En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
Estaba cansado. Se le cerraban los ojos, y entonces aparecía allí, junto al muro de piedras, su corazón helado por el terror de quedarse allí para siempre, sin saber cómo regresar. Finalmente, impaciente y enfermo de miedo, volvió a levantarse, cogió un farol de la casa y lo encendió, y comenzó a caminar por el sendero que llevaba hacia la casa de Musgo. Musgo podía o no tener miedo; últimamente vivía bastante cerca del muro. Pero Brezo estaría llena de pánico, y Musgo no podría calmarla. Y puesto que algo había que hacer, y esta vez no era él quien podría hacerlo, al menos podría ir a consolar a la pobre medio-bruja. Podría decirle que solamente eran sueños.
Le costaba avanzar en la oscuridad, el farol proyectaba grandes sombras de pequeñas cosas en el sendero. Caminaba más lentamente de lo que le hubiera gustado, y a veces se tropezaba.
Vio una luz en la casa de la viuda, a pesar de lo tarde que era. Un niño se lamentaba, en la aldea. «Madre, madre, ¿por qué llora la gente? ¿Quiénes son los que lloran, madre?» Allí tampoco había sueño. Esa noche no había mucho sueño en ningún lugar de Terramar, pensó Ged. Sonrió un poco mientras pensaba aquello; porque siempre le había gustado esa pausa, esa pausa temerosa, el momento anterior al cambio de las cosas.
Aliso se despertó. Estaba acostado sobre la tierra y podía sentir su profundidad debajo de él. Sobre él ardían las brillantes estrellas, las estrellas del verano, moviéndose entre hoja y hoja con el soplo del viento, moviéndose de este a oeste con las vueltas del mundo. Las observó un rato antes de dejarlas ir.
Tehanu estaba esperándolo en la colina.
—¿Qué es lo que tenemos que hacer, Hará? —le preguntó ella.
—Tenemos que recomponer el mundo —respondió él. Sonrió, porque por fin su corazón se había iluminado—. Tenemos que derrumbar el muro.
—¿Y ellos pueden ayudarnos? —preguntó Tehanu, ya que los muertos estaban reunidos esperando, allí abajo, en la oscuridad, tan incontables como la hierba o la arena o las estrellas, ahora en silencio, una gran playa sombría de almas.
—No —respondió él—, pero tal vez otros sí puedan hacerlo. —Bajó por la ladera de la colina hasta llegar al muro. En ese punto, llegaba a una altura un poco superior a la de la cintura. Posó sus manos sobre una de las piedras de la hilera de albardillas e intentó moverla. Estaba sólidamente sujeta a las demás, o era más pesada de lo que suele ser una piedra; no podía levantarla, no podía hacer que se moviera en absoluto.
Tehanu se puso a su lado.
—Ayúdame —le pidió él.
Ella posó sus manos sobre la piedra, la mano humana y la garra quemada, apretándola tanto como podía, y dio un tirón hacia arriba al mismo tiempo que él. La piedra se movió un poco, luego un poco más.
—¡Empújala! —exclamó ella, y juntos la empujaron lentamente hasta quitarla de su sitio, haciéndola chirriar al rozarse con la piedra que tenía debajo, hasta que cayó al otro lado del muro con un golpe seco y pesado.
La siguiente piedra era más pequeña; juntos pudieron levantarla y quitarla también de su sitio. La dejaron caer sobre el polvo de este lado del muro.
En ese momento, un temblor sacudió la tierra que había debajo de sus pies. Otras piedras más pequeñas del muro sonaron al tocarse unas con otras. Y, con un largo suspiro, las multitudes de los muertos se acercaron a la pared de piedra.
El Maestro de las Formas se puso de pie de repente y se quedó escuchando con atención. Las hojas vociferaban por todo el claro, los árboles del Bosquecillo se inclinaban y temblaban como azotados por un gran viento, pero no había viento.
—Está cambiando ahora —dijo, y se alejó de ellos caminando lentamente, adentrándose en la oscuridad bajo los árboles.
El Maestro de Invocaciones, el Maestro Portero, y Seppel se pusieron de pie y lo siguieron, rápida y silenciosamente. Gamble y Ónix los siguieron más lentamente.
Lebannen también se puso de pie; dio unos cuantos pasos detrás de los demás, dudó, y se apresuró a atravesar el claro hasta llegar a la baja casa de piedra y de terrones herbosos. —Irían —dijo, agachando la cabeza en la puerta oscura—. Irían, ¿me llevarías contigo?
Ella salió de la casa; sonreía, y a su alrededor había una especie de luminosidad feroz. —Vamos, ven, ven rápido —dijo ella, y lo cogió de la mano. Su mano ardía como un carbón al fuego mientras lo alzaba y lo llevaba volando en el otro viento.
Después de un rato, Seserakh salió de la casa a la luz de las estrellas, y detrás de ella salió Tenar. Se detuvieron y miraron a su alrededor. Nada se movía; los árboles estaban inmóviles otra vez.
—Se han ido todos —susurró Seserakh—. Por el Camino del Dragón.
Dio un paso hacia delante, con la mirada fija en la oscuridad.
—¿Qué tenemos que hacer nosotras, Tenar?
—Tenemos que cuidar de la casa —respondió Tenar.
—¡Oh! —suspiró Seserakh, cayendo sobre sus rodillas. Había visto a Lebannen cerca de la puerta, tumbado y con la cara contra la hierba—. No está muerto, creo. ¡Oh, mi querido Señor Rey, no te vayas, no mueras!
—Está con ellos. Quédate aquí con él. Dale tu calor. Cuida la casa, Seserakh —dijo Tenar. Ella fue hasta donde estaba Aliso recostado, sus ojos ciegos de cara a las estrellas. Se sentó a su lado, posó su mano sobre la de él. Y esperó.
Aliso apenas podía mover la gran piedra sobre la que estaban sus manos, pero el Maestro de Invocaciones estaba a su lado, empujándola con su hombro, y en un momento dado exclamó: —¡Ahora! —Juntos la empujaron hasta que perdió el equilibrio y cayó con aquel mismo ruido seco, pesado y final, al otro lado del muro.
Ahora había otros allí con él y con Tehanu, arrancando las piedras, echándolas abajo junto al muro. Aliso vio por un instante sus propias manos proyectando sombras de un destello rojizo. Orm Irian, tal como él la había visto por primera vez, con la forma de un gran dragón, había dejado salir su aliento feroz mientras luchaba para mover un canto rodado de la hilera más baja de piedras, que estaba profundamente enclavado en la tierra. Sus garras sacaban chispas por los golpes que daban y su lomo de espinas se arqueó, y la roca por fin se liberó y salió rodando, abriendo así una inmensa brecha en esa parte del muro.
Hubo un tremendo aunque suave grito entre las sombras que se agolpaban del otro lado, como el sonido del mar en una orilla resonante. La oscuridad de sus sombras avanzó en masa hacia el muro. Pero Aliso miró hacia arriba y vio que ya no estaba oscuro. La luz se movía en aquel cielo en el que las estrellas nunca se habían movido, rápidas chispas de fuego a lo lejos, en el oscuro oeste.
—¡Kalessin!
Fue la voz de Tehanu. Él la miró. Tehanu miraba fijamente hacia arriba, hacia el oeste. No tenía ojos para la tierra.
Estiró sus brazos hacia el cielo. El fuego comenzó a recorrerle las manos, los brazos, los cabellos, el rostro y el cuerpo, incendiándose de repente y formando grandes alas sobre su cabeza; luego se alzó por los aires, una criatura toda de fuego, ardiendo, hermosa.
Gritó muy fuerte, un grito claro, sin palabras. Voló alto, la cabeza larga, rápida, subiendo hacia el cielo en donde la luz crecía cada vez más y un viento blanco había borrado las vacuas estrellas.
De entre la multitud de muertos, algunos por aquí y por allá, como ella, se elevaron vacilando como llamas hasta convertirse en dragones, y se montaron en el viento.
Muchos se acercaron caminando. No estaban presionando, ni gritando ahora, sino caminando con tranquila certeza hacia los trozos caídos del muro: enormes multitudes de hombres y mujeres, quienes al acercarse al muro roto no dudaban en atravesarlo y desaparecer: una nubecilla de polvo, un aliento que brilló un instante en la luz siempre centelleante.