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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Me quedé inmóvil, empapándome de la atmósfera del sitio. A lo lejos ladró un perro. No sabía con exactitud en qué lugar de la casa me encontraba. El silencio, la oscuridad, me daban la sensación de haberme sumergido, repentinamente, en aguas heladas. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Delante de mí, un pasillo. A mi derecha, una escalera. A la izquierda, puertas cerradas.

Tomé el pasillo y llegué al salón. Una estancia diáfana, con la estructura del tejado a la vista. Bajo este había una pasarela que sin duda daba a los dormitorios. Ningún mueble, excepto unas estanterías metálicas y un gran tablero inclinado apoyado sobre caballetes, mirando al ventanal.

Relojes de péndulo, de arena y carillones estaban colocados sobre las estanterías. Me acerqué a los objetos. No era un experto, pero a simple vista podía establecer las distintas épocas: cuadrantes solares antiguos, relojes de arena medievales, relojes de pared con engranajes a la vista, círculos dorados sostenidos por angelotes, recorrían los períodos del Renacimiento, el clasicismo o el Siglo de las Luces. También había una vitrina que contenía relojes de bolsillo con diversos motivos y materiales: plata cincelada, cinc patinado, esmalte policromado… Ni un solo tictac, ningún repiqueteo acompasado.

Como por todas partes en Sartuis, el tiempo se había detenido.

Atravesé el espacio y me acerqué a la mesa de trabajo frente al ventanal. Los instrumentos de precisión seguían allí, en orden, como si Sylvie acabara de finalizar un ajuste. Sopletes, pinzas, puntas tan finas que parecían sacados de un estuche de microcirugía. Puse la mano sobre el respaldo de piel del taburete. Imaginé a Sylvie inclinada sobre los engranajes, triturando la trama del tiempo, mientras que el sol despuntaba.

Volví al pasillo y abrí la primera puerta. Un comedor decorado en estilo tradicional. Muebles macizos, mesa redonda cubierta con un mantel blanco, parquet encerado. ¿Quién pagaba el mantenimiento de la casa? ¿A quién le correspondían todos aquellos bienes? Me pregunté si Sylvie Simonis no tendría aún familiares lejanos. O si era su familia política deshonrada la que heredaría.

Accioné el interruptor. La luz se encendió. Tuve un reflejo y eché una mirada a los postigos cerrados; no había riesgo alguno de que me vieran desde fuera. Registré todos los muebles; fue inútil. Servicios de mesa, cubiertos, manteles, servilletas. Ni un solo objeto personal. Apagué y abandoné la habitación.

La segunda puerta daba a la cocina. La misma limpieza, la misma neutralidad. Azulejos resplandecientes, vajilla inmaculada. Los muebles altos de madera estaban llenos de utensilios de cocina, de electrodomésticos de última generación. Ni una foto en las paredes, ni una nota pegada en la puerta de la nevera. Parecía un piso amueblado, puesto en alquiler.

Volví sobre mis pasos y subí la escalera. Arriba, la pasarela daba a dos dormitorios completamente vacíos. El tercero era el de Sylvie; lo presentía. Muebles de la región del Jura, lustrosos y oscuros. En el suelo, un parquet desnudo, sin alfombra. En las paredes, solo el enlucido. En cuanto a la cama, una estructura de roble sin colchón ni edredón. Abrí los cajones, los armarios. Vacíos. Alguien había hecho un registro a fondo. ¿Los gendarmes? ¿Los herederos de la casa?

Una ojeada a mi reloj: las siete y veinte. Más de media hora dando vueltas sin ningún resultado. Al final de la pasarela, vi otra escalera, empinada y estrecha. Trepé hasta un granero que había sido restaurado, con el techo abuhardillado forrado con fibra de vidrio. Dos claraboyas horadaban la cubierta. No podía encender la luz pero alcanzaba a ver lo suficiente.

Ese debía de ser el despacho de Sylvie. En el suelo, una moqueta de color crudo. En las paredes, paneles de tela de color suave. El mobiliario se limitaba a un tablero colocado sobre dos caballetes, unos archivadores y un armario. Miré en las estanterías. Nada. Supuestamente, los muebles debían contener la contabilidad de Sylvie, sus papeles administrativos, pero los habían vaciado.

A pesar del frío, el calor de mi cuerpo no cesaba de aumentar. El abrigo pesaba, parecía de plomo; la camisa se me pegaba a la piel. Algo me retenía. Sentía que en la casa podía encontrar algo. Un escondrijo donde Sylvie guardara todo lo concerniente a la muerte de su hija.

Una idea.

Volví a bajar al salón y abrí cuidadosamente las vitrinas. Los relojes. Las peanas. Las cajas. Los rincones y cavidades donde se disimula un secreto. Manipulé los relojes de péndulo, los levanté, los sacudí, abrí sus entrañas. En el quinto, encontré un cajón encajado en la base. Lo abrí y no pude creer lo que veía: un casete. Pensé en los registros de las llamadas telefónicas del asesino. Cogí mi hallazgo y volví a colocar el reloj en su sitio. La primera pieza. Otros objetos debían contener otros indicios.

El cañón de un arma se clavó en mi nuca.

– No se mueva.

Me quedé quieto.

– Dese la vuelta lentamente y ponga las manos sobre la mesa.

Reconocí la voz. Stéphane Sarrazin.

– Creí que usted y yo habíamos llegado a un acuerdo.

Me giré treinta grados y apoyé las dos manos sobre la mesa de trabajo. El gendarme me registró rápidamente y encontró la automática al cachear mis bolsillos.

– Dese la vuelta. De cara a mí.

Sus cabellos negros se recortaban claramente sobre su frente. Sus ojos, muy juntos, formaban una cruz o un oscuro puñal con el tabique de la nariz. Parecía Diabolik, el héroe de una tira cómica italiana de los años sesenta. Ahora tenía una automática en cada mano.

– Allanamiento de morada. Destrucción de pruebas. Mal asunto, amigo.

– ¿Qué pruebas? -Yo tenía el casete escondido en la mano-. Usted ya lo limpió todo aquí.

– No importa. A la juez Magnan le encantará.

– ¿Por qué desconfía de mí? ¿Por qué rechaza mi ayuda?

– ¿Su ayuda?

– Está usted en un callejón sin salida. Hace catorce años, sus colegas no encontraron nada. Este año tampoco ha conseguido resultados. El caso Simonis es un enigma.

El gendarme meneó la cabeza con indulgencia. Llevaba el jersey azul reglamentario, con una raya blanca horizontal. Sus galones brillaban en la oscuridad.

– Le había dicho que desapareciera -dijo, enfundando su arma y colocando la mía en su cinturón.

– ¿Por qué no trabajamos en equipo?

– Tiene usted la cabeza muy dura. ¿Qué coño le importa el caso Simonis?

– Ya se lo dije. Es una investigación que interesaba a un amigo.

– Patrañas. Si su colega hubiera venido por aquí a investigar, yo lo habría sabido.

– Era algo más discreto que yo. Nadie parece haberlo visto.

El gendarme se volvió hacia el ventanal con las manos en la espalda.

Se estaba tranquilizando. Delante de él, Sartuis se hundía en las tinieblas.

– Durey, ahí está la puerta. Mañana por la mañana venga a la gendarmería a buscar el arma. Y luego lárguese. Si al mediodía todavía está en Sartuis, pondré a la juez sobre aviso.

Me dirigí hacia el pasillo caminando de lado, fingiendo una mezcla de rabia contenida y de docilidad. Abrí la puerta principal y una ráfaga violenta me golpeó la cara. Seguí la carretera hasta la rotonda sin atajar a través de los campos.

La noche era clara y despejada. Las estrellas titilaban en el cielo. Llegué al callejón donde tenía aparcado el coche. Eché una mirada hacia atrás, hacia la casa. Desde el umbral, Stéphane Sarrazin me observaba en posición marcial.

Subí al coche y sonreí levemente.

Seguía teniendo el casete en la mano.

41

La niña está prisionera,

en la casa de los pasos perdidos.

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