Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Habría podido usted llamar a Sylvie durante meses solo para hacerle daño.
– No sabes nada del asunto. Si te hubieras informado mejor sabrías que la tarde del crimen, el asesino fue hasta el hospital para llamar a Sylvie. Para refregarle su crimen brutalmente desde una cabina, a unos metros de su habitación.
Ignoraba ese detalle. El mamut continuó:
– Utilizó la cabina telefónica del vestíbulo del hospital. ¿Me imaginas a mí, con esta barriga, embutiéndome en una cabina? -Se golpeó el vientre-. ¡Aquí tienes mi coartada!
– Tal vez eran varios, un equipo.
El relojero saltó de su asiento. Cayó pesadamente sobre sus piernas y se plantó frente a mí. Era más bajo que yo pero debía de pesar ciento cincuenta kilos.
– Ahora lárgate de aquí. Este es mi país. No tienes ningún derecho. Aparte del derecho a que te haga una cara nueva.
– Manitas de oro, ¿no?
Le inmovilicé el brazo derecho sobre la barra y aplasté mi Camel sobre uno de sus anillos. Intentó levantar el puño en un acto reflejo pero seguí sujetándolo.
– Me llamo Mathieu Durey -dije-. Brigada Criminal de París. Infórmate. Se podría empapelar esta habitación con mis actas de detenciones. Y quizá es porque no respeto mucho las normas.
El hombre jadeaba como un caniche.
– Tengo la sensación de que estás metido en este lío, hombretón. Hasta el cuello. No sé todavía cómo ni por qué, pero puedes estar seguro de que no me largaré de aquí hasta que no haya encontrado las respuestas que busco. Y ni tus abogados ni tu frontera de mierda te protegerán.
Su rostro transpiraba odio por todos los poros. Dejé su brazo, cogí mi taza y la vacié de un trago.
– Fundido en negro. Once letras.
– ¿Ennegrecido?
– Carbonizado. Hasta pronto, «colega».
39
Mi primera escapada suiza me dejó un mal sabor de boca. Pasé la aduana y tomé hacia el nordeste, en dirección a Morteau. A medida que me acercaba a la ciudad, los letreros en forma de salchichas me daban la bienvenida. Encantador. Entré en la ciudad, hundida en un valle estrecho. Los tejados marrones se multiplicaban, color opio o, para estar a tono, color morcilla.
Patrick Cazeviel trabajaba en un centro al aire libre cerca de Gaudichot, al sur de Morteau. Consulté el mapa y tomé una departamental. Rápidamente, una señalización indicó la dirección del centro recreativo; también enumeraba las posibles actividades: kayak, ciclismo de montaña, etcétera.
Me costaba imaginar a Cazeviel en ese lugar. Después de la tragedia de Manon había sido sospechoso de diversos atracos. No veía a semejante zorro en el pellejo de un animador. Eso no era una reinserción, sino una redención milagrosa.
Seguí el camino de tierra y llegué a un gran edificio en ángulo recto, construido con troncos negros, con reminiscencias de los ranchos de los primeros colonos estadounidenses aislados en bosques vírgenes. Tan pronto como puse un pie en el suelo, me recibieron ruidos infantiles. Era sábado; el centro debía de estar a rebosar.
Giré el pomo de la puerta y entré en el refectorio. Había decenas de abrigos colgados. Un ventanal daba a una pendiente de hierba cortada al ras, que descendía hasta el lago. Una cuarentena de niños corría, se agitaba, gritaba, como si una particular embriaguez subiera desde el césped. Encontré otra puerta y salí afuera.
En el aire había un perfume de goce, de alegría irresistible. El lago gris, los árboles verdes, el olor a hierba fresca, esos gritos que se elevaban clamorosos. Ese patio de recreo sin límite, resplandeciente en el aire frío, despertaba en mí una parte olvidada, que había huido. No era un recuerdo de la infancia sino esa promesa de felicidad que uno siempre lleva consigo sin poder formularla jamás, sin poder ni siquiera concebirla. Una apetencia irracional de paraíso, sin justificación concreta.
Una voz interrumpió mi ensueño.
Un animador quería saber qué hacía allí.
Pretendí ser un amigo de Cazeviel. Me indicó la arboleda que enmarcaba el lago. Corté a través del césped sorteando un partido de fútbol, esquivando el balón prisionero, y descubrí un sendero que serpenteaba entre los pinos.
En el linde del bosque, un huerto extendía sus eras negras y simétricas. Un hombre en cuclillas estaba atareado junto a una carretilla. Caminé hacia él entre las lechugas y las tomateras.
– ¿Patrick Cazeviel?
El hombre alzó la cabeza. Torso desnudo, estaba de rodillas con las dos manos en la tierra. Tenía la cabeza rapada, facciones bien proporcionadas, pero había en él algo inquietante. Esa hermosa cara tenía también una parte de Freddy Krueger, el asesino de cuchillos de acero que destripaba a los adolescentes mientras dormían.
– ¿Patrick Cazeviel?
Se puso de pie, sin decir palabra. Lo que había tomado por una ilusión óptica, la sombra del follaje sobre su piel, era real. Impresionantemente real. El hombre tenía el torso enteramente tatuado. Dibujos febriles, entrelazados, cubrían su pecho y sus brazos. Dos dragones orientales trepaban sobre sus hombros, un águila desplegaba sus alas sobre sus pectorales, una serpiente azul oscuro se enroscaba alrededor de sus abdominales. Parecía una criatura cubierta de escamas.
– Soy yo -dijo, tirando una lechuga a la carretilla-. ¿Quién es usted?
– Me llamo Mathieu Durey.
– ¿Es de Besançon?
– París. Brigada Criminal.
Me inspeccionó de arriba abajo, con descaro. Pensé en mi aspecto. El abrigo flotando, el traje arrugado, la corbata torcida. Éramos tan característicos el uno como el otro: el madero y el ex convicto. Dos caricaturas en el viento de la tarde. Cazeviel esbozó una sonrisa.
– Sylvie Simonis, ¿verdad?
– Como siempre. Y su hija, Manon.
– Estamos un poco lejos de su jurisdicción, ¿no?
Sonreí a mi vez y le ofrecí un cigarrillo. Lo rechazó con un gesto de la cabeza.
– Lo que le propongo -dije encendiendo el mío- es una conversación amistosa.
– No estoy seguro de querer tener amigos como usted.
– Solo unas preguntas. Luego yo vuelvo a mi coche y usted a sus lechugas.
Cazeviel escrutó el lago que se extendía a mi izquierda. Plata gris y azul cielo. Se quitó los grandes guantes de lona y golpeó el uno contra el otro.
– ¿Un café?
– Será un placer.
Se dejó caer sobre un montón de tierra y tendió el brazo detrás de la carretilla. Cogió un termo y un vaso de plástico. Desenroscó el capuchón de la botella y le dio la vuelta para tener así una segunda taza. Echó el café con cuidado. Veía esos músculos moviéndose bajo los tatuajes. Tenía cuarenta y cinco años -lo sabía por los artículos-, pero su cuerpo parecía de treinta.
Cogí la taza que me tendía y me senté sobre un montón de arcilla. Hubo un silencio. Cazeviel parecía insensible al frío. Pensé en el chico huérfano que había hecho una promesa a Sylvie Simonis.
– ¿Qué quiere saber?
– Lo mismo que todo el mundo.
– Tío, es agua pasada. Hace tiempo que no me joden con eso.
– No tardaré mucho.
– Dime.
– ¿Qué lo impulsó a confesar el asesinato de Manon?
– Los gendarmes.
Bebí un sorbo de café; estaba templado, pero bueno. Adopté un tono irónico.
– ¿Lo sacudieron ellos y se derrumbó?
– Eso mismo.
– En serio. ¿Qué le pasó?
– Quería joderlos. Para ellos, yo era forzosamente el culpable. Qué cojones les importaba que Sylvie fuera para mí como una hermana. Para esos gilipollas, solo contaban mis antecedentes. Entonces, les dije: «Vale, tíos, metedme en chirona». -Cruzó sus dos puños, como esperando las esposas-. Quería llevarlos hasta el final de su lógica de mierda.
Cazeviel hablaba con una lentitud, una indolencia inquietantes; una ductilidad que hacía pensar en los reptiles pintados en su piel.