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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Rauda, saqué mi vara y formulé el conjuro para compactar el hielo. Pude detener la caída, pero sabía que por poco tiempo. No podía mantener durante demasiado rato la ilusión de la materia. Era un conjuro difícil, como los que retan al tiempo y al espacio, y delicado para usarlo por esnobismo, pero fundamental en un caso de vida o muerte como era el que en aquel momento me ocupaba.

Gunnar y yo, los dos a la vez, saltamos del trineo y con todas nuestras fuerzas y las del resto de los perros tiramos de los arneses hasta conseguir sacar a nuestros tres cabecillas del agua.

Es increíble la resistencia de esas bestias que, ateridas y chorreantes, no dudaron en continuar liderando la marcha hasta salir, esta vez sí por la derecha, del lago traicionero.

La lucha contra los elementos y el miedo me impidieron advertir lo que me sucedía. Me di cuenta al cabo de un rato cuando, ya a salvo, quise bajar del trineo: me caí de bruces y reparé en que tenía un pie congelado. Se me había mojado la bota completamente y el agua se había convertido en hielo. Carecía de tacto, de sensibilidad, mi pie estaba muerto y ni siquiera podía sacarme la bota. Gunnar la rajó con un cuchillo y me pegué un buen susto. El pie estaba blanco, sin sangre, y en las puntas arrugadas de los dedos las tonalidades azulonas no presagiaban nada bueno. Gunnar lo cubrió con pieles, encendió el hornillo, me hizo masajes para retornar la circulación, puso agua a hervir y me obligó a sumergirlo en una solución salina que me hizo ver las estrellas. Lloré de rabia, pero recuperé mi pie.

Y entonces Gunnar reaccionó de una forma sorprendente. Se cogió la cabeza con ambas manos y se echó a llorar. Nunca lo había visto llorar así. Ver llorar a un hombre como Gunnar era algo tan extraño que me puso la piel de gallina.

– Gunnar, Gunnar, cálmate -fue lo único que atiné a decirle.

Él me abrazó y me besó con las mejillas cubiertas de lágrimas.

– ¡Perdóname, Selene, perdóname!

Su reacción tan desesperada por ese incidente me dejó sin palabras.

– Ya está, ya pasó.

– He sido un irresponsable. Te he puesto en peligro a ti y a la niña. Si os llega a pasar algo, no me lo hubiese perdonado nunca.

– No ha pasado nada -insistí.

Pero yo también sabía que algo estaba pasando y que la confianza en que habíamos basado nuestro amor era tan frágil como el hielo que se resquebrajó a nuestro paso. ¿Se podía amar con una muerte a nuestras espaldas? ¿Con una traición? ¿Se podía amar con mentiras de por medio? ¿Con secretos? ¿Con silencios? Gunnar se estaba alejando de mí y yo lo iba perdiendo a él a la vez que mi alegría; y en lugar del amor surgía el miedo. Ese miedo difuso se instaló en mi vida y llegó con una nueva cara desconocida para mí hasta ese momento. La tristeza.

Día a día el sol iba perdiendo fuerza y la noche iba ganando el pulso.

Día a día notaba cómo mis pechos y mi vientre crecían y me sentía extraña porque había algo vivo en mi interior que se movía como un yoyó juguetón produciéndome unas extrañas cosquillas.

Día a día me iba haciendo mayor y eso provocaba que estuviese más asustada que el día anterior por todo lo que se avecinaba y que no había previsto.

Día a día me iba alejando de mi madre y las Omar y notaba cómo el lazo que me había unido a ellas era más y más quebradizo.

Día a día iba sintiendo el frío agudo como la hoja afilada de un cuchillo penetrando en mi ánimo y helándome las ilusiones.

Día a día fui descubriendo que la determinación de Gunnar en continuar adelante con el viaje poco o nada tenía que ver con el deseo de complacerme.

Y yo, que había comenzado sin tener ni idea de lo que podía significar la noche polar ni el frío ártico, empezaba a sufrir sus efectos devastadores. El invierno se iba manifestando sin tapujos y las tormentas y ventiscas, cada vez más frecuentes, me avisaban de que lo peor aún estaba por llegar.

Y me preguntaba adónde íbamos. ¿Era necesario llegar tan lejos para estar solos? Hacía semanas que no nos cruzábamos con nadie. Nadie vivía en esas latitudes.

A medida que avanzábamos por el inhóspito territorio helado, la noche fue tiñendo la nieve de sombras. Cada noche que pasaba sentía más frío dentro y fuera de mi cuerpo, y cada mañana que levantábamos el campamento para seguir viajando, las horas de luz disminuían y con ellas escapaba la alegría, la esperanza en algo, y se iba haciendo más patente que la noche y la oscuridad se adueñaban de mi ánimo y que la soledad del desierto helado invernal era un virus contagioso.

Estaba cayendo en una profunda depresión, pero Gunnar no se detenía. Incansable, azuzaba a los perros y el trineo volaba hacia ese Norte que nos iba engullendo.

En pleno mes de noviembre me sentí desfallecer. Y en esas circunstancias sucedió algo que confirmó que el miedo de Gunnar no era infundado. Nuestro silencioso perseguidor se cobró una víctima. Una hembra experta y tranquila, Zoe, la última del tiro, desapareció una noche sin dejar rastro. Su arnés estaba raído y a su alrededor hallamos algunas gotas de sangre. Los perros habían ladrado durante la noche y Gunnar, lo recuerdo bien, se había revuelto inquieto. En dos ocasiones salió al exterior de la tienda armado con su rifle y alumbrando con su linterna. Regresó farfullando algo que no entendí y al día siguiente se enfureció muchísimo al descubrir la desaparición de Zoe.

– La osa blanca. La maldita osa blanca ha vuelto a hacer de las suyas.

Me pareció que hablaba con conocimiento de causa.

– ¿La conoces?

Gunnar se justificó:

– No hay duda. Mira las huellas.

Las huellas no me decían absolutamente nada.

– ¿Cómo sabes que es una osa y no un oso?

Gunnar introdujo un dedo en el lugar donde supuestamente había pisado la osa.

– Fíjate en su peso. Como balancea su vientre, sus huellas son más profundas aquí, es una osa.

– ¿Por qué?

– Está embarazada y hambrienta, tiene que comer mucho para hibernar y luego dar a luz al osezno.

Algo me hizo sentir solidaria con la osa. A pesar de que se hubiese zampado uno de nuestros perros, se encontraba en mi misma situación y yo me sentía derrotada y exhausta. Fue una tontería, lo admito, pero me eché a llorar. A lo mejor hacía días que no manifestaba ninguna emoción, a lo mejor era la pena por el triste final de Zoe o esa absurda sensación de que la osa blanca y yo acarreabamos la misma carga. Pero sobre todo lloraba por mí y por mi niña. En aquellos precisos momentos me sentía incapaz de continuar con mi embarazo, cada vez más aparatoso, incapaz de dar a luz y sobre todo incapaz de arrastrar mi vida. Gunnar no podía entenderlo.

– No podré parir, no podré… -sollocé.

– Claro que sí, yo te ayudaré.

– Saldrá mal, me faltarán las fuerzas…

– Es algo natural.

– No es natural, aquí no hay vida, todo está muerto.

Era la apariencia, la apariencia nada más. Sentía que bajo la despiadada blancura del hielo no podía existir nada más que la muerte. Y aunque sabía que bajo los hielos la vida en las aguas árticas existía ralentizada, yo hubiera querido congelarme con el invierno y despertar en primavera. Estaba hecha un témpano.

– Lea también espera cachorros -me dijo Gunnar.

Me quedé a cuadros. Nuestra valiente líder, que arrastraba y dirigía el tiro y defendía su puesto a dentelladas, también se encontraba embarazada. Pero si bien la admiré, su valor no me dio fuerzas, porque no me quedaban.

Gunnar cargó su riñe y me lo mostró.

– No tengas miedo por la osa. Si volvemos a encontrarla, le arrancaré la piel. Siempre he querido tenerla.

Si pretendía tranquilizarme, no lo consiguió. Sólo obtuvo un nuevo episodio de llanto inconsolable.

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