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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Con su historial, era más bien arriesgado, ¿no cree?

– Yo vivo con el riesgo.

El hombre se parecía al protector que había imaginado. Un ángel guardián, pero inquietante, amenazador. Volví sobre un detalle que me preocupaba.

– En 1986, usted salió de la prisión.

– Consta en mis antecedentes.

– Sylvie estaba casada, era madre de familia, una relojera brillante. ¿Tenía contacto con ella?

– No.

– ¿Cómo la encontró? Ella ya no usaba su apellido de soltera.

Me miró con curiosidad. De modo que el enemigo era más peligroso de lo que parecía, pero era evidente que ese descubrimiento le traía sin cuidado. Sonrió.

– ¿La oferta del pitillo sigue en pie?

Le ofrecí un Camel. De paso, cogí uno para mí.

– Te confiaré algo. Algo que nunca le he dicho a nadie.

– ¿A qué debo tal honor?

– No sé. Quizá porque pareces tan zumbado como yo. Después de salir de chirona, me instalé en Nancy con unos colegas. Nos dedicábamos a atracar en Suiza. Cada noche, pasábamos la frontera sigilosamente. Del otro lado nos esperaba un coche. Robábamos en Neuchâtel, Lausana; a veces hasta en Ginebra.

Pasé al tuteo.

– No olvides que soy un madero.

– Ya ha prescrito, chaval. En resumen, nos dimos cuenta de que también podíamos hacer el agosto en este lado de la frontera, en algunas casas de tipos importantes. Sartuis, Morteau, Pontarlier… Una noche, robamos en un taller extraño, lleno de preciosos relojes. Entonces vi las fotos. Las fotos de Sylvie y su hija. ¡Joder! ¡Estaba en su casa! El amor de mi juventud se había casado y tenía una niña.

Dio una calada al cigarrillo, para digerir una vez más su sorpresa y su amargura.

– Dije a los demás que volvieran a ponerlo todo en su sitio. Hubo un poco de alboroto, pero se calmaron. Después de eso, volví a establecer contacto con Sylvie.

– Ya había enviudado, ¿verdad?

Sopló sobre el extremo incandescente de su cigarrillo, que pasó al rojo vivo.

– Es verdad que me hice ilusiones. Pero nuestros caminos ya no podían volver a cruzarse.

– Como cristiana, ¿ella te sermoneaba?

– No era de esas. Y tampoco era lo bastante ingenua como para pensar que con las monsergas del cura yo tomaría el buen camino. Enterrarme en un aserradero por un salario miserable.

– Sin embargo, eso es lo que hiciste.

– Sí, a veces. Son mis épocas tranquilas.

– ¿Como ahora?

– Ahora es diferente.

– ¿Qué es diferente?

Cazeviel bebió un buen sorbo de café sin contestar.

– Cuando murió Manon, ¿cómo reaccionaste?

– Cólera. Rabia.

– ¿Te había hablado de las llamadas anónimas?

– No. No me había dicho nada. Si no… la hubiera protegido. No le habría pasado nada.

– Que confesaras el asesinato a los gendarmes no fue muy respetuoso con su duelo.

Me lanzó una mirada asesina. Su torso se tensó, sus tatuajes cobraron vida. Por un instante, creí que me iba a saltar al cuello, pero concluyó con voz serena:

– Tío, era un problema entre la pasma y yo, ¿te enteras?

No insistí.

– ¿Sylvie tenía sospechas sobre la identidad del verdadero asesino?

– Nunca quiso decirme nada. De lo único que estoy seguro es de que ella no creía para nada en la investigación de los gendarmes, con sus miserables pistas y sus móviles de mierda.

– Y tú, ¿qué opinas?

Miró una vez más el lago, fumando el pitillo hasta el final.

– Para acusar, hacen falta pruebas. Nadie supo nunca quién mató a Manon. Quizá un chiflado que golpeó al azar. O un tío que odiaba a Sylvie y a su hija, por alguna razón desconocida. Lo que está claro es que ese cabrón anda suelto.

– ¿Para ti es el mismo hombre que el que la atacó catorce años más tarde?

– Seguro.

– ¿Sospechas de alguien?

– Te digo que las sospechas me la traen floja.

– ¿Nunca investigaste por tu cuenta?

– No he dicho mi última palabra.

Me puse de pie y sacudí el polvo de mi abrigo. Él me imitó; arrojó el termo y las tazas entre las lechugas de la carretilla.

– Adiós, poli. Cada uno, su camino. Pero si averiguas algo, me interesará saberlo.

– ¿Y recíprocamente?

Aceptó sin decir palabra y empuñó la carretilla. Miré cómo se alejaba y me di cuenta de que no había visto lo mejor: en su espalda, un diablo magnífico, con los cuernos retorcidos y una cara de carnero, abría sus alas de murciélago.

Pensé en esa curiosa historia de amor y amistad entre un hombre inculto y una relojera superdotada. Un buen drama, con personajes cautivadores.

Solo había un problema: todo era falso.

Estaba seguro: Patrick Cazeviel me había mentido como un bellaco.

40

Volví a la carretera pensando en el tercer hombre: Thomas Longhini, el crío desaparecido. Debía encontrarlo, urgentemente. Llamé al buzón de voz. No había mensajes de Foucault.

Más abajo, la luz del crepúsculo iluminaba el valle de Sartuis y sus barrios abigarrados. Observé un grupo de residencias con tonalidades más sobrias. Casas tradicionales rodeadas de jardines. Los ventanales estaban hundidos en la sombra pero en el tejado opuesto, los postigos todavía brillaban. Esas viviendas estaban todas orientadas hacia el este. Eso me recordó un detalle que había leído en mi guía.

En otra época, los talleres de relojería siempre miraban hacia el este, a fin de aprovechar el sol el máximo tiempo posible. Los artesanos de Haut-Doubs, que también eran agricultores, empezaban a trabajar desde el alba, antes de ir a labrar los campos. Este pensamiento me llevó a otro: la Casa de los Relojes de Sylvie debía de encontrarse en ese barrio. Comprobé mis notas. Chopard me había escrito la dirección: «42, rue des Chênes».

Merecía la pena desviarse.

Las obras de renovación se ocupaban de los muros de piñón cortado, los revestimientos de madera, los entramados de las fachadas. Los jardines de entrada estaban floreciendo, los coches aparcados en el borde de las aceras o en aparcamientos descubiertos eran todos de marca alemana: Audi, Mercedes, BMW. No hacía falta ser un perspicaz sabueso para adivinar que en ese barrio residencial vivían la flor y nata de las fábricas de micromecánica o de juguetes, que habían reemplazado en esos valles la actividad relojera.

Encontré la rue des Chênes, que subía por una colina. Las farolas se espaciaban, las residencias quedaban escondidas en los grandes jardines que las rodeaban. Puse primera y subí la cuesta en la oscuridad.

La Casa de los Relojes era la última, retirada de la carretera. Un bloque macizo en el que los faldones del tejado, que descendían hasta muy abajo, formaban una pirámide de sombra. El primer piso estaba revestido de madera mientras que la planta baja tenía un revoque blanco. Esperaba encontrarme con un castillo recargado, un portal negro, torres con lúgubres gemidos. Sin embargo, la casa parecía más bien una importante granja del lugar, que tenía un garaje sobre la derecha, debajo de la cuesta.

Pasé por delante sin reducir la velocidad, subí hasta una rotonda, entré en una calle sin salida y frené en seco bajo los árboles. Apagué los faros y aparqué. Nadie a la vista. Caminé hacia mi objetivo a través de los campos, alejándome de las farolas.

Llegué a la fachada posterior. No había puerta en ese lado. Probé con los postigos cerrados. Uno de ellos tenía juego. Deslicé mi mano en el resquicio, encontré el pestillo y abrí un panel. Descubrí una ventana abatible. Suavemente, traté de introducir los dedos. No lo logré. En el interior, la manilla cerraba sólidamente el marco.

Opté por aprovechar los medios disponibles. Recogí una piedra, la envolví en mi abrigo y di un golpe seco al cristal. El vidrio estalló. Deslicé mi brazo por el hueco y giré la manilla. Unos segundos más tarde estaba dentro de la casa. Volví a cerrar los postigos y la ventana y deposité en el suelo los restos de cristal que había recogido en el exterior. A menos que tuviera muy mala suerte, la rotura no se detectaría hasta pasadas varias semanas.

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