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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Una soleada tarde de octubre salimos del apartamento de Mameha y caminamos por la orilla del Shirakawa, viendo cómo revoloteaban y caían en el agua las hojas de los cerezos. Había mucha gente paseando también por la misma razón, y, como era de esperar, todo el mundo saludaba a Mameha. Casi todas las veces, al mismo tiempo que la saludaban a ella me saludaban a mí.

– Vas siendo cada vez más conocida, ¿no crees? -me espetó.

– Creo que la mayoría de la gente no tendría inconveniente en saludar a una oveja, si estuviera con usted, Mameha-san.

– Especialmente a una oveja -dijo-. Sería tan raro. Pero te estoy hablando en serio. No sabes cuánta gente me pregunta por la chica de los ojos grises. No saben tu nombre, pero eso no importa. Ya no te queda mucho tiempo de llamarte Chiyo.

– ¿Está Mameha-san sugiriendo que…?

– Lo que quiero decir es que he estado hablando con Waza-san -así se llamaba su vidente-, y me ha sugerido que el tercer día de noviembre es un día propicio para tu debut.

Mameha se detuvo a observarme. Me había quedado inmóvil como un árbol y con unos ojos como platos. No me puse a gritar o a dar palmadas de alegría, pero estaba tan contenta que no me salían las palabras. Finalmente di las gracias a Mameha con una reverencia.

– Vas a ser un buena geisha -me dijo-, pero aún podrás serlo mejor si tienes en cuenta lo que dicen tus ojos.

– Nunca he pensado que dijeran nada -respondí yo.

– Los ojos son la parte más expresiva del cuerpo de una mujer, especialmente en tu caso. Quédate ahí un momento y te lo demostraré.

Mameha dio la vuelta a la esquina y me dejó sola en la tranquila callejuela. Un momento después volvió a aparecer; venía hacia mí mirando hacia el otro lado. Me dio la impresión de que tenía miedo de lo que podría pasar si miraba en la dirección en la que yo estaba.

– Pues bien -me dijo-. ¿Qué habrías pensado si hubieras sido un hombre?

– Habría pensado que estabas tan concentrada en evitarme, que no podías pensar en otra cosa.

– ¿No sería posible que tan sólo estuviera mirando los desagües de los canalones al pie de las casas?

– Aun así habría pensado que estabas rehuyendo mi mirada.

– Eso es precisamente lo que quiero decirte. Con un perfil sorprendente nunca se corre el riesgo de transmitir inadvertidamente al hombre el mensaje equivocado. Pero los hombres van a fijarse en tus ojos e imaginar que les estás transmitiendo algo, aunque no sea así. Ahora vuelve a mirarme.

Mameha desapareció tras la esquina, y esta vez volvió con la vista en el suelo y caminando de una manera particularmente soñadora. Entonces, cuando se acercó a mí, levantó los ojos, que se cruzaron con los míos durante un instante, y enseguida miró hacia otro lado. He de decir que sentí una sacudida eléctrica; si hubiera sido un hombre, habría pensado que aquella mujer no tardaría en entregarse a unos intensos sentimientos que estaba luchando por ocultar.

– Si con unos ojos normales como los míos puedo decir todas estas cosas -me explicó-, piensa en todo lo que podrás decir tú con los tuyos. No me sorprendería que fueras capaz de hacer que un hombre se desmayara aquí mismo en la calle.

– ¡Mameha-san! -exclamé-. Si tuviera la capacidad de hacer que los hombres se desmayaran, estoy segura de que a estas alturas ya lo sabría.

– Pues me sorprende que no lo sepas. Hagamos un trato: estarás preparada para hacer tu debut cuando hayas hecho pararse en seco a un hombre con un simple parpadeo.

Anhelaba tanto debutar que si Mameha me hubiera retado a derribar un árbol con sólo mirarlo, estoy segura de que lo habría intentado. Le pedí que tuviera la amabilidad de acompañarme a probarlo con unos cuantos hombres, y ella aceptó encantada. El primer hombre que nos cruzamos era tan anciano que realmente parecía un kimono lleno de huesos. Iba subiendo la calle muy despacio, apoyado en un bastón, y llevaba unas gafas tan llenas de mugre que no me hubiera sorprendido que se chocara con la esquina de algún edificio. No se fijó en mí en absoluto; así que continuamos caminando hacia la Avenida Shijo. No tardé en ver a dos hombres vestidos a la occidental, como los hombres de negocios, pero tampoco tuve suerte con ellos. Creo que reconocieron a Mameha, o tal vez sencillamente pensaron que ella era más bonita que yo, pues clavaron sus ojos en ella.

Iba a desistir cuando reparé en un repartidor de unos veinte años que llevaba una bandeja llena de cajas vacías. Por entonces varios restaurantes de Gion servían comidas a domicilio, y luego por la tarde enviaban a un muchacho a recoger las cajas. Por lo general se amontonaban en un gran cajón que se arrastraba manualmente o se ataba a una bicicleta. No sé por qué aquel joven transportaba las cajas en una bandeja. En cualquier caso, estaba como a un bloque de distancia y venía hacia mí. Me di cuenta de que Mameha lo observó atentamente. Entonces dijo:

– Hazle tirar la bandeja.

Antes de poder decidir si Mameha bromeaba, ésta se metió por una bocacalle y desapareció.

No creo que sea posible para una chica de catorce años -o para una mujer de cualquier edad- hacer que un joven tire algo al suelo por el solo procedimiento de mirarle de una forma determinada. Supongo que esas cosas suceden en las películas y en los libros. Hubiera desistido sin siquiera intentarlo, de no haber reparado en dos cosas. En primer lugar, el joven ya me estaba mirando como mira al ratón un gato hambriento; y en segundo lugar, la mayoría de las calles de Gion no tienen bordillos, pero ésta sí que lo tenía, y el muchacho iba andando por la calzada no muy alejado de la acera. Si pudiera obligarlo a subir a la acera, podría suceder que al hacerlo se tropezara con el bordillo y dejara caer la bandeja. Empecé por mantener la vista pegada al suelo delante de mis pies, y luego intenté hacer lo que acababa de hacerme a mí Mameha. Alcé los ojos hasta que mi mirada se cruzó un instante con la del chico, y luego la aparté rápidamente. Unos pasos después, repetí la operación. Pero esta vez, el muchacho me estaba mirando tan fijamente que probablemente se había olvidado de la bandeja que llevaba en la mano y todavía más del bordillo que tenía a sus píes. Cuando ya estábamos casi uno al lado del otro, cambié ligeramente mi rumbo, de modo que no pudiera cruzarse conmigo sin subirse a la acera, y lo volví a mirar directamente a los ojos. El muchacho intentó apartarse de mi camino, pero, justo como yo había esperado, se hizo un lío con los pies y se tropezó con el bordillo, cayendo hacia un lado y desparramando todas las cajas por la acera. No pude evitar echarme a reír. Y menos mal que el joven también se rió. Le ayudé a recoger las cajas y le dediqué una sonrisa; él me hizo la reverencia más profunda que me habían hecho nunca y continuó su camino.

Un momento después me reuní con Mameha, que lo había visto todo.

– Creo que no vas a estar nunca más preparada -dijo. Y con esto, me condujo al otro lado de la gran avenida hasta el apartamento de Waza-san, su vidente, y lo puso a trabajar en la busca de las fechas propicias para los distintos eventos previos a mi debut, tales como visitar el templo para anunciar mi intención a los dioses, ir a que me hicieran por primera vez el peinado propio de las aprendizas y representar mi papel en la ceremonia en la que Mameha y yo nos haríamos hermanas.

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