El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– ¡Maté a Baalat, se escondía bajo la forma de un hámster! -dije intentando hacerles comprender que no estaba poseída.
Pero en lugar de la sorpresa de Hólmfrídur, me encontré con su actitud arrogante. Estaba tan convencida de mi posesión que mis palabras le sonaban a desvaríos de loca. No me escuchaba.
– Tranquilízate, Selene, tienes que estar tranquila.
Lo último que podía estar era tranquila.
– Baalat intentaba poseerme pero no lo consiguió.
Hólmfrídur notó mi agitación y me tomó las manos.
– No te asustes, Selene, estás a salvo con nosotras. Te llevaremos a un lugar seguro y te libraremos de la Odish fenicia que te posee.
– ¡¡¡No me posee!!!
Hólmfrídur y Björk intercambiaron una mirada cómplice, una mirada de inteligencia que disfrazaba su convencimiento de que yo no sabía lo que me decía.
– Claro que sí, bonita. Baalat ya no te posee. Estás libre de la posesión.
Intenté razonar con ellas.
– Meritxell se clavó el atame a sí misma porque estaba a punto de perder su voluntad. Baalat la había poseído casi por completo.
– Eso lo dirás ante el tribunal.
– ¡No quiero ningún tribunal! ¡Explicádselo a mi madre, ella lo entenderá!
– Llamaremos a Deméter, no te preocupes.
– No quiero que me exorcicéis.
– No lo haremos -mintieron.
Cada vez me sentía más acorralada. Necesitaba a Gunnar. Pálida y muy asustada, formulé mi pregunta con un hilillo de voz.
– ¿Y Gunnar?
Hólmfrídur sonrió.
– Gunnar se ha portado estupendamente. No sólo cuidó de ti sino que fue él quien nos avisó.
Se me partió el alma.
– ¿Gunnar os avisó?
Hólmfrídur me guiñó el ojo.
– Está muy enamorado. Has tenido suerte.
Gunnar era mi última oportunidad. No podía dejarme en manos de esas brujas. Apuré mi último cartucho.
– Por favor, quiero ver a Gunnar, a solas.
Hólmfrídur se retiró y me dejó temblando de miedo. Tenía que actuar deprisa. Por la puerta, en cualquier momento, podía volver a aparecer Hólmfrídur o cualquier bruja Omar. Me mirarían como a una apestada y me acusarían de ser Baalat, de estar poseída por ella y de representar un peligro para la comunidad por haber clavado mi atame en el pecho de Meritxell. Pero si me quedaba sola, Baalat, la sanguinaria, transformada en pájaro, serpiente o roedor me daría caza y acabaría poseyéndome de verdad. ¿Qué podía hacer? Y la angustia de la búsqueda inconcreta tomó nombre. Gunnar era mi único refugio.
Pero estaba en una camilla y, cuando quise incorporarme, una mano me lo impidió.
– No te muevas.
Era Gunnar. Quise gritar de alegría pero tenía la garganta seca. Mi vikingo vertió unas gotas de agua en una gasa y me humedeció los labios. Sentí alivio y poco a poco me fui acordando de todo. Así pues estaba viva aunque magullada.
– Gunnar, por favor, vámonos ya, llévame a Groenlandia.
– Tranquilízate.
– ¿Por qué las llamaste?
– No hables.
Lo intenté. Intenté respirar con normalidad.
– ¿Me he roto algo?
– Eres de goma.
A pesar del reproche cariñoso, tenía una mirada sombría. ¿Qué había hecho mal? ¿No tendría que haber subido a la buhardilla?
– ¿Qué me pasó?
– Era una colonia de pájaros y los incomodaste. Nunca atacan pero se sintieron invadidos.
– Eran muy agresivos -me defendí.
– En cuanto te saqué de su territorio te dejaron en paz.
Y me respondió con otra pregunta:
– ¿No tienes nada que decirme?
– ¿Sobre qué?
– Algo que yo tenga que saber.
Todo había sido un sueño. No podía ser cierto todo lo que me había sucedido. No podía hablarle de Arna, aunque…
– Encontré las joyas.
Gunnar se sorprendió.
– ¿Dónde estaban?
Me enorgullecí de mi descubrimiento.
– En la pintura de la pared, dentro de un cajón. Las dejé en el secreter.
Gunnar no asimilaba mis noticias.
– Vaya, guardas más de un secreto.
– ¿Yo?
– No me dijiste que estabas embarazada.
¡Era eso! Gunnar se había enterado por los análisis.
– Te lo quería decir.
– ¿Cuándo?
– Aún no estaba segura.
Gunnar parecía triste.
– Podría haber sido una magnífica noticia, pero ahora lo has echado todo a perder.
Se me encogió el corazón.
– ¿El qué?
– El viaje, Selene. Lo tengo todo dispuesto y no puedo volverme atrás.
– ¿Qué quieres decir con eso?
Gunnar estaba sufriendo. Lo notaba. Pugnaba por abrazarme, pero mantenía la distancia para conservar la cordura.
– No puedes venir conmigo.
Estaba horrorizada. ¿Cómo podía decir eso? El que hablaba no era Gunnar. Le había salido una arruga en medio de la frente. Los hombres pacientes cuando se enfadan lo hacen sin paliativos. Se les endurecen las facciones.
– ¡No puedes hacerme eso! -grité.
Y Gunnar se enfureció.
– Tú tampoco y ya es la segunda vez, Selene. ¡La segunda vez que tuerces mi vida a tu antojo!
Yo callé avergonzada. Sabía a lo que se refería y me di cuenta de que no lo había olvidado. Ni yo. Meritxell y su triste recuerdo eran como un iceberg a la deriva que acabaría por hundir nuestro barco. Habíamos empezado mal, lo admitía, pero yo era tozuda y por encima de todo quería a Gunnar.
– ¿No quieres saber nada de nuestro bebé? Será una niña.
Gunnar tembló levemente.
– Será hermosa y valiente, como tú. La estoy viendo.
Vislumbré una esperanza. Gunnar estaba emocionado por la perspectiva de ser padre.
– Tendrá tus ojos.
Gunnar sonrió y añadió:
– Y tus piernas.
– Se llamará Diana.
– Bonito nombre.
Me quería. Quería a mi niña. No podía dejarme.
– ¿Entonces por qué no quieres que te acompañe?
– ¿No comprendes que las cosas han cambiado? Tendrás un bebé, necesitarás cuidados, el lugar adonde vamos es inhóspito, despoblado…
Yo estaba dispuesta a entenderlo todo. Gunnar estaba pálido y miraba lejos.
– Llévame contigo, por favor.
Gunnar apretó los nudillos y esperé a que continuara.
– Hólmfrídur te cuidará y procurará que vuelvas con tu madre.
Hablaba lentamente, casi empujando las palabras, como si fueran niñas miedosas que se negaban a bajar por el tobogán.
Yo sentí el gusto de las lágrimas, pero no lloré.
– No quiero. Quiero estar contigo.
Gunnar lo intentó de nuevo, sin convencimiento.
– Es peligroso para ti.
Masticaba las palabras como si las escupiera, como si no le saliesen del estómago sino de un dictado telefónico. Repliqué con rabia:
– ¡No puedes decirme eso de verdad! ¡Dime que no quieres decírmelo!
Gunnar no me miraba. Retiró la cara y suspiró.
– Selene, por última vez: coge tus cosas y vete lejos, ahora, sin mirarme. Después será demasiado tarde.
Y lo dijo con tal falta de convicción que supe que tenía la partida ganada. Hice lo contrario.
– Dime que me quieres.
Y le cogí la mano. Temblaba como una hoja.
– Te quiero -musitó-, con locura.
Era justo lo que quería oír.
– Me quedaré contigo.
Gunnar me apretó tan fuerte que me hizo daño.
– Selene, te arrepentirás.
Me importaba un pimiento. Sin hacer caso del suero ni de mis heridas, me incorporé y lo besé. Gunnar me besó arrebatadoramente, como si fuera a echarme a volar como un pájaro y quisiera retenerme, pero también vi cómo caía una lágrima por su mejilla. Yo era muy joven y muy tonta. Creí que lloraba de emoción y que la pasión era la brújula de nuestras vidas.