Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
– Un momento, un momento… -pidió Aranda, interrumpiendo de nuevo-. Déjame recapitular un segundo. Tenemos un agente patógeno… y sabemos que el agente necesita matar al individuo para prosperar; esto forma parte de su ciclo, porque en un huésped vivo no tiene control sobre el sistema nervioso y si el sujeto no ataca, no hay contagio. Así que… el agente va directamente al sistema nervioso… como la rabia, ¿no es así? Pero necesita que el organismo esté clínicamente muerto para poder tomar control, y consigue sobrevivir sin oxígeno ni energía directa de nutrientes y similares por su naturaleza extremófila… Así que infecta el cerebro… ¿Por eso no hemos visto animales infectados?
– Eso es -dijo Rodríguez-. Ése es un motivo por el que nuestro agente sólo puede prosperar en humanos, porque nuestra corteza cerebral está suficientemente desarrollada como para eso. Eso explica también el comportamiento agresivo: utiliza la corteza cerebral para inducirlo.
– Madre del amor hermoso… -exclamó Aranda, todavía dándole vueltas a todo lo que acababa de asimilar.
– Juan… -dijo el médico despacio-, si pudiéramos llegar de alguna forma a mi despacho, en el Hospital, podríamos aislar ese agente, hacer algunas pruebas… analizarlas metabólicamente. Podríamos saber cómo atacarlas.
Cruzaron sus miradas mientras hacían bailar las ideas en sus mentes. Sabían que el hospital había sido un gran foco de contagio en los primeros días de la infección, pero también sabían que la zona se había despoblado en las semanas siguientes: los zombis se habían propagado hacia otras secciones de la ciudad, al norte, al este, al sur. No fue hasta más tarde que los muertos volvieron, como una ola que se retira para romper. Eso les dejaba jugar con la posibilidad de que quizá el hospital no estuviera más poblado que los otros edificios.
– Eso podría hacerse, Antonio. Dozer y su gente se ha vuelto muy, muy eficiente en sus incursiones… y el hospital está tan cerca…
– ¿Se lo decimos a los otros?
– Aún no. Dejemos que el Comité haga su trabajo primero, tienen demasiado en qué pensar. Cuando vuelvan… con ese cura o sin él, planearemos cómo llevarte a tu despacho.
El doctor Rodríguez asintió.
– Pero antes saquemos esto de aquí… -continuó, señalando el cuerpo con el vientre diseccionado-, o tendremos que quemar el edificio para sacar el olor.
XXXI
El Comité para la Búsqueda y Captura dedicó unos cuantos días a idear y perfeccionar un plan para atrapar al sacerdote. El problema principal, naturalmente, es que su paradero era desconocido, así que la fase uno era atraerlo hacia algún punto. Después tendrían que concentrarse en controlar a los muertos vivientes mientras el cura caía en la emboscada. El comité no estaba contento con el hecho de que Dozer, uno de los hombres de más valía para ese tipo de misiones, estuviera en la enfermería con una costilla rota.
Decidieron crear un espectáculo que fuera visible desde toda Málaga, un incendio lo suficientemente aparatoso como para que la columna de humo resultante se pudiera ver desde la distancia. Lo harían tan pronto empezase a oscurecer, para asegurarse de que el resplandor llamara la atención a unos ojos atentos, como estaban seguros que eran los del enemigo. El lugar elegido era una pequeña casa mata ubicada al norte del polideportivo; allí, los edificios de alrededor ya habían sido limpiados y cerrados por el Escuadrón de la Muerte. Eso les permitiría apostarse en ellos y vigilar las calles. Tanto el techo de la casa como todos los muebles del interior eran de madera, así que esperaban que ardiese hasta los cimientos durante toda la noche.
Habían conseguido rifles de precisión con munición no letaclass="underline" dardos aturdidores de los que usaba la policía para tumbar animales en libertad. Sin embargo, en las pruebas que hicieron en el polideportivo descubrieron que el alcance no era mucho, apenas cien metros, después de eso el dardo podía acabar clavado en cualquier parte menos la que indicaba la mirilla.
– Tendrá que ser suficiente -dijo José-. O eso, o le metemos un balazo en la rodilla. No le matará, pero le impedirá salir corriendo a esconderse.
– Es muy arriesgado -dijo Moses-. Tendrías que haberlo visto; está tan delgado y viejo que no creo que sobreviva a una herida como ésa: acusará demasiado la pérdida de sangre. El mismo shock del impacto podría ser demasiado.
– Joder… -masculló José-. ¿Y no podrían analizarlo post-mortem? No me importaría cargármelo.
– Créeme, tengo muchos más motivos que tú para desear verlo muerto -contestó, lúgubre-, pero Aranda tiene razón. Hay algo en él que es diferente, y si podemos analizar…
– Ya lo sé -le interrumpió José-, pero no me gusta estar entre todos esos zombis con un rifle cargado con dardos paralizantes. Probé uno con los zombis de la alambrada, y no le hizo ningún efecto. No me extrañó, no parece que tengan sangre corriendo por las venas o un sistema nervioso que bloquear.
Moses asintió.
– Es extraño, ¿verdad? -dijo-. Me pregunto cómo pueden siquiera estar de pie.
– Es como aquel libro de Terry Pratchett, tío. La Muerte se ha ido de vacaciones, eso creo yo.
Permanecieron en silencio unos instantes.
– Siempre pensé que había un sentido para todo esto, joder -explotó José al fin-. Me refiero a la vida.
– La vida… -murmuró Moses pensativo.
– Sí, la vida. Siempre pensé que el Jefe tenía un plan para todos nosotros -dijo, señalando con el índice hacia arriba-. Que habitábamos este planeta por alguna razón. Ahora casi todos han muerto.
– No creo que haya un sentido para la vida, José. La vida es el sentido en sí mismo. El ego del ser humano no tiene parangón. Siempre hemos pensado que somos la quintaesencia de la creación, y que nuestra existencia, forzosamente, tiene que divergir hacia algún lado. Nos gusta pensar que importamos, que tenemos derecho a trascender. ¿Crees que la termita, que vive ciega en su comejenera, y que dedica su existencia a recolectar alimento y a hacer trofalaxias, tiene un sentido en la vida? No más que tú. Algún día el ser humano habrá desaparecido, y todo este planeta no será más que una insignificante y seca bola de polvo en mitad de la inconmesurable extensión del espacio. ¿Y crees que a alguien le importa?