Argumentó que debía recibir en su casa a unos oficiales del Servicio de Inteligencia y separar con ellos algunos documentos confidenciales que iban a guardar en la bohardilla. Parecía muy ansioso y Elena, con su sexto sentido de mujer, malició que algo raro sucedía.

»A pesar de lo que Eduardo había prometido, esa noche no fue a cenar. A Elena se le agravaron las pérdidas y trató de hablar por teléfono con Margot o con su madre para que la trasladaran en una ambulancia. No queda permanecer ni un minuto más desvalida en su propia casa. Cuál no seria su angustia cuando descubrió que el teléfono estaba descompuesto. Dos o tres veces hizo esfuerzos para levantarse, pero sentía una gran debilidad y tenía miedo de abortar. Entre las diez y las once de la noche pudo al fin dormirse. Horas después la despertaron unos ruidos muy fuertes localizados en el garaje. Oyó la voz de su marido y también identificó la del coronel Moori Koenig. Los llamó varias veces y hasta se puso a golpear el piso de su cuarto con una silla, pero ninguno de los dos tuvo la consideración de contestarle.»

FICHA 3

«Después los sintió acercarse. Transportaban algo pesado y cada dos o tres pasos se detenían. Elena decidió salir. Se movía con lentitud, agarrándose el vientre para contener la sangre. Así llegó a la puerta. Trató de abrirla y con la desesperación que es de imaginar, descubrió que estaba cenada desde afuera.

»La debilidad la derribó. Sin saber qué hacer, espió por el hueco de la cerradura. La hermana de Margot siempre había sido sumamente discreta pero aquélla era una situación de fuerza mayor. Vio a su esposo y al coronel Moori Koenig llevar a la bohardilla, con suma dificultad, una caja que parecía un ataúd. En vano les suplicó Elena que le dieran un vaso de agua. Sentía una debilidad extrema y una sequedad atroz en la garganta. Por fin se desvaneció.

»Ni Margot ni su madre pudieron saber cuántas horas yació la pobre sin conocimiento. A eso de las diez de la mañana, Eduardo las llamó desde el hospital militar Elena había sido internada con una ligera deshidratación y, a pesar de los temores de la familia Heredia, tanto ella como su hijo estaban gracias a Dios fuera de peligro.

»Alarmada por el estado de completa postración en que la encontró, la madre le fue arrancando la historia de la terrible noche. A medida que se enteraba de los detalles, aumentaba su indignación. Sin embargo, cuando Elena le dijo que no quería vivir más con Eduardo y le suplicó que le permitiera regresar a la casa paterna, la madre le recordó las obligaciones que había contraído ante el altar.»

FICHA 4

«Las actitudes de Eduardo se fueron volviendo más y más extrañas a medida que pasaban las semanas. Permanecía muchas horas en la bohardilla, encerrado con llave, y cuando veía a Elena ni siquiera le preguntaba por su salud. También ella había cambiado. La ansiedad le provocaba un incesante deseo de comer dulces. Estaba tan gorda que casi parecía otra persona.

»En mayo se le dio a Eduardo por la egiptología. Llenó la casa de tratados sobre las momias del Museo Británico y empezó a levantarse en medio de la noche para subrayar fragmentos de un Libro de Muertos. Elena advirtió que las secciones marcadas enseñaban cómo dar de comer y cómo enjoyar a cuerpos que estaban ya en el otro mundo. Más extraño todavía se volvió Eduardo durante la semana y media que pasó leyendo Sinhué el egipcio, la novela de Mika Waltari que había estado de moda dos o tres años antes. Una mañana de domingo, poco antes de ir a misa y mientras su marido estaba duchándose, Elena se atrevió a hojearlo. En una de las páginas, Eduardo había escrito "Eso! Eso!" con un lápiz rojo.

»Y ahora, señor juez, Margot desea leerle unas pocas líneas de esa novela, para que conozca usted los abismos de locura en los que había caído Eduardo Arancibia.»

FICHA 5

«De Sinhué el egipcio, libro cuarto, titulado "Nefemefernefer", capítulo 4: El júbilo de los embalsamadores llegaba a su colmo cuando recibían el cadáver de una mujer joven (…) No la arrojaban en seguida al aljibe. Se la jugaban a la suerte y la hacían pasar la noche en la cama de uno de ellos (…) Se justificaban contando que cierta vez, durante el reinado del gran rey, habían llevado a la Casa de la Muerte a una mujer que se despertó durante el tratamiento, lo cual fue un milagro (…) No había deber más piadoso para los embalsamadores que tratar de repetir el milagro dando calor con sus espantosos cuerpos a las mujeres que les llevaban

FICHA 6

«Avergonzada e inquieta, Elena comentó a Margot las lecturas sacrílegas que ocupaban la mente de su marido. La hermana dedujo de inmediato que la clave del secreto se encontraba en la bohardilla y se ofreció a subir con ella para ver de qué se trataba. Elena le explicó que eso era imposible: Eduardo había clausurado la puerta con dos cerraduras y sólo él tenía las llaves. Además, le había prohibido de modo terminante que subiera. "A lo mejor anda con otra mujer", le dijo Margot a su hermana sin pensar en lo que podían significar esas palabras. "A lo mejor esconde ahí cartas de amor o quién sabe qué otras infamias". Esa insinuación provocó gran dolor en Elena, pero también el deseo de aclarar cuanto antes el secreto. "Margot, ayudáme, le dijo a su hermana. "Se me cruzan toda clase de ideas por la cabeza. Hasta tengo miedo de que Eduardo sea un Barba Azul".

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