Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Aquella noche no pegué ojo. Por fin iba a suceder lo que tanto había deseado, y, ¡madre mía!, tenía el estómago revuelto. La idea de vestirme con aquellas exquisitas ropas que yo tanto admiraba y de aparecer en una habitación llena de hombres bastaba para empaparme las manos de sudor. Cada vez que lo pensaba sentía un delicioso hormigueo nervioso que me subía desde las rodillas al esternón. Me imaginaba en una casa de té, abriendo la puerta de una habitación cubierta de tatamis. Los hombres volvían la cabeza para mirarme; y, por supuesto, entre ellos se encontraba aquel Señor Presidente de mis sueños. A veces lo imaginaba solo en la habitación, vestido con el tipo de kimono que se ponen muchos hombres al volver del trabajo para estar cómodos, y no con traje occidental. En su mano, suave como un trozo de madera pulido por el mar, sostenía una copa de sake. Más que nada en el mundo deseaba llenársela y sentir sus ojos mirándome mientras le servía.
Sólo tenía catorce años, pero me parecía que ya había vivido dos vidas. Mi nueva vida acababa de comenzar, pero mi antigua vida había terminado hacía algún tiempo. Habían pasado varios años desde que me había enterado de las tristes noticias de mi familia, y me asombraba cómo había podido cambiar mi paisaje mental. Todos sabemos que una escena invernal de árboles cubiertos con mantos de nieve será irreconocible a la primavera siguiente. No me podía imaginar, sin embargo, que algo así podía suceder dentro de nosotros mismos. Cuando recibí las noticias de mi familia, fue como si me hubiera cubierto una capa de hielo. Pero con el tiempo, ese frío terrible se había ido templando hasta revelar un paisaje que nunca había visto, ni siquiera imaginado, antes. No sé si esto te parecerá una tontería, pero mi mente la víspera de mi debut era semejante a un jardín en el que las flores sólo han empezado a asomar del suelo, de modo que es imposible saber cómo será. Estaba rebosante de entusiasmo; y en ese jardín mental había una estatua, precisamente en su centro. Era la imagen de la geisha que deseaba llegar a ser.
Capítulo catorce
Dicen que la semana en la que una joven prepara su debut como aprendiza de geisha es semejante a cuando un gusano se convierte en mariposa. Es una idea encantadora, pero no logro imaginar quién ni por qué ha podido pensar algo así. El gusano sólo tiene que tejer el capullo y dormitar un rato; mientras que en mi caso, puedo decir que nunca volví a tener una semana más agotadora. El primer paso era hacerme el peinado característico de las aprendizas de geisha, el estilo llamado «durazno abierto», que ya he mencionado. En Gion, en aquel tiempo, había bastantes peluquerías; la de Mameha estaba en una sala terriblemente abarrotada encima de uno de esos restaurante típicos donde se come anguila. Tuve que esperar casi dos horas a que me tocara con otras seis u ocho geishas arrodilladas aquí y allí, incluso en el rellano de la escalera. Lamento decir que el olor a pelo sucio era abrumador. Los elaborados peinados que llevaban las geishas en aquel tiempo requerían tanto esfuerzo y resultaban tan caros que nadie iba a la peluquería más de una vez a la semana o así; al final de este tiempo, ni los perfumes ni nada remediaban el mal olor.
Cuando por fin llegó mi turno, lo primero que hizo el peluquero fue ponerme la cabeza sobre un gran barreño, en una posición que me hizo preguntarme si pensaba degollarme. Luego vertió sobre mi cabeza un cubo de agua tibia y empezó a frotarla con jabón. Frotar no es una palabra lo bastante fuerte, porque, en realidad, lo que aquel hombre hacía en mi cuero cabelludo con sus uñas se parecía más a lo que hace un labrador con la azada en el campo. Al recordarlo ahora, entiendo por qué. La caspa es un grave problema entre las geishas y pocas cosas hay menos atractivas y que hagan parecer más sucio el cabello. El peluquero tendría sus buenas razones, pero un rato después, sentía el cuero cabelludo en carne viva y casi lloraba de dolor. Finalmente me dijo:
– No te prives, llora si quieres. ¿Por qué te crees que te he puesto debajo una palangana?
Supongo que ésta era su forma de ser gracioso, porque después de decir esto soltó una sonora carcajada.
Cuando consideró que ya me había raspado lo suficiente el cuero cabelludo, me sentó en la estera a un lado y me desenredó el pelo con un peine de madera; terminé con los músculos del cuello doloridos de tantos tirones. Por fin le pareció que no quedaban nudos, y entonces me untó el pelo con aceite de camelia, lo que le dio un bonito brillo. Estaba empezando a pensar que había pasado lo peor, cuando veo que saca una barra de cera. Por mucho que se lubrique el pelo con aceite de camelia o que se utilice una plancha caliente para mantener la cera blanda, el pelo y la cera nunca se llevarán bien. Dice mucho de lo civilizados que somos los seres humanos el que una joven sea capaz de permitir sin apenas una queja que un tipo le embadurne el pelo con cera. Si intentáramos hacerle lo mismo a un perro, nos mordería hasta dejarnos como un colador.
Cuando tuve el cabello uniformemente encerado, el peluquero me retiró el flequillo y el resto me lo anudó en la coronilla formando una especie de acerico. Visto por detrás, este acerico tiene una raja, como si estuviera partido en dos, lo que le da al peinado el nombre de «durazno abierto».
Aunque llevé este peinado durante bastantes años, hasta que me lo explicó un hombre mucho tiempo después, nunca había visto en él algo que es totalmente obvio. El nudo -lo que yo he llamado acerico- se forma enrollando el pelo en un trozo de tela. Por detrás, donde se deshace el nudo, la tela se deja visible; puede ser de cualquier color o estampada, pero en el caso de una aprendiza de geisha -al menos a partir de un momento determinado- es siempre seda roja. Una noche un hombre me dijo:
– La mayoría de esas inocentes chicas no tienen ni idea de lo provocativo que es el peinado que llevan. Imagínate que vas andando detrás de una joven geisha, pensando en todas las picardías que te gustaría hacerle, y entonces ves en su cabeza esa forma de durazno abierto con una gran mancha roja en la raja… ¿Tú qué crees?
La verdad es que no pensaba nada en especial, y así se lo dije.
– No tienes imaginación -me contestó.
Un momento después, entendí lo que quería decir y me ruboricé tanto que él se rió al verme.
De camino de regreso a la okiya, no me importaba tener el cuero cabelludo estriado como si fuera un trozo de arcilla decorado por el alfarero. Al verme reflejada en los escaparates, me parecía que era alguien a quien había que tomarse en serio; ya no era una chica, sino una joven. Cuando llegué a la okiya, la Tía me hizo girar varias veces, examinándome detenidamente, y luego me dijo toda suerte de palabras amables. Ni siquiera Calabaza se pudo resistir y dio una vuelta a mi alrededor con gran admiración, aunque Hatsumono se habría enfadado si lo hubiera sabido. ¿Y cómo crees que reaccionó Mamita? Se puso de puntillas para ver mejor -lo que no le sirvió de mucho porque yo ya era bastante más alta que ella- y luego se lamentó de que no hubiera ido al peluquero de Hatsumono en lugar del de Mameha.
Puede que al principio todas las geishas jóvenes estén encantadas y presuman de su peinado, pero al cabo de tres o cuatro días llegarán a odiarlo. Porque si la joven quiere echar un sueñecito al llegar de la peluquería, ya no se podrá tumbar sobre la almohada como lo había hecho la noche anterior, pues se despertaría con todo el peinado aplastado y deformado y tendría que volver inmediatamente al peluquero. Por esta razón, después de ir a la peluquería por primera vez, la joven aprendiza de geisha ha de aprender una nueva forma de dormir. Ya no utilizará una almohada normal, sino un takamakura, que no es para nada una almohada, sino más bien una peana donde descansa la nuca. Muchas están almohadilladas con paja, pero aun así no se diferencia mucho de poner la cabeza en una piedra. Te acuestas en el futón, con el cabello suspendido en el aire, pensando que todo va sobre ruedas, hasta que te quedas dormida. Pero cuando te despiertas, te das cuenta de que te has movido sin querer y tienes la cabeza sobre el futón o la estera, y tu peinado está tan chafado como si no hubieras usado un takamakura. En mi caso, la Tía me ayudó a evitar esto poniéndome una bandeja con harina de arroz en la estera, debajo de la cabeza. Cada vez que dormida, sin querer, dejaba caer la cabeza de la peana, me rebozaba el pelo en harina, que se pegaba a la cera, estropeando así totalmente mi peinado. Ya había visto a Calabaza pasar por este suplicio. Ahora me tocaba a mí. Durante algún tiempo me desperté todas las mañanas con el peinado destrozado y tuve que hacer cola en el peluquero esperando mi turno para ser torturada.