El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Gunnar me acarició el cabello tiernamente, como sólo sabía hacerlo él.
– Prométeme que no me harás preguntas.
Acepté sus condiciones sin rechistar.
– Lo prometo -dije mordiéndome la lengua de curiosidad por todo aquello que no me había dicho.
– Y que pase lo que pase, no me odiarás.
– Lo prometo -dije estúpidamente.
Y tampoco sabía que nunca podemos comprometer nuestros sentimientos futuros.
– Conmigo estarás a salvo -susurró Gunnar.
Y me tranquilizó. Eso era lo que yo quería. La certeza de que alguien me protegiera. A mí y a mi hija.
– Nos refugiaremos en los hielos eternos, en un lugar deshabitado.
– ¿Sin nadie?
– Solos tú y yo. Los dos solos.
Ni siquiera pregunté dónde. Yo creía ingenuamente que el único lugar seguro del mundo era junto a Gunnar y mi pequeña Diana.
Y ahí empezó mi verdadera pesadilla.
Selene frenó el coche en una callejuela sombría. Estaban en una pequeña ciudad de provincias y Anaíd ni siquiera se había fijado en el nombre, de tan absorta como estaba con las explicaciones de Selene. Su madre se dispuso a aparcar.
– Descansaremos aquí. Tengo que hacer un trámite.
– ¿Y me dejas así colgada? -protestó Anaíd.
– ¿Colgada?
– Aún no he nacido.
Selene carraspeó.
– Ya lo sé.
– Quiero saber quién soy. Dónde nací. Si Gunnar es mi padre. Porque ahora estoy hecha un lío. Creía que yo… Pero… ¿quién es Diana?
Selene no respondió directamente a la pregunta de Anaíd. En lugar de eso metió la marcha atrás, aparcó impecablemente y señaló con la cabeza hacia un restaurante.
– Comeremos algo primero.
Anaíd se revolvió contra ella.
– Antes de comer me gustaría saber quién soy.
Selene fue dura.
– Te dije que no te gustaría saberlo.
– Vale, supongamos que no soy hija tuya. ¿Por qué esperas tanto para decírmelo? ¿Tan difícil es?
Selene cerró las llaves del contacto y bajó la cabeza avergonzada.
– Es difícil decirte de buenas a primeras quién eres y de dónde vienes. Por eso voy a ser muy meticulosa y a explicártelo todo por orden. ¿Me oyes? Aunque me chinches o te enfades, no conseguirás que me salte ningún episodio. Si lo hiciese, te confundirías.
Anaíd palideció.
– ¿No lo soportaré?
– ¿El qué?
– Saber quién soy.
Selene suspiró y salió del coche invitando a Anaíd a acompañarla.
– Es importante que entiendas tu misión y te responsabilices tú misma de lo que te toca hacer. Y para eso necesitas conocer tu historia y los peligros que te acechan.
– Y cuando los conozca y asuma quién soy…, ¿qué haremos?
– Te adiestraré y te mostraré el camino que debes seguir.
– ¿Adiestrarme?
– En la lucha contra las Odish.
– Ya sé luchar contra las Odish. Aprendí con Aurelia, una serpiente luchadora.
– Lo sé, pero no es suficiente.
– ¿Por qué? ¿Tú qué sabes de luchar contra las Odish? Sólo huías de ellas y de las Omar.
– Te equivocas. A mí me adiestró una Odish.
Anaíd se quedó inmóvil mirando a Selene y tras ella vio un rótulo luminoso que la fascinó. Un café-Internet. Se quedó embobada hasta que Selene le dio un empujón cariñoso.
– ¿Has visto un fantasma?
Anaíd reaccionó y volvió a la realidad.
– Entonces… ¿tenían razón?
– ¿Quiénes?
– Gaya, Elena y otras. Dijeron que habías pactado con las Odish, que habías sido una de ellas.
Entraron en el restaurante y Selene escogió una mesa de un rincón y obligó a Anaíd a sentarse en la esquina más sombría. Casi pasaba inadvertida.
– Anda, pide.
– No tengo hambre.
– Pediré por ti.
Anaíd dejó la carta sobre la mesa. Le quemaba la dirección del chat donde podría encontrar a Roc. Estaba rabiosa con Roc.
– No te molestes.
– No es molestia, tendrás que aprender muchas cosas además de aprender a luchar. Tendrás que aprender a sobrevivir, a quererte, a ser valiente y a aceptar las derrotas.
Anaíd se revolvió.
– ¿Valiente como tú, que escapaste de la justicia? ¿Responsable como tú, que quedaste embarazada con diecisiete años? ¿Honrada como tú que hiciste trampas a tu mejor amiga y embrujaste a su novio para enamorarlo?
Selene dio un fuerte golpe sobre la mesa.
– ¡Basta!
– ¿No te gusta? ¿Y por qué me lo has explicado?
Selene se encaró.
– Porque tenías que saberlo y, aunque me perdieras el respeto, tenías que aprender de mis errores y mis equivocaciones. No quiero que los repitas.
– ¿Por qué tú podías equivocarte y yo no?
– Porque tú eres la elegida.
Comieron en silencio. Anaíd masticó la carne una y mil veces hasta conseguir una bola imposible de tragar, pero Selene, con los ojos echando chispas, le obligó a tragarla.
Salieron juntas del restaurante. Selene la agarró por el brazo y caminaron pegadas contra el muro y resguardándose en la sombra. Se detuvieron ante la puerta de un cine y Selene se dirigió a la taquilla. Regresó con una entrada y se la ofreció a Anaíd.
– Siéntate en un lugar apartado. Quédate quieta en tu asiento y no hables con nadie. ¿De acuerdo?
– ¿Qué película ponen?
– Ni lo sé ni me importa.
Anaíd miró la cartelera de reojo. A ella también le daba lo mismo porque se le acababa de ocurrir una gran idea. Era peligroso, pero en ese momento le daba todo igual.
– ¿Y si me duermo?
– Duerme, mejor para ti.
Entró en el cine sin besar a Selene. Le hubiera sabido a beso traidor. No llegó ni a sentarse en la butaca. Simplemente esperó unos segundos tras la cortina y, en cuanto su madre desapareció, Anaíd se escabulló de la sala de proyecciones donde apenas unas cuantas parejas aprovechaban para besarse a oscuras.
Evitó hablar con nadie y comprobó la hora de finalización de la sesión. A las seis y media. Se prometió que a las seis y veinte estaría en la puerta del cine.
No le hacía falta ninguna averiguación especial, ni siquiera preguntar a nadie. Lo había visto de camino hacia el restaurante. Era un café de internautas.
Se sentó ante un ordenador con un refresco delante, entró en el Messenger y se agregó a Tuiyo15@hotmail.com.
Su nick «¡Bailemos astal amanecer!, lokamente, absurdamente tuyo» consiguió hacerla sonreír y hacerle olvidar momentáneamente su enfado. Roc era genial.
– Hola, Anaíd -se adelantó Roc- Bailemos astal amanecer… raudo a saludarla.
– ¿Tiens prisa x deirme adiós? -tecleó coqueta Anaíd.
– Staba sperándote.
– ¿M as sperado tol día?!!
– Hace mxo tmpo k t spero.
– ¿No m as dxo hoy k kerías cortar? ©
– Lo e dixo xk soy egoísta.
– ¿Egoísta?
– T kiero enterika, kiero vrte y kiero k m kieras. ©
– ¿Sabías k m stoy arriesgndo x hablar contgo?
– M gusta. M enknta. ¿Soy importnte para ti entonces?
– Pos klaro.
– Dme dnde stás y vngo a verte.
– No pde ser. ¡Impsible!
– Humo.
– ¿Eign? ¿¿Humo??
– ¡No t arriesgas! Tiens miedo. ¿Has pensado en mí?
– ¡Pos klaro, tonto! ©
– Hazlo ahora. Pnsa en mí ahora mismo. Kncentrate.
– T stoy viendo. Ts ojos ngros, tu pío rizado. ¡¡Siempre lo hago!!
– No… Mira dntro d mí. Cierra ls ojos. ¿K ves?
Anaíd dudó unos instantes.