Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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– En nuestro primer hijo -respondió ella.
Fletcher también tenía pocas cosas que lamentar después de su primer año en Alexander Dupont y Bell. Al principio no tenía ni idea sobre cuáles serían sus responsabilidades, pero a los nuevos no se les conocía con el apodo de «caballos de carga» en vano. Muy pronto descubrió que su principal responsabilidad era asegurarse de que cuando Matt Cunliffe trabajaba en un caso, no tuviera que mirar más allá de su mesa para encontrar cualquier documento o antecedente importante. Solo había tardado unos días en comprender que las intervenciones en los juicios donde se defendían a bellezas inocentes acusadas de asesinato eran cosas exclusivas de las series de televisión. La mayor parte de su trabajo era aburrido y meticuloso y casi siempre se llegaba a un acuerdo entre las partes incluso antes de que se fijara la fecha del juicio.
Fletcher también descubrió que hasta que no eras socio no se comenzaba a ganar una suma respetable ni podías llegar a casa cuando todavía era de día. A pesar de esto, Matt le aligeró la carga de trabajo al no insistir en una pausa de media hora para la comida, cosa que le permitía jugar al squash con Jimmy dos veces por semana.
Se llevaba trabajo a casa y trataba, cuando le era posible, de dedicar una hora a estar con su hija. Su padre le recordaba con frecuencia que en cuanto pasaran aquellos primeros años, ya no le sería posible dar marcha atrás y recuperar «los momentos importantes en la niñez de Lucy».
La fiesta del primer cumpleaños de Lucy fue el acontecimiento más ruidoso fuera de un estadio de fútbol al que había asistido Fletcher. Annie había hecho tantas amistades en el barrio que se encontró la casa llena de niños que parecían dispuestos a llorar o reírse todos al mismo tiempo. A Fletcher le maravilló la calma con la que Annie se ocupaba de las copas de helado caídas, los trozos de pastel de chocolate pisoteados en la alfombra o la botella de leche derramada sobre su vestido, sin que ni por un instante desapareciera la sonrisa de su rostro. Cuando se marchó el último chiquillo, Fletcher estaba agotado. En cambio, el único comentario de Annie fue: «Creo que la fiesta ha sido un éxito».
Fletcher seguía viéndose con Jimmy, quien, gracias a su padre -según sus propias palabras-, había conseguido un empleo en una pequeña pero bien reputada firma de abogados en Lexington Avenue. Su horario de trabajo no tenía nada que envidiarle al de su amigo, pero la responsabilidad de ser padre parecía haberle dado un nuevo estímulo, que aumentó cuando Joanna dio a luz a su segundo hijo. Fletcher estaba maravillado al ver lo bien que funcionaba su matrimonio, si se tenía en cuenta la diferencia de edad y la disparidad profesional. Sin embargo, esto no parecía perjudicarles en nada, porque sencillamente se adoraban el uno al otro y eran la envidia de muchos de sus coetáneos que ya habían pedido el divorcio. Cuando Fletcher se enteró del nacimiento del segundo hijo de Jimmy, rezó para que Annie no tardara en seguir el ejemplo: envidiaba a Jimmy por tener un hijo varón. Recordaba muy a menudo a Harry Robert.
Debido a las muchas horas que dedicaba al trabajo, Fletcher no tenía demasiadas ocasiones de hacer nuevos amigos, con la excepción de Logan Fitzgerald, quien se había incorporado a la firma con él. A menudo cambiaban impresiones durante la comida o tomaban una copa juntos antes de que Fletcher cogiera el tren para irse a su casa a última hora de la tarde. Muy pronto el alto y rubio irlandés fue invitado a Ridgewood para que conociera a las amigas solteras de Annie. Si bien Fletcher reconocía que Logan y él eran rivales, esto no parecía perjudicar la amistad entre los jóvenes; es más, parecía fortalecer aún más el vínculo entre ellos. Ambos tuvieron sus pequeños éxitos y fracasos durante el primer año y nadie en la firma parecía dispuesto a dar su opinión sobre a cuál de los dos harían primero socio.
Una tarde, mientras tomaban una copa, Fletcher y Logan hablaron de que ambos ya eran miembros de pleno derecho en la firma. En el plazo de unas semanas, llegaría otro grupo de aspirantes y ellos ascenderían de caballos de carga a animales de silla. Ambos estudiaron con interés los currículos de los que habían superado la primera etapa de la selección.
– ¿Qué opinas de los aspirantes? -preguntó Fletcher, que procuró no tener un tono de superioridad.
– No están mal -respondió Logan. Le pidió al camarero que le sirviera una cerveza a Fletcher antes de añadir-: Excepto uno, el tipo de Stanford. No acabo de entender cómo ha conseguido colarse en la lista.
– Me han dicho que es el sobrino de Bill Alexander.
– No niego que sea una buena razón para ponerlo en la lista final, pero no para ofrecerle trabajo, así que supongo que no le volveremos a ver -dijo Logan-. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo su nombre.
En Morgan’s Nat era el más joven de su equipo, formado por tres economistas. Su jefe inmediato era Steven Ginsberg, que tenía veintiocho años, y su número dos, Adrian Kenwright, acababa de cumplir los veintiséis. Entre ellos, controlaban un fondo de más de un millón de dólares.
Dado que los mercados de divisas abrían en Tokio precisamente cuando la mayoría de los norteamericanos civilizados se iban a la cama y cerraban en Los Ángeles cuando el sol ya no brillaba en el continente americano, uno del equipo siempre estaba de servicio para que quedaran cubiertas todas las horas del día y la noche. La única ocasión en la que Steven le dio a Nat una tarde libre fue para asistir en Harvard a la ceremonia en que Su Ling recibió su título de doctora, e incluso entonces tuvo que irse de la fiesta porque lo llamaron con urgencia para explicar la caída de la lira.
– Es posible que la semana que viene a esta misma hora tengan un gobierno comunista -dijo Nat-, así que comenzad a vender las liras y comprad francos suizos. Vended todas las pesetas y libras esterlinas que tengamos en nuestras cuentas porque España y Gran Bretaña son inestables o tienen gobiernos de izquierdas y serán los próximos en sentir la presión.
– ¿Qué hacemos con los marcos?
– Aguantadlos, porque los marcos continuarán por debajo del valor real mientras no tiren abajo el muro de Berlín.
Aunque los otros dos miembros del equipo tenían mucha más experiencia financiera que Nat y la misma voluntad de trabajar al máximo, ambos reconocían que gracias a su notable olfato político, Nat era capaz de interpretar las tendencias del mercado mucho más rápido que cualquier otro que hubiese trabajado con o contra ellos.
El día que todos vendieron dólares para comprar libras, Nat vendió inmediatamente las libras en el mercado de futuros. Durante ocho días pareció que le haría perder al banco una fortuna y sus colegas pasaban rápidamente por su lado en los pasillos sin ni siquiera mirarlo. Un mes más tarde, siete bancos le estaban ofreciendo trabajo y un considerable aumento de sueldo. Nat recibió una gratificación de ocho mil dólares cuando acabó el año y decidió que había llegado el momento de salir a buscar a una de sus amantes.
No le dijo nada a Su Ling de la gratificación, ni de la amante, porque a ella acababan de darle un aumento de noventa dólares mensuales. En cuanto a la amante, le había echado el ojo a una dama que veía en una esquina todas las mañanas cuando iba al trabajo y que seguía tranquilamente en el escaparate cuando regresaba a su apartamento en el SoHo por la tarde. A medida que pasaban los días se fijaba cada vez más en la dama que tomaba un baño y finalmente decidió preguntar su precio.
– Seis mil quinientos dólares -le informó el propietario de la galería- y si me permite que se lo diga, señor, tiene usted muy buen ojo porque no solo es una magnífica pintura, sino también una muy buena inversión.
Al escucharlo, Nat se convenció rápidamente de que los galeristas no eran más que vulgares vendedores de coches usados que vestían trajes de Brooks Brothers.
– Bonnard tiene unos precios muy bajos si los compara con los de sus contemporáneos Renoir, Monet y Matisse -añadió el galerista-, y calculo que su cotización subirá mucho en un futuro muy cercano.