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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– Eh, siéntate con nosotros.

– Por favor -saltó el señor Klein-. Camarero. -Hizo un gesto-, una copa para la señora.

Kate les recompensó con otro destello de sus ojos color avellana antes de lanzar una mirada rápida en la dirección de Richard.

– Me encantaría, pero… -Se colocó girada hacia la izquierda para que Richard pudiera gozar del espectáculo en su totalidad, luego añadió otra deslumbrante sonrisa-. La verdad, me encantaría, pero… -Otra sonrisa más-. Gracias, caballeros. -Dejó que se la comieran con los ojos mientras cruzaba el local con parsimonia.

Richard ya se había levantado.

– Querido -dijo ella, incapaz de disimular una sonrisa picara.

– Ah, por fin -le dijo él a la sonriente periodista-. La tardona señora de Richard Rothstein. Mi esposa, Kate.

Kate estrechó la mano de la periodista.

– ¿Llego muy tarde? Cuánto lo siento.

– No pasa nada -dijo la reportera-. Su esposo ha sido una compañía de lo más agradable.

– Siempre lo es. ¿Verdad, querido? -Kate alzó una ceja en dirección a él.

– Pero la verdad es que tengo que marcharme. -La periodista se puso en pie, estrechó la mano de Richard-. Y no te preocupes por el tono de mi artículo, Rich.

«¿Rich?», Kate arqueó la otra ceja.

– Gracias, Kathy. -Richard sonrió e hizo otra vez el medio guiño.

– ¿Te pasa algo en el ojo, querido? ¿No estarás otra vez con conjuntivitis, no? -Kate se volvió rápidamente hacia la joven periodista-. Oh, fue horrible. Le supuraba, agh, bueno da igual. Es demasiado asqueroso para hablar del tema.

Richard despidió a la joven periodista, la acompañó hasta la parte delantera del restaurante, agarrándole la mano demasiado tiempo mientras se despedían.

No, no se enfadaría. Él sólo se estaba vengando por su actuación. De todos modos, no podía resistirse a servir un aperitivo con su mejor voz de Walter Cronkite.

– No, de veras, señoría. Sólo somos buenos amigos.

Y, sinceramente, no tenía ni idea de que tenía trece años.

– ¿Y tú cuántos tienes… dieciséis? ¿Señora ligona de las barras?

– Sólo estaba gorreando un cigarrillo.

– Ya. Has dejado a los pobres capullos babeándose el traje de mil doscientos dólares.

Kate lo besó y le apartó los rizos de la frente.

– Siento llegar tarde. De verdad. De todos modos, así has tenido tiempo de babear con la señorita New York Times. -Sonrió-. ¿Me perdonas?

– Por esta vez.

Le hizo una seña al camarero para que le trajera una bebida.

– ¿Qué tal el día? ¿Alguna magulladura más?

– Sólo en el corazón. -Kate se bebió el martini de un trago en cuanto se lo trajeron.

Richard la miró preocupada.

– ¿Estás bien?

Kate hizo un gesto para que le trajeran otra copa, el estado de ánimo coqueto y atolondrado que se había fabricado hacía un momento se iba desinflando.

– No me gusta lo que estoy descubriendo sobre Elena… -En su mente se sucedieron una serie de imágenes: Trip, Washington, Elena bailando desnuda. Se tragó la mitad de la segunda copa, intentando ahogar esa última imagen.

– ¿Como por ejemplo?

– Es como si no la conociera -afirmó.

– Hay ciertas cosas que nunca llegamos a saber de las otras personas, por muy unidos que estemos a ellas. -Richard clavó la mirada en su vaso de whisky escocés-. Quizá no estemos hechos para revelar cada resquicio de nosotros mismos.

– No me gusta cómo suena eso, abogado. ¿Me está ocultando algo?

Richard no levantó la mirada de su bebida.

– No seas tonta.

– ¿Elena te habló alguna vez de novios?

– Ése era tu ámbito, ¿no?

– Parece ser que no.

Durante unos instantes, Kate notó que las lágrimas le escocían en los ojos. ¿A quién le importaban los novios sobre los que Elena le habló, o dejó de hablar? Estaba muerta. Se había ido. Para nunca volver. Tomó otro trago del martini.

– ¿Te encuentras bien, querida? -Richard le tocó la mano.

– Sobreviviré, espero.

– Cuento con ello.

– Por cierto, Bill Pruitt quizá tuviera una vida social más interesante de lo que nadie sospechaba.

– ¿A qué te refieres?

– Posiblemente sexo sadomasoquista.

– Nada de ese tipo me sorprendería. -Richard puso mala cara y estiró la mano hacia el whisky escocés-. ¿Alguna noticia sobre la obra de arte robada?

– Todavía no. ¿Te sorprende? Me refiero a que podría estar implicado en el robo de obras de arte…

– Sí y no. Nunca confié en ese tío.

– Ni te cayó bien.

– ¿Conoces a alguien a quien le cayera bien?

No, no conocía a nadie. Pero en aquel momento, nada de todo aquello tenía demasiado sentido. Pruitt, Elena, Ethan Stein… ¿por qué habían sido asesinados los tres? Pero tenía muchas cosas en las que pensar. Tenía la mente sobrecargada. Mañana, igual que Escarlata O'Hara, pensaría en eso mañana.

26

Guy Saville Pasó la noche bastante bien con ayuda de un somnífero y Kate ya estaba dispuesta a analizar seriamente el tema. Dispuso las copias de las fotos de las escenas de los crímenes en el tablero de corcho y, al lado, las reproducciones artísticas correspondientes.

Bill Pruitt – La muerte de Marat de Jacques Louis David

Ethan Stein – Marsias desollado de Tiziano

Elena – Autorretrato de Picasso

Entonces rellenó más fichas con nombres y anotaciones.

Damien Trip

¿Sospechoso?

Novio de Elena

Cineasta. Probablemente pornógrafo

¿El último en ver a la víctima?

Darton Washington

¿Sospechoso?

¿Liado con Elena?

Productor musical/Amante del arte

Trabajó en el CD de Elena

¿El último en ver a la víctima?

Janine Cook

Amiga de la víctima (Solana)

¿Prostituta?

Conocía a Damien Trip

Señora Prawsinsky

Testigo (Solana)

Vio a un hombre negro en el pasillo la noche del asesinato

Winnie Pruitt

Madre de la víctima (Pruitt)

Dice que la víctima tenía un cuadro, desaparecido

Kate lo sujetó todo con chinchetas en el tablero, retrocedió unos pasos, pensó en lo que faltaba e inmediatamente empezó a imprimir información en más fichas, esta vez con detalles relacionados con cada una de las víctimas. Clavó las fichas bajo las fotos de las escenas de los crímenes y las reproducciones artísticas.

Pruitt

Presidente de museo/Financiero

Ahogado

Stein

Artista/Pintor minimalista

Desollado vivo

Solana

Actriz

Apuñalada

Kate repasó el tablero. ¿Qué era lo que faltaba?

Hilera tras hilera de cubículos idénticos, todos de madera beige y clara, medias paredes revestidas con tableros de corcho, moqueta gruesa de color habano que amortiguaba el ritmo de los tacones de Kate. Los únicos sonidos: teléfonos, teclados, voces amortiguadas. Oficina central del FBI, Manhattan.

Kate encontró a su amiga en medio de la segunda hilera, ¿o fue la tercera? Había perdido la cuenta.

– Debes de ser tú -dijo Liz mientras miraba con ojos entornados la etiqueta con el nombre que Kate se había pegado en el suéter de cachemira-. Detrás de esas gafas de sol.

– Este sitio me produce escalofríos -declaró Kate.

– Calla. -Liz puso los ojos en blanco y susurró-: Esto es el FBI, querida. Aquí no decimos esas cosas.

– ¿Ah, no?

– No.

Un par de agentes tiesos como un palo de escoba, altos los dos, con el pelo muy corto, idénticos, pasaron por su lado sin ni siquiera asentir o parpadear.

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