Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
José le miró durante un rato, pero no intentó una respuesta. Le dio una palmada en la espalda, y se retiró.
El Comité estudió su plan durante largas horas a lo largo de varios días. Trazaron mapas y croquis y se aseguraron de que todo el mundo entendía su parte. En las pruebas que hicieron sobre la pista, descubrieron con pesar que les resultaba difícil ir equipados con dos rifles, uno de munición estándar y otro con los dardos paralizantes, así que decidieron que sólo uno de ellos iría equipado con ese tipo de arma mientras los otros dos le daban cobertura con sus armas convencionales.
Moses, en un intento de sustituir a Dozer, se esforzó por participar en lo que dieron en llamar el "Día D"; al fin y al cabo, casi todos los procedimientos de cobertura que tan buen resultado les habían dado hasta ese momento estaban basados en tácticas a desarrollar con un grupo de cuatro hombres. Intentó practicar con los rifles, pero su puntería distaba mucho de ser suficiente. Además, descubrió que no estaba tan en forma como creía: los brazos se le cansaban al correr de un lado a otro con el rifle a cuestas, lo que mermaba considerablemente su utilidad en una situación de combate real con muertos vivientes.
Durante todos aquellos días, Isabel y Moses no se vieron demasiado. Descubrieron, cada uno por su lado, que estar separados les ayudaba a sobrellevar la pena que les inundaba por dentro como un cáncer oscuro. El nuevo ambiente y la gente nueva también les ayudaba a no dejarse embriagar por los recuerdos, pero Isabel tuvo sueños recurrentes todas las noches. En ellos, un hombre de negro descendía de una montaña por un sinuoso camino de cenizas. Todo alrededor estaba lleno de árboles raquíticos, calcinados y humeantes. El hombre iba cargando una Tabla de la Ley con un único mandamiento esculpido con toscos caracteres de palo: NO VIVIRÁS. Pero descubrió que, cada noche, tenía menos lágrimas que verter.
Por fin, llegó el día señalado. Había una ligera brisa que soplaba desde el oeste, lo que les aseguraba que la columna de humo sería arrastrada sobre la ciudad, en particular la zona centro, que era donde se habían producido los dos encuentros con el sacerdote.
Era, sin duda, la incursión más importante en la historia del campamento, así que todo el mundo quiso asistir a la partida del Escuadrón. Hubo palabras de ánimo y buenos deseos, y Andrea, una chica de mediana edad que se había ganado la vida vendiendo collares fabricados por ella misma, prendió un amuleto en la chaqueta de asalto de Susana: era una especie de corazón color rojo borgoña.
El plan se desarrolló con sorprendente facilidad. En apenas media hora, la pequeña casa mata estaba ardiendo como una pira funeraria, sólo que los muertos no ardían en su centro; se arremolinaban alrededor, inquietos. El equipo de asalto se asentó en uno de los edificios adyacentes, como estaba previsto, y a través de las ventanas del piso vigilaban atentos las calles.
Aquella noche no hablaron mucho. José había traído una de sus cajetillas de Benson & Hedges y todos fumaron mucho más de lo acostumbrado, señal inequívoca del nivel de nerviosismo que acusaban en su fuero interno. El resplandor del fuego era majestuoso, y en cierto sentido, hermoso y tétrico a un tiempo. Las llamas arrancaban sombras sinuosas, imprecisas y alargadas, a los muertos que se agitaban en torno a ellas. Era obvio, a juzgar por sus maneras desordenadas y aceleradas, que el fuego los mantenía en un estado de alerta. Eso no lo habían previsto: les dificultaría las cosas cuando tuvieran que salir a la calle.
A las cuatro y veinte de la madrugada, uno de los pilares maestros se vino abajo con un clamoroso estruendo, provocando el derrumbe de un lateral de la casa. Las llamas se avivaron atrozmente, y un espectro que andaba cerca de las llamas fue alcanzado por una inesperada lluvia de cenizas incandescentes. Su ropa se prendió con rapidez, y al instante, todo su cuerpo estuvo en llamas. Sobrecogidos y fascinados a un tiempo, lo vieron avanzar por la calle como si nada hubiera pasado; sus ojos y su boca eran dos manchas oscuras en el infierno de fuego que era su cabeza. Casi medio minuto más tarde, el espectro levantó los brazos y cayó de rodillas al suelo, donde permaneció un buen rato, como un muñeco de San Juan horripilante. De vez en cuando, unas violentas llamas azules explotaban de su vientre, o escapaban silenciosas por un costado. Por fin, la espectral figura se deshizo como una torre de cubos infantiles, cayendo al suelo convertido en un montón de restos carbonizados aún en llamas.
– Jesús bendito -dijo Uriguen.
El amanecer llegó a las ocho de la mañana, y reveló un cielo encapotado y cuajado de nubarrones oscuros. El incendio se había extinguido prácticamente, pero aún quedaba un poderoso rescoldo que humeaba.
Soñoliento, José miraba tras los cristales, sumido en recuerdos de su vida anterior. Tenía recuerdos de aquella misma calle, llena de coches conducidos por personas con ocupaciones, y recuerdos de gente que arrastraba afanosamente sus carros de la compra por las aceras, de madres con sus hijos que compraban alguna chuchería en el desvencijado quiosco de la esquina, o de jóvenes que iban y venían de sus trabajos, cargados con aquellas mochilas-maletín especiales para portátiles. Recordaba el menú de siete euros con cincuenta del restaurante Oña, y la deliciosa paella que solía ir con él. Y tantas y tantas cosas.
Susana le desconectó del río de recuerdos en el que se había metido zarandeándolo suavemente.
– No ha venido -dijo.
– No, el hijo de puta no ha venido. Vaya mierda.
– ¿Qué hacemos?
– Me gustaría esperar al menos un par de horas. Es posible que viera el humo anoche y decidiera investigar por la mañana.
Miró por encima del hombro y vio que Uriguen dormía apoyado sobre una columna, abrazado al rifle cargado con dardos aturdidores.
– Mira a ése -protestó Susana.
– Se va a volar la nariz, el cabrón -dijo José, riendo a media voz.
– ¿Crees que es prudente esperar un poco? -preguntó Susana.
– ¿A qué te refieres?
– ¿Qué pasa si aparece ahora? ¿Crees que estaremos bien para salir a corretear entre zombis, cubrir a Uriguen, dar caza a ese demente, y volver con su cuerpo a casa?
José meditó unos segundos. Le escocían los ojos por la falta de sueño, y a decir verdad no se sentía ni con fuerzas para quitarse las botas.
– Probablemente no -admitió, taciturno.
– Pues despertemos a la bella durmiente y volvamos, que ya son horas.
XXXII
Sandra tenía veinticinco años cuando se despertó aquella mañana para ver el amanecer desde su pequeña ventana. Mientras se lavaba con unas toallitas húmedas, silbaba contenta. En ningún momento sospechó que jamás volvería a ver una puesta de sol.
Sandra era una de las pocas personas que estaban contentas con su situación actual. La vida no le había ido demasiado bien: dejó el colegio a los dieciséis para entregarse a una vida disipada donde conceptos como una micra de cocaína capturaban el noventa por ciento de su campo de atención. Unos meses después de cumplir diecisiete años se quedó embarazada de un gitano que malvivía en el barrio de La Palmilla; era la primera vez que hacía el amor y ni siquiera le gustó, más bien le pareció soez y doloroso. Su madre se ocupó de su bebé, que contra todo pronóstico consiguió crecer sano y fuerte. Para ella era apenas un recuerdo brumoso entre las telarañas de la adicción.