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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Encontré un primer pozo, luego un segundo. Siempre los había imaginado como círculos de cemento. En realidad, eran rectangulares; grutas con ángulos rectos. ¿Cuál de ellos había sido la tumba de Manon? Seguí los conductos. El viento había cesado. Una expresión marinera vino a mi mente: calma blanca.

No sentía nada. Ni miedo ni repulsión. Solo la sensación de haber vuelto una página. En aquel lugar no vibraba ninguna resonancia, como suele suceder en ciertos escenarios del crimen donde todavía es posible imaginar el asesinato, sentir su onda expansiva. Me incliné encima de uno de los pozos. Intenté imaginar a Manon, con sus cabellos flotando sobre la superficie negra, con su anorak rosa hinchado por el agua. No vi nada. Miré el reloj: las dos y media. Hice algunas fotos -una formalidad-; luego di media vuelta y me orienté hacia la pendiente.

En ese momento, oí una risa.

Una imagen brota, fulgurante, cerca de un pozo. Unas manos sostienen el anorak rosa. La risa se vuelve carcajada. No es una visión fugaz. Es una revelación sorda, que obliga a entrecerrar los ojos, a prestar oído. Me concentro, acechando una nueva imagen. Nada. Estoy a punto de partir cuando, de pronto, un nuevo resplandor me atrapa. Unas manos empujan el anorak. Destello furtivo. Roce del acrílico sobre la piedra. Grito absorbido por el abismo.

Me caí en las zarzas. El lugar no se había librado de su horror. La huella del crimen estaba allí. No se trataba de un fenómeno paranormal; era la capacidad del imaginario para proyectarse en el círculo de una escena violenta, para descifrarla, aprehenderla a otro nivel de la conciencia.

Me levanté y traté de llamar nuevamente a aquellos fragmentos. Imposible. Cada intento los alejaba un poco más, exactamente como un sueño que al despertar no cesa de difuminarse a medida que uno busca en la memoria.

Di media vuelta entre ramas y espinas. El suelo parecía hundirse bajo mis pasos. Había llegado la hora de cruzar la frontera.

38

En el umbral, una peana anunciaba: ¡chucrut a veinte francos, cerveza a voluntad! Empujé las puertas estilo saloon de la Granja Zidder. El restaurante, íntegramente de madera, recordaba la cala de un navío. La misma penumbra, la misma humedad. Al hedor de cerveza se sumaban los efluvios de tabaco frío y de chucrut rancio. El salón estaba vacío. En las mesas todavía quedaban los restos de recientes comidas.

Los vecinos de Richard Moraz me habían informado que este último comía cada sábado en ese restaurante bávaro. Pero eran las tres y media. Llegaba demasiado tarde.

Sin embargo, solitario al final de la barra, un hombre enorme vestido con un mono a rayas finas leía el periódico. Una montaña de carne, con pliegues tectónicos. El artículo de Chopard hablaba de un «coloso de más de cien kilos». Tal vez mi relojero… Estaba inclinado sobre el periódico, bolígrafo en mano, gafas sobre la punta de la nariz y una jarra de cerveza enfrente. Llevaba un anillo de sello en casi todos los dedos. Me senté a algunos taburetes de distancia, mirándolo de reojo. Sus facciones eran duras y su mirada más dura aún. Pero aquel rostro, delimitado por una sotabarba, desprendía cierta nobleza. Mi convicción surgió con intensidad: Moraz. Estaba de acuerdo con Chopard. Al verlo, uno pensaba inmediatamente: «culpable».

Pedí un café. El hombretón, con los ojos fijos en el periódico, se dirigió al barman:

– Negro corto. Seis letras.

– ¿Café?

– Seis letras.

– ¿Expreso?

– Olvídalo.

El barman deslizó una taza en la barra y la dejó frente a mí. Dije:

– Pigmeo.

El obeso me lanzó una breve mirada por encima de sus gafas. Bajó de nuevo los párpados y luego declaró:

– Regulación interior. Diez letras.

El tipo de detrás de la barra aventuró:

– ¿Alfa-Romeo?

Yo soplé:

– Conciencia.

El hombre me observó atentamente. Sin quitarme los ojos de encima, prosiguió:

– Sin cultura. Siete letras.

– Eriales.

En mis primeros tiempos de guardia, había pasado horas haciendo crucigramas. Me sabía de memoria esas definiciones que jugaban con el sentido de las palabras. El hombretón esbozó una sonrisa maliciosa.

– Todo un campeón, ¿eh?

– Aguafiestas. Seis letras.

– ¿Cenizo?

Dejé mi identificación sobre la barra.

– Madero.

– ¿Se supone que es un chiste?

– Usted mismo. ¿Es usted Richard Moraz?

– Estamos en Suiza, colega. Puedes meterte tu identificación donde ya sabes.

Guardé el documento y le ofrecí mi mejor sonrisa.

– Lo tendré en cuenta. Entretanto, ¿qué tal algunas respuestas a ciertas preguntas, rápidamente y sin hacer mucho ruido?

Moraz apuró la cerveza; luego se quitó las gafas que guardó en el bolsillo del peto de su mono.

– ¿Qué quieres?

– Investigo el asesinato de Sylvie Simonis.

– Muy original.

– Creo que ese asesinato está relacionado con el de Manon.

– Todavía más original.

– De modo que estoy aquí para verlo a usted.

– Colega, eres un ejemplar realmente único.

El relojero se dirigió al camarero, que estaba sacando brillo a la cafetera.

– Ponme otra jarra. Oír gilipolleces me da sed.

Dejé pasar el insulto. Ya me había hecho una idea del personaje: lenguaraz, agresivo, pero más astuto de lo que su grosería hacía suponer.

– Catorce años más tarde, todavía tienen que joderme con eso -prosiguió con voz consternada-. Has leído la acusación, ¿no? Ni una sola línea se sostenía. La prueba definitiva era un juguete, una máquina para falsear la voz fabricada en el taller donde trabajaba mi mujer.

– Estoy al corriente.

– ¿Y no te da risa?

– Sí.

– Es más divertido aún si se sabe que yo estaba en pleno divorcio. Con mi parienta solo nos hablábamos por carta certificada. Para ser cómplices no está nada mal, ¿no crees?

Cogió la nueva jarra y se pulió la mitad de golpe. Cuando la dejó, un reguero de espuma empapaba su barba. Después de limpiarse con la manga concluyó:

– ¡Todo eso fue cosa de gabachos!

Observé una vez más sus manos, sobre todo sus anillos. Uno representaba una estrella incrustada en una voluta bizantina. Otro tenía espirales y arabescos. Y otro aún, tenía una concavidad circular cruzada por una varilla, como la argolla de un reo. Una voz me susurró una vez más: «culpable». Era la voz de Chopard con su teoría del treinta por ciento.

– Usted ya ha tenido problemas con la justicia.

– ¿Por corrupción de menores? Vamos, colega, soy yo el que debió poner la denuncia. ¡Por acoso sexual!

Bebió una vez más a la salud de su sentido del humor. Encendí un cigarrillo.

– También está la circunstancia de que no tiene usted coartada.

– Las cinco y media. ¿Qué se hace a esa hora? Se vuelve a casa. Con vosotros los maderos, habría que organizar siempre un cóctel a la hora del crimen. Así, un centenar de personas podrían servirles una coartada en bandeja.

Bebió un último trago y luego posó pesadamente la jarra.

– Cuanto más te miro -dijo- más convencido estoy de que no conoces mi expediente. No pareces estar en el ajo, colega. Dudo que tengas alguna autoridad en este caso, incluso en el lado francés.

– Usted tenía un móvil.

Se rió, socarrón. A fin de cuentas, la conversación parecía divertirlo. A menos que la cerveza estimulara su alegría de vivir.

– Eso es lo mejor de toda la historia. ¿Se supone que maté a una niña por celos profesionales? -Estiró su enorme mano-. Mira esta mano, tío. Es capaz de hacer milagros. Sylvie tenía manos de oro, es cierto. Pero yo también, puedes preguntárselo a los colegas. Además, he acabado consiguiendo mi promoción. Todo eso no son más que gilipolleces.

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