La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
«Hoy viven en nuestro planeta unos veinte mil millones de salamandras civilizadas, o sea, unas diez veces el número total de la Humanidad. De esto se desprende, por la necesidad biológica y la lógica de la historia, que las salamandras esclavizadas tendrán que liberarse; que, siendo homogéneas, tendrán que unirse, y que convirtiéndose así en el mayor poder que ha visto nunca el mundo, tendrán que tomar la dirección de él. ¿Creéis que son tan locas como para respetar después al hombre? ¿Creéis que repetirán la histórica equivocación que cometió siempre el que sometió a las naciones y clases vencidas en vez de aniquilarlas? ¿De los que, por orgullo, establecían nuevas diferencias entre la gente para después, por magnanimidad o idealismo, esforzarse en revocarlas? No, este disparate de la historia no lo repetirán las salamandras (exclama Wolf Meynert) aunque sólo sea porque seguirán los consejos y advertencias de mi libro. Serán herederas de toda la civilización humana; caerá en su regazo todo lo que hemos hecho, todo lo que hemos intentado para llegar a dominar el mundo; pero irían contra sí mismas si, con esta herencia, quisieran también quedarse con nosotros. Tienen que prescindir de los seres humanos si quieren conservar su homogeneidad racial. Si así no lo hiciesen, propagaríamos entre ellas, antes o después, nuestras dos inclinaciones destructivas: crear diferencias y sufrirlas. Pero no nos atrevamos a esto. Hoy, cualquier ser que continúe la historia del hombre, ya no repetirá las locuras suicidas de la Humanidad».
«No hay duda de que el mundo de las salamandras será más feliz de lo que fue el del género humano. Será unido, homogéneo y estará dominado por el mismo espíritu. Las salamandras no se distinguirán unas de otras por la lengua, opiniones, religión ni exigencias vitales. No habrá entre ellas diferencias culturales ni de clase, sino la diferencia del trabajo. Nadie será señor o esclavo, porque todos servirán al Gran Conjunto de las Salamandras, que será su Dios, su Gobierno, su patrono y director espiritual. Formarán una sola nación con un solo nivel, un mundo mejor y más perfecto que el nuestro. Serán un poderoso y feliz Mundo Nuevo. ¡Hagámosle, pues, sitio!
La Humanidad, que se apaga, ya no puede hacer otra cosa que apresurar su propio fin, en una trágica belleza, siempre que no sea ya demasiado tarde.»
En lo que cabe, hemos expuesto aquí las opiniones de Wolf Meynert, en forma comprensible. Sabemos que, con ello, pierden mucho del efecto y profundidad con que en otro tiempo fascinaron a toda Europa y, sobre todo, a la juventud, que recibió con entusiasmo la noticia de la caída y el fin de la Humanidad. El Gobierno del Reich, desde luego, prohibió las enseñanzas del Gran Pesimista, a causa de ciertas consecuencias políticas que se produjeron, y Wolf Meynert tuvo que asilarse en Suiza. A pesar de esto, todo el mundo culto se apropió con satisfacción de la Teoría de Meynert sobre la extinción de la Humanidad. Su libro, de 632 páginas, se publicó en todas las lenguas del mundo y fue difundido, en muchos millones de ejemplares, también entre las salamandras.
CAPÍTULO VI
X advierte
Quizás fue también consecuencia del libro profético de Meynert el que los vanguardistas literarios y artísticos de los centros culturales proclamaran: «¡Por nosotros, que vengan las salamandras! El porvenir pertenece a las salamandras. Las salamandras significan la revolución cultural. ¿Qué importa que no tengan su arte? Por lo menos, no estarán cargadas de ideales estúpidos, tradiciones muertas y todo ese torturante, aburrido y pedante desperdicio que se llama poesía, música, arquitectura, filosofía y, en general, cultura —palabra senil, al oír la cual se nos revuelve el estómago. Es mejor que no hayan caído, hasta ahora, en el amaneramiento del arte humano: nosotros les haremos un arte nuevo; nosotros, la juventud, allanaremos el camino para el futuro de las salamandras. ¡Queremos ser las primeras salamandras, las salamandras del futuro!» Y así nació la sociedad de jóvenes poetas salamandrinos, surgió la música tritónica y la pintura pelágica, que se inspiraba en las formas del mundo de las medusas, algas marinas y corales. Además de esto, se descubrió que las obras de regularización de las salamandras eran nuevas fuentes de belleza y de monumentalidad. «¡Ya estamos hartos de naturaleza! —gritaban—. ¡Que vengan las costas lisas de hormigón en lugar de las viejas rocas. El romanticismo está muerto. Los futuros continentes estarán bordeados de líneas rectas y serán rehechos en triángulos y rombos. El viejo mundo geológico será reemplazado por el geométrico». En resumen: había otra vez algo nuevo y prometedor de que ocuparse, nuevas sensaciones psíquicas y nuevas manifestaciones culturales, y aquéllos que no supieron seguir a tiempo el camino del futuro salamandrismo sentían amargamente que habían perdido su gran ocasión, y se vengaban declarándose partidarios de la Humanidad, de la vuelta al hombre y a la naturaleza, y otras consignas reaccionarias. En Viena se silbó un concierto de música tritónica, en el Salón de los Independientes de París, un criminal desconocido rasgó un cuadro pelágico titulado: «Capricho en azul». En resumen: el salamandrismo iba por el camino de la victoria, sin que nada ni nadie pudiese detenerlo.
Desde luego, no faltaban voces retrógradas que se alzaban contra «la manía salamándrica», como se la llamaba. Pero lo más enérgico en este sentido fue un folleto inglés anónimo, que se publicó bajo el título de X advierte. Este folleto fue muy leído, pero nunca se llegó a averiguar la identidad de su autor, aunque muchos creían que se trataba de una alta personalidad eclesiástica, juzgando por el hecho de que, en griego, la «X» es una abreviatura de Cristo.