Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Tranquilízate -le dije reprimiéndolo-. Un capitán más o menos no es nada por lo que padecer. Los hay a montones.
– No es eso, señor Silver. Al capitán Butterworth le han arrancado la picha de un mordisco.
– ¿Qué dices? -exclamé estupefacto, con todo el respeto del que fui capaz.
– Lo vi con mis propios ojos -continuó Tim con un nudo en la garganta-. El capitán me había ordenado que hiciera guardia ante su puerta para que no pasara nadie, fuera quien fuese. Entonces oí un grito horroroso dentro del camarote y no supe qué hacer. No me atrevía a abrir la puerta sin que me dieran la orden. Entonces se abrió la puerta de golpe y una de las negras salió disparada sin que yo acertara a detenerla. Miré dentro del camarote porque oía lamentos y entonces lo vi, señor Silver. Estaba sentado en una silla con una sola pierna, pálido como un cadáver, como si ya estuviera muerto: en la mano tenía un trozo de picha. La sangre le manaba como un río, señor Silver, era horroroso. Le manaba a borbotones, como si bombeara. ¡Oh, qué horror!
Las piernas ya no le aguantaron y cayó a mis pies. Me levanté y tiré de Jack hasta quedarnos medio sentados, y le di a Tim unas palmadas paternales en la cabeza.
– No te lo tomes tan a pecho -le dije-. La vida a veces es así, pero al final te acostumbras. Piensa en todos los que están en la Marina y se bañan en sangre en cada combate. ¿Qué iba a ser esto si empezaran a llorar por un simple arañazo?
– Pero es que era la picha -dijo Tim con la voz quebrada-, era…
El pobre se quedó sin poder articular más palabras con sus temblorosos labios.
– ¡Cálmate ya! -dije-. Al fin y al cabo, por lo que yo me sé, Butterworth tampoco podrá usar su miembro en el Cielo. Esas cosas son tabú allá arriba.
Tim alzó la vista, mirándome con ojos suplicantes.
– Despabila -le insistí-. Los negros podrían pensar que lloras por el capitán Butterworth. Nosotros aquí abajo y él allá arriba, no se puede decir que seamos muy amigos.
– No, no -dijo Tim moviendo la cabeza-. Yo no le tengo simpatía, pero…
– … pero tienes bastante fantasía. Seguro que piensas en lo que debe de sentir cualquiera si le arrancan el rabo de cuajo. Pero no es el tuyo. El tuyo está donde siempre ha estado. Nadie, entiéndelo bien, Tim, nadie se siente bien al ponerse en el lugar de los otros. Entonces ya te puedes echar por la borda. No, anímate y hazle un favor a tu amigo John Silver. Sube a cubierta y entérate de lo ocurrido, a ver si el diablo del capitán sobrevive o no. Y la mujer, ¿sabes quién es?
– No -dijo Tim, que había recuperado un poco de color en la cara cenicienta-. La vi un momento, y todas parecen iguales.
– Si uno se fija bien, Tim, no son iguales.
– Me vi obligado a ir en busca de Scudamore -añadió como disculpa y aclaración.
– Hiciste bien -dije con énfasis.
Nada mejor que un poco de reconocimiento para ayudar a un joven acongojado y desalentado como Tim. Se puso de nuevo en pie y se fue, pero con las piernas temblorosas, si no me equivoco.
Me tumbé y le expliqué a Jack lo que había sucedido. Jack sonrió y me dio una palmada en el vientre como la que yo le había dado por error, y ahora él me imitaba cada vez que enviaba a los demás el mensaje. Al cabo de un instante se hizo patente la alegría de la gente. La verdad es que los negros que compartían mi suerte agitaban unas banderas de las que mi libro de señales no daba constancia, pero que cobraron sentido cuando me paré a observarlas. Y por una vez en la vida los dioses de los infieles y sus malas artes habían conseguido poner de rodillas a nuestro señor todopoderoso.
Más tarde volvió Tim.
– El capitán está muerto -dijo sin apenarse por ello.
Ya había conseguido olvidar lo que le había causado tanto espanto.
– ¿Qué quieres decir? -pregunté-. ¿No pudo nuestro hábil cirujano de a bordo solucionar una tontería como ésa, amputar una picha y cortar la hemorragia con un hierro candente?
– Ni siquiera pudo probarlo. El capitán se negó a que Scudamore lo tocara. Y cuando al final perdió el conocimiento ya era demasiado tarde para hacer algo.
– Para serte sincero, Tim, comprendo al capitán.
Tim me miró interrogante.
– Sí -expliqué-. ¿Quién no hubiera preferido plegar velas antes de que Scudamore le tocara lo más sagrado? Porque te voy a decir una cosa: Scudamore es un auténtico sodomita y un infiel. Para él nada es sagrado. ¡Ándate con mucho ojo!
Tim asintió con la cabeza y entendió la seriedad de mis palabras.
– ¿Y la mujer? -pregunté de paso.
– ¡El Demonio lo sabrá! -exclamó Tim-. Fui el único que la vio, y en realidad no llegué a fijarme en ella. Toda la culpa es mía.
– ¿Tuya? ¿Por qué?
– Porque no podremos castigar a la culpable.
– ¿Castigar? Si quieres saber mi opinión, habría que darle un premio. ¿Nadie sospecha quién pudo ser?
– No. Butterworth se llevaba a tantas que pudo ser cualquiera. Y además lo mantuvo en secreto. Las iba a buscar él personalmente, convencido de que nadie lo veía, porque eso está prohibido.
– Entonces se lo merecía, eso opino yo. ¿Así que no se va a castigar a nadie?
– Claro que sí. Les darán a probar el látigo a una docena, pero no tan fuerte que no se les haya curado cuando lleguemos.
Así pues, no iban a colgar a nadie, ni siquiera a la mujer que de un bocado se había librado de un hombre entero: si a alguien le interesa mi opinión, seguro que era la que yo había elegido para mí. No me cabía ninguna duda. Era la misma mujer que Butterworth me había robado delante de las narices; ella había acabado con aquel diablo. Y ésa, pensé con una satisfacción que me henchía el alma, era una mujer que me gustaba, una mujer ni más ni menos de mi estilo, tan cierto como que me llamo John Silver.
Lo que yo no sabía era hasta qué punto había asustado a la tripulación la vil muerte de Butterworth, o al menos hasta qué extremo apagó sus apetitos. El caso es que en un abrir y cerrar de ojos el Libre de penas se convirtió en el barco podrido por los cuatro costados, pero más casto que todos los que hubieran surcado los siete mares. Y lo mejor de todo fue que incluso Scudamore reprimió su repulsiva lascivia. No pasó mucho tiempo hasta que la mitad de la tripulación pareció un grupo de enterradores, porque las mujeres eran su única alegría aparte del ron, y la bebida estaba racionada. Sí: tal como estaban las cosas prefería seguir donde estaba a pesar del pestazo, los grilletes, las desolladuras, los lamentos de los enfermos y los ronquidos, los cabeceos de los moribundos, los que no querían vivir, el cereal que era nuestro único alimento hasta que nos acercáramos a tierra, las defecaciones cuyo hedor flotaba alrededor cuando soplaba el mínimo viento y las ventanillas se desajustaban, las mofas que caían sobre mí cuando aparecía por cubierta; sí, todo esto era preferible para un tipo como yo. A pesar de los pesares, era yo quien hacía algo de provecho, y no los de cubierta. Pero tengo que admitir, y lo hago con gusto, que envidiaba a la mujer que tan fácilmente y tan deprisa, dicho sea con perdón, logró poner en su sitio a toda la tripulación del Libre de penas.
Entretanto, hacía lo posible para dominar el tremendo desaliento que cundía bajo cubierta. Los animaba y les ayudaba con mi cabeza y mis palabras, un poco como yo quería, para empezar. Pero a medida que Jack y yo nos fuimos entendiendo mejor, en mi cabeza empezó a tomar forma un plan. Maldita sea; empecé a pensar que los tratantes de esclavos que compraran parte de esta carga se iban a encontrar con un pequeño infierno.
Así pues, asumí la tarea de explicar, a todo el que quisiera escucharme, lo que sabía del infierno que les esperaba al otro lado del océano. Por ejemplo, hice lo que pude para explicarles que la idea que se tenía de la gente como ellos era que fueran rentables, y les dije que los hombres blancos no se quedaban con los esclavos para castigarles, sino para llenar sus arcas.