Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Esto es lo que estaba leyendo anoche -dijo a la vez que acariciaba la tapa-. Le encantaban las novelas de detectives. Sobre todo las de Robert Hans van Gulik, ese escritor holandés que sitúa la acción en la China del siglo VII.
Michael se reprimió para no prohibir a Izzy que tocara el libro o la mesilla de noche, de donde ahora retiraba un vaso de agua medio vacío. De todas formas, habría huellas de Izzy por todas partes. Los hombres del laboratorio ya habían llegado al dormitorio; Izzy señaló la mesilla de noche de Gabriel y ellos vaciaron los cajones en bolsas negras de plástico y las guardaron con cuidado en una caja.
Michael siguió a Izzy al cuarto de estar. Izzy apagó el ordenador y se sentó a su mesa, se acodó en el estrecho espacio que dejaba libre la pantalla y sepultó el rostro en las manos. Michael carraspeó y dijo:
– Ahora tendrá que acompañarme al barrio ruso para prestar declaración.
– ¿Declaración sobre qué? ¿Sobre qué tengo que declarar?
– Es el siguiente paso -explicó Michael-. El procedimiento habitual. Tendremos que preguntarle muchas cosas.
Izzy se encogió de hombros.
– Todo parece tan absurdo -dijo-, ya todo da igual. Haré lo que me diga. Declarar, el detector de mentiras, lo que usted quiera.
Hubieron de esperar a que los del laboratorio sacaran las cajas del piso, y cuando el hombre ceñudo le indicó por gestos a Michael que habían concluido, éste le hizo una seña a Izzy. Izzy cerró la puerta con llave y, con paso plomizo, siguió a Michael escaleras abajo y en dirección al coche. Recorrieron las calles en silencio. Izzy miraba al frente con expresión ausente. De tanto en tanto, meneaba la cabeza y lanzaba un quejido, un suspiro, respiraba hondo. Cuando Michael aparcó a la entrada del barrio ruso, Izzy dijo:
– Quiero verlo.
– ¿A quién? -preguntó Michael para ganar tiempo.
– A Gabi. Quiero verlo.
– Ahora mismo no es posible -dijo Michael-. Está… su cuerpo está en el Instituto de Medicina Forense. Le están practicando la autopsia -un escalofrío le estremeció la espalda al pensar en que Izzy, con su barbilla infantil y trémula, contemplara el tajo en la garganta, la cabeza casi decapitada. Con objeto de distraer su atención, se apresuró a decir-: ¿Está convencido de que quiere someterse a la prueba poligráfica? Si no está dispuesto de verdad, la prueba no vale de nada.
– ¿A mí qué más me da? -murmuró Izzy-. ¿Es necesaria una buena disposición activa o basta con que me preste a hacerlo?
– Basta con que se preste, si es una actitud sincera.
Izzy abrió los brazos y dejó caer la cabeza hacia atrás.
– ¿Qué me importa todo eso ahora? -dijo apagadamente-. Me da todo igual.
– En cualquier caso, no sirve de evidencia ante un tribunal -explicó Michael-. Se lo digo por si está considerando consultarlo con un abogado o algo así.
– Entonces ¿para qué lo hacen? -preguntó Izzy mientras se encaminaban al despacho de Michael.
– Le estoy pidiendo que se someta a la prueba para verificar su credibilidad -reconoció Michael con franqueza-. El mero hecho de que se preste a hacerla demuestra su credibilidad, ya que imagino que sabe que, aunque los resultados no puedan presentarse en un juicio, es muy difícil engañar al detector.
– ¿En serio? ¿Por qué es tan difícil?
– Hay numerosos indicadores. Ya se lo explicaré cuando nos pongamos con ello.
– Lo que quiero, lo único que de verdad quiero, es verlo una vez más -dijo Izzy con voz desgarrada, y estaba a punto de repetir la súplica cuando el sonido de voces procedentes del despacho de Michael le hicieron enmudecer.
– ¡La llamábamos Cuatro-en-Uno! -era Zippo hablando a voces al otro lado de la puerta-. Tú no te acordarás de la loca mística, eres demasiado joven, pero la mujer de este caso me recuerda a ella. Aunque aquélla era un palillo y ésta no es tan flaca, y además los vestidos de Cuatro-en-Uno eran como sacos, y ésta lleva pantalones… -Michael abrió la puerta y la voz de Zippo se extinguió. Sentado a la mesa de Michael, Eli Bahar ordenaba un montón de papeles.
– Tenemos una tonelada de cosas de la orquesta… -dijo-, y los guantes… -quedó en silencio al ver a Izzy parado detrás de Michael.
Mientras se encaminaban hacia allí, Michael había estado cavilando sobre cómo presentar a Izzy. Llegado el momento, dijo sin más:
– Izzy Mashiah, el compañero de Gabriel van Gelden.
A Zippo se le abrió la boca; luego la cerró y se atusó el mostacho de corte militar.
– Empieza a tomarle declaración -le ordenó Michael a Zippo. Y, volviéndose hacia Eli-: Acompáñame ahí fuera un momento -luego, desde la puerta, en espera de que Eli saliera por el estrecho espacio que quedaba entre la mesa y las sillas, en una de las cuales Izzy, empalidecido, ya había tomado asiento, Michael le preguntó a Zippo-: ¿Tienes formularios? -Zippo asintió con un gesto.
– ¿Es gay? -preguntó Eli fríamente, ya fuera del despacho.
– Sí, pero no es de los que… Llevaban juntos cinco años, los dos últimos viviendo como una pareja casada. Debes tratarlo como si fuera el cónyuge.
– Sí, pero ¿como al marido o a la mujer? Nunca he comprendido cómo lo ven ellos. Por cierto, he oído comentar que le has cedido a Balilty… que está al frente del equipo o algo así.
– Es por lo del robo.
– Han traído el expediente de Felix van Gelden. Lo solicitaste tú, ¿recuerdas? -dijo Eli Bahar.
– ¿Dónde está Tzilla?
– En el lugar de los hechos, con Raffy y Abraham. No nos sobra el tiempo, y yo no he parado de revolver papeles. Me he convertido en el coordinador del equipo -dijo descontento-. Soy el secretario. Y la Dalit esa está con Balilty. Bueno, eso ya lo sabes, pediste que enviaran a una mujer. Tendrías que verla trabajar. ¡Cómo trabaja! Es ambiciosa como ella sola, te lo aseguro. Ya ha telefoneado tres veces. Aún no te he dicho que los guantes son de la mujer que toca el contrabajo.
– ¿Cómo dices? ¿Son unos guantes de mujer?
– De una mujer de manos grandes. Tzilla ha llamado para decírmelo. Los músicos lo comentaron. La contrabajista usa guantes porque tiene la tensión baja y se le quedan frías las manos. En fin, que tiene un par de guantes como ésos.
– ¡Pero si estamos en septiembre!
– Por lo visto, tiene varios pares iguales. Éste lo guardaba en el auditorio. Hay aire acondicionado y tiene que usarlos. En fin, que un percusionista y un oboísta los han identificado, y otros también los reconocieron, por el color, color mostaza lo llama Tzilla, y porque siempre los lleva puestos. Le toman el pelo por eso. Todo el mundo los conoce.
– ¿Y dónde está la contrabajista? ¿Por qué no está aquí?
– Ahí tenemos un problema. No damos con ella. Salió hacia el aeropuerto justo después del ensayo, a recoger algo o a alguien, no está claro. Vive con su madre, que es muy mayor y no se entera de nada, no hay manera de aclarar las cosas. Abraham se ha hecho cargo de buscarla. La traerá en cuanto la encuentre.
– ¿Dónde guarda los guantes?
– Tienen taquillas, pero al parecer ella los guarda en otro sitio. No lo sabremos hasta que no hablemos con ella. Aún no han terminado de examinar los guantes. Todavía no han pasado por el laboratorio.
– Vamos a echar un vistazo al expediente -dijo Michael.
– No vas a renunciar al caso, ¿verdad?
– ¿Qué caso?
– El de Gabriel van Gelden. ¿No has meditado lo que te dije? ¿No vas a renunciar a él?
– De momento, no.
– De momento -repitió Eli enfurruñado-. ¿Y qué hay de Balilty? -añadió de pronto.
– Conseguiréis arreglároslas -trató de calmarlo Michael.
– Claro que nos las arreglaremos -dijo Eli Bahar-, pero me pregunto si tú lo conseguirás.
– Vamos a dejarlo -dijo Michael con creciente irritación-. Ahora no quiero preocuparme de eso. Mientras Zippo rellena los formularios con Mashiah, quiero revisar el expediente de Felix van Gelden.