El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Fue emocionante descubrir sus relaciones. En el reducido tiro había amistades, rencores, amoríos y odios. Ayudada por los pequeños inuits y dejándome llevar por mi instinto, fui descodificando sus gestos y sus ladridos y conseguí casi comprender sus estados de ánimo. Los pequeños inuits, además, me deleitaron con un montón de historias. Me gustó especialmente la leyenda de una osa blanca que, tras salvar a un bebé de la muerte, lo amamantó junto con su cría y lo protegió con su calor.
La noche antes de nuestra partida nos sorprendieron con una fiesta. Nos reunimos con todos los habitantes del poblado y se sumaron algunos cazadores en ruta de regreso hacia el sur. Venían cargados de su travesía veraniega y traían los trineos repletos de pieles. Era natural que no todos se conociesen y que yo, con tanta gente, no me fijase en los extraños. Por ello no reparé en la mujer de los ojos blancos, la inuit ciega que llegó en un trineo con su marido y su hija. Fue una fiesta entrañable que, lamentablemente, finalizó de una forma triste.
Estábamos bebiendo y riendo cuando vimos caer a la mujer al suelo retorciéndose y echando espuma por la boca. Estaba aquejada de convulsiones, como si sufriese epilepsia. A pesar de haber visto trances parecidos, me impresionó. Gunnar se acercó para ayudarla, pero lo retuvieron. Poco a poco las convulsiones fueron espaciándose hasta desaparecer. Luego la mujer, tendida todavía en el suelo, levantó sus ojos ciegos a la noche estrellada y musitó unas palabras que sólo yo pude entender.
– Veo la blancura de las nieves engulléndola.
Hablaba la lengua antigua de las Omar. Era una Omar del clan de la foca que me había pasado inadvertida hasta que fue presa de la clarividencia, un estado que vincula el presente con el futuro sin necesidad de realizar sacrificios ni ayudarse de brebajes ni pociones.
Todos los presentes hicieron corro a su alrededor. Esperaban que la vidente eligiera a uno de ellos para augurar su futuro. Excepto yo, que intenté escabullirme porque sabía que la Omar iría a por mí. Y efectivamente, así fue. Tanteando la oscuridad de su ceguera y orientándose por algo parecido al olfato, se puso en pie y fue directa hasta donde yo me encontraba. Una vez delante de mí hizo algo insólito, inesperado. No intentó aprisionarme ni retenerme, no me amenazó, no me recordó que debía declarar en el juicio por la muerte de Meritxell.
La Omar vidente se arrodilló a mis pies, reverenciándome, y con la cabeza inclinada sobre mis pies alzó sus manos temblorosas y acarició mi vientre. Por suerte nadie la entendía y creían que farfullaba incoherencias.
– ¡Oh, Selene, joven incauta que llevas en tu vientre el fruto de la elegida del cabello de fuego!
Me quedé muda. Aquella vidente Omar estaba vaticinando que mi bebé era la elegida de la profecía. Me acometió un sudor frío y un temblor. Sabía mi nombre, mi estado, se había dirigido a mí y tenía la facultad de VER. ¿Era cierto lo que decía? ¿Yo era la madre de la elegida? ¿Mi hija sería la Omar del cabello de fuego que pondría fin a la guerra de las brujas? No podía ser. Mi destino era otro. Ése era el destino de Meritxell, no el mío.
– Las damas te persiguen por su causa. La dama oscura desea robar tu cuerpo; la dama blanca robará tu alma.
Intenté descodificar la visión. La dama oscura era Baalat, que deseaba robar mi cuerpo. Así pues… Baalat no había intentado matarme, había intentado poseer mi cuerpo para concebir a la elegida y ser su madre. Entonces comprendí el porqué de esa lenta agonía en la que poco a poco Baalat iba penetrando en mí a través de mi sangre. Y de ahí el rechazo de las yeguas Omar al detectar sangre Odish en mis venas.
La revelación fue espantosa. Baalat pretendía hacer conmigo lo que hizo con Lola, tomar mi cuerpo y confundirlos a todos. Arrebatarme mi vida usurpando mi carné, mi piel y mi apariencia. Hablando con mi voz, caminando con mis piernas, besando a Gunnar con mis labios y amamantando a mi hija con mi leche. Y ahora sabía por qué. El motivo era claro… Baalat juró concebir a la elegida.
Mis piernas temblaron e instintivamente me llevé la mano al vientre, para proteger a mi niña, tan pequeña y tan codiciada. Mi hija no nata, y no yo, era el objeto del deseo de Baalat.
Fui comprendiendo más cosas. Todo empezaba a encajar en ese puzle que había sido mi vida durante los últimos meses.
Meritxell, según las profecías, estaba destinada a convertirse en la madre de la elegida. Baalat me utilizó a mí, con mi disfraz y mi provocación, para acumular la energía necesaria para su regreso. La carnicería de la noche de Imbolc y la fuerza que consiguió con la sangre de sus víctimas no fue gratuita; usurpó el pequeño cuerpo de Lola y vampirizó a la dulce Meritxell, la futura madre de la profecía. Baalat perseguía un objetivo: encarnarse en el cuerpo de Meritxell y concebir a la elegida. Y así lo hizo. Fue poseyéndola poco a poco, bebiendo su sangre e inoculando su veneno, fue penetrando en sus células y apropiándose de su cuerpo. Hasta que… Meritxell, en un instante de lucidez, acabó con Baalat clavándose ella misma mi atame. Y al morir Meritxell, yo fui marcada por el destino y Baalat vino tras de mí. Baalat quería quedarse con mi niña, la elegida, modelarla a su gusto y así conseguir el poder del cetro y la vida eterna.
Comprendía muchas cosas. Empezaba a comprender demasiadas cosas. La reaparición de Baalat tras su largo silencio. La muerte de Meritxell. Mi persecución. Pero ¿quién era la dama blanca? ¿La dama de hielo quizá?
– Teme la blancura de sus manos y el hielo de su corazón o serás devorada por ella.
La vidente ciega continuaba hablando de mi futuro, aunque yo apenas podía retener sus advertencias. La revelación que me había sido dada era excesiva.
– ¡Oh, Selene, que descenderás a las profundidades por el camino sin regreso de los muertos!
Me estremecí. El Camino de Om era una leyenda y ninguna Omar lo había recorrido. ¿Tendría que hacerlo?
– ¡Oh, Selene, no dudes en manchar de sangre tu mano para proteger a tu cachorro de loba!
Me horroricé.
– ¡Oh, Selene, permite que la gran reina de las nieves la amamante y le dé la fuerza de los árticos!
Traté de retener sus auspicios, temía olvidarlos, porque no los entendía. ¿A quién se refería? ¿Quién amamantaría a mi hija?
De pronto la vidente, con sus pupilas translúcidas fijas en el firmamento, lanzó un grito desgarrador. Había visto algo, estaba viendo algo terrible.
– ¡Oh, Selene, detente, no continúes! Aún estás a tiempo, Selene, de regresar a la manada. ¡Aún estás a tiempo de renunciar a tu destino!
Me abrazó y me retuvo histéricamente hasta que Gunnar intervino y apartó a la mujer de mí. La foca ciega se dirigió a Gunnar.
– Tu amor no será suficiente para evitar su dolor…
Di un paso atrás, instintivamente, y me abracé a Gunnar, el padre de mi hija, de la elegida de la profecía si la vidente estaba en lo cierto. ¿Por qué las Omar intentaban apartarme del amor? ¿Por qué no podía ser feliz junto a Gunnar?
De pronto, la mujer puso en mi mano un cuchillo curvo, un ulú. Me obligó a tomarlo por la empuñadura y, ayudándome a levantarlo en el aire, acompañó mi mano para mostrarme su uso.
– La dama de hielo procura su presa, pero no espera el arma.