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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Pupilo del Estado, a la edad de doce años residió en un hogar de acogida de Nancy. Allí conoció a Sylvie, tres años menor que él. A pesar de la diferencia de carácter y de ambiciones, los dos adolescentes se convirtieron en inseparables y, sin duda, Cazeviel nunca olvidó su pasión adolescente. Cuando Sylvie obtuvo su beca y comenzó sus estudios de relojería, Cazeviel fue detenido por primera vez. Sus caminos se separaron. Sylvie se casó con Frédéric Simonis y luego dio a luz a una niña.

Así, el abominable asesinato quizá tiene su origen en una historia de amor. ¿Qué ocurrió el pasado otoño? ¿Sylvie Simonis y Patrick Cazeviel volvieron a verse? Quizá este último fue rechazado. Tal vez quiso vengarse destruyendo el fruto del matrimonio de Sylvie. ¿Fue él quien hostigaba a la familia con sus llamadas anónimas?

De momento, el juez y los gendarmes no han hecho ningún comentario; se han limitado a anunciar la detención de Cazeviel y a registrar su confesión. Pronto será recluido en la cárcel de Besançon. ¡En Sartuis, todos rezan para que llegue el final de esta pesadilla!

Cazeviel fue liberado dos meses más tarde. No se encontraron pruebas definitivas en su contra. En realidad, desde el primer momento había algo que sonaba falso. Chopard había esbozado una descripción del sospechoso: un hombre peligroso, solitario, marginal pero en modo alguno el asesino de Manon. Abandonado por sus padres al nacer y puesto bajo la tutela del Estado, en su primer centro de acogida en Metz fue bautizado con el nombre de Patrick; Cazeviel era el pueblo donde había sido hallado. En todos los centros sociales y las familias de acogida en los que había estado las expresiones que se repetían sobre él eran: inestable, indisciplinado, violento. Pero también vivo, brillante, voluntarioso. Fue por ello por lo que pudo acceder al centro de acogida de Nancy, que ofrecía un buen nivel académico; el centro donde conoció a Sylvie.

A continuación, su lado oscuro se impuso. Robos, violencia, detenciones… Nunca perdió de vista a Sylvie, a pesar de sus períodos en chirona y de su nomadismo laboraclass="underline" se le veía trabajar de leñador, de fontanero o de feriante. Los dos huérfanos estaban unidos por un pacto, una solidaridad entre niños perdidos.

A la muerte de Frédéric Simonis en 1986, ¿Cazeviel había probado suerte? Un rechazo podría explicar la rabia del hombre, y su crimen. Pero yo no lo creía así. Pensaba incluso que el maleante había ofrecido su protección a Sylvie, sin alejarse nunca de Sartuis. El asesinato de Manon debió de provocarle ciertos remordimientos: no había sabido defender a «su viuda y a su huérfana». En consecuencia, ¿por qué confesar el asesinato?

En las semanas siguientes, los gendarmes chocaron contra un muro. El registro de su domicilio no dio ningún resultado. Las pruebas de voz deformada tampoco. La reconstrucción del crimen, en febrero, terminó siendo un fiasco. En marzo, el ladrón, siguiendo los consejos de su abogado, se retractó y declaró que su confesión había sido falsa; consecuencia de la presión de los gendarmes.

Como represalia contra estos últimos, el juez Witt confió la investigación al SRPJ de Besançon. Los policías hicieron exactamente lo contrario que los gendarmes. En mayo de 1989, el comisario Philippe Setton había organizado una conferencia de prensa, violando de paso la famosa censura, para anunciar que de ahí en adelante, la investigación se centraría en… un accidente. Clamor de protesta en la sala; ¿un accidente, con esa tapa metálica arrancada? ¿Con el autor de llamadas anónimas en las que revelaba que el cuerpo de Manon estaba en un pozo? Setton no dio su brazo a torcer. Según ciertos indicios, afirmó, se podía suponer que se trataba de un juego entre niños. Un juego que habría salido mal.

La hipótesis resolvía dos enigmas: la aparente docilidad de Manon aceptando dirigirse hacia la depuradora y la ausencia de huellas sobre la tierra escarchada, amén del frágil peso de los protagonistas: unos niños. Pero sobre todo, esta pista abría un nuevo abanico de sospechosos en los que nadie había pensado: los chavales presentes aquella tarde en el área de juegos del barrio.

Los maderos se centraron en Thomas Longhini, de trece años, un muchacho mayor que Manon, que era su «mejor amigo». Todas las noches el adolescente se encontraba con ella al pie del edificio de Corolles. ¿Y aquella noche?

Tras interrogarlo una primera vez el 20 de mayo de 1989 en el ayuntamiento de Sartuis, Thomas fue liberado. Luego fue convocado una segunda vez a principios de junio por el SRPJ de Besançon, antes de ser interrogado por el juez de Witt y por un juez de menores en el Tribunal de Segunda Instancia. Se llevó a cabo una detención preventiva, bajo las drásticas condiciones previstas para el caso de un menor.

Se abandonó la versión oficial. Thomas Longhini era sospechoso de homicidio involuntario. Había cometido la imprudencia de ir a jugar con Manon en la planta depuradora. La niña se había caído por accidente. Philippe Setton declaró todo esto a los medios de comunicación. Como conclusión, se vio obligado a admitir que el adolescente no había confesado. «Todavía no», repitió, sosteniendo la mirada de los periodistas.

Dos días más tarde, Thomas Longhini era liberado y los policías abucheados por sus métodos y su precipitación. Los mismos gendarmes habían tomado partido por el adolescente. Señalaban el absurdo razonamiento policial e insistían en las amenazas telefónicas. Si Manon Simonis había muerto a causa de un accidente, ¿quién había reivindicado el asesinato antes de que se hiciera público? ¿Quién amenazaba a Sylvie Simonis desde hacía meses?

La pista Longhini fue el último acto del expediente. En septiembre de 1989, Jean-Claude Chopard dejó de escribir sobre el caso. Para todos, el caso Manon Simonis estaba archivado… y sin cerrar.

Me froté los párpados doloridos. No estaba seguro de haberme enterado de gran cosa. Y seguía faltándome la pieza esencial. Ni la sombra de una relación entre ese suceso lúgubre y el asesinato de Sylvie Simonis, cometido catorce años más tarde.

Sin embargo, tenía la confusa sensación de que algo se me había «escapado» durante la lectura. Un mensaje subliminal que no había sabido leer. Los investigadores, gendarmes o maderos, todos los que habían tenido relación con ese asesinato, debían de sentir el mismo malestar. La verdad estaba ahí, ante nuestros ojos. Había una lógica, una estructura subyacente detrás de ese caso, y nadie había tomado la distancia necesaria para descifrarla.

Una voz resonó en la escalera, proveniente de la planta baja.

– No te duermas sobre mis obras completas. ¡Aperitivo!

36

Chopard me esperaba en la terraza frente a una barbacoa humeante; unas magníficas truchas rosadas crepitaban sobre las brasas. Me acordé de los cestos vacíos. El veterano soltó una carcajada, como si pudiera ver mi expresión a sus espaldas.

– Acabo de comprarlas en el restaurante de al lado. Es lo que hago siempre.

Me señaló una mesa de plástico rodeada de sillas de jardín. La mesa estaba puesta: mantel de papel, platos de cartón, vasos y cubiertos de plástico. Me sentí aliviado por semejante servicio. No había riesgo de chirridos metálicos.

– Sírvete. Las municiones están a la sombra, debajo de la mesa.

Encontré una botella de Ricard y otra de chablis. Opté por el blanco y encendí un Camel.

– Siéntate. Estará listo en un momento.

Me acomodé. El sol cubría cada objeto con una fina película de calor. Cerré los ojos y traté de poner mis ideas en orden. Las palabras que acababa de leer flotaban en mi mente.

– Y bien, ¿qué opinas?

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