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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– ¿Hay alguien ahí?

Salté de la cama y me vestí decentemente a la carrera mientras gritaba:

– ¡Un momento!

Al abrir la puerta, la sonrosada Arna ya había desaparecido como por ensalmo. En la planta baja me encontré encañonada por un arma.

– ¿Qué pasa?

– Yo hago las preguntas, señorita. ¿Quién es usted y qué hace aquí?

Era un granjero calvo, con barriga y papada, al que los años le habían añadido kilos y mala baba. Olía a colonia fresca y tenía el pelo salpicado de paja, pero empuñaba el arma con mucha determinación.

– He venido con Gunnar, el dueño de esta granja.

– ¿Gunnar? Aquí no vive ningún Gunnar.

– Esta casa es de su familia. Llegamos ayer.

– No es cierto, su coche entró en la finca hace una semana. Lo he estado controlando.

No podía creerlo. ¿Había estado durmiendo una semana? ¿Era acaso la Bella Durmiente? ¿Y qué había comido y bebido durante todo ese tiempo?

– No puede ser -repetí.

– Desde luego. Gunnar o como se llame su marido la ha engañado. Esta casa está abandonada desde hace mucho tiempo y nadie ha pasado por aquí desde que yo tengo uso de razón. Y de eso hace más de cincuenta años.

– Su abuelo era un tal Ingar. ¿No ha oído hablar de él?

El vecino bajó el arma.

– ¿Ingar? Sí, lo conocí cuando yo era un niño, pero dicen que desapareció en el mar.

– ¿Y a su hijo Einar? El padre de Gunnar.

El hombre dudó, y definitivamente se puso el arma a la espalda y no me respondió. Sólo me amenazó con el dedo.

– Si no se van, tendré que llamar a la policía.

Y se fue tan expeditivamente como había llegado, dejándome sola y confusa. ¿Dónde estaba Gunnar? ¿El fantasma de Ama era real o había sido una alucinación? Miré en torno a la casa. Ni me enteré de que había oscurecido y comenzaba a llover. Lo noté al mojarme y oír el silbido del viento. Corrí a buscar refugio para guarecerme y fue entonces cuando oí un ruido de pasos en la planta superior.

– ¿Quién anda ahí? -grité.

No obtuve respuesta. Simplemente el ruido aumentó de intensidad.

– ¿Gunnar? -aventuré sin tenerlas todas conmigo.

Si estaba acompañada en aquella casa, quería conocer por quién: subí a tientas la vieja escalera de madera y, al alcanzar la última planta, me quedé horrorizada. Centenares de estorninos, frailecillos, cuervos y avefrías se amontonaban y se confundían en una mancha borrosa y palpitante de la que sólo se distinguían los ojos. Todos clavados en mí.

Era una buhardilla apestosa y cubierta de guano y plumas, con el techo hundido y la madera podrida. Yo estaba literalmente rodeada de ojos, ojos feroces que me escrutaban, que me estudiaban con frialdad mientras el monótono sonido de la lluvia al caer amortiguaba un sordo rumor de alas. Me estremecí. Me recordó el sonido de los cargadores que precede a la infantería. No llevaba conmigo ni mi vara ni mi atame. Estaba indefensa, así que poco a poco fui retrocediendo. Los pájaros tomaban posiciones, me acorralaban, iban a por mí.

Instintivamente intenté proteger mi espalda contra la pared, pero al apoyarme contra una viga carcomida noté claramente cómo algo sinuoso reptaba por mi cuello y se escondía entre mi pelo. Muerta de asco, hurgué entre mis rizos y atrapé al repugnante bicho. Era una serpiente de tacto viscoso y, con auténtica histeria, la lancé lejos, de un manotazo, y grité.

Y como si mi grito hubiera sido la señal que esperaban para atacar, un cuervo bajó en picado desde el cielo oscuro y, graznando, se echó sobre la serpiente, la apresó limpiamente y la lanzó sobre la marabunta, que dio buena cuenta de ella en pocos segundos. Luego sobrevoló mi cabeza en círculos concéntricos, mareantes, intimidadores, hasta que, sin previo aviso, también se lanzó contra mí y clavó su pico en mi cara. Por suerte bajé la cabeza y me hirió en la frente en lugar de en el ojo contra el que había dirigido el ataque. Golpeé al cuervo con la mano, pero al levantar la vista para ahuyentarlo contemplé cómo en el tejado herido de la casa cientos de pájaros afilaban sus picos dispuestos a echarse sobre mí.

Arna me había advertido. Las Omar me habían advertido.

En los ojos de ese cuervo reconocí la mirada fría de Baalat.

Baalat se había reencarnado de nuevo y, puesto que como cuervo no podía arrebatarme la vida, había conseguido embrujar a todos los pacíficos habitantes de la buhardilla. Estaba rodeada de enemigos y la Odish acabaría conmigo y mi niña.

Quise huir pero no atinaba a dar con la salida. Las paredes, los pájaros, el suelo, los peldaños de las escaleras se me venían encima. Completamente aturdida, me agaché haciéndome un ovillo y los pájaros se echaron sobre mí. Primero uno, luego otro y otro. Me picotearon las manos con las que yo me cubría la cara para protegerme los ojos. Sentía la sangre caliente correr por mis brazos y los graznidos enloquecidos de las aves. En mi cabeza comenzaron a bailar imágenes y palabras, confundía años, cifras, edades y nombres y comprendí que, si me quedaba allí, moriría.

– ¡Selene! -oí como en un sueño-. ¡Selene! -reconocí la voz de Gunnar llamándome.

Y aunque no podía contestarle porque los chillidos de las aves tapaban mi voz, repté desesperadamente hacia el lugar de donde surgía su llamada, arrastrándome sobre la montaña de guano y tanteando a ciegas el hueco de la escalera.

– ¡Selene! -volvió a gritar Gunnar, esta vez más cerca.

El hueco de la escalera estaba ahí, no conseguí ponerme en pie y me dejé caer rodando sobre los peldaños de madera, sin calcular el impacto de la caída. Fue más o menos como tirarse a una piscina sin agua. Rodé protegiéndome el vientre, más preocupada por mi pequeña que por mi cabeza, hasta que algo duro me golpeó la sien y me desmayé en los brazos de Gunnar, que a pesar de su rapidez no pudo evitar el golpe.

No llegué a oír los disparos del granjero que, con el alboroto, había dado media vuelta y que llegó poco después que Gunnar. A pesar de ser un malcarado y un metomentodo, gracias a su coche me salvó la vida.

Desperté dolorida en un hospital y en lo primero que me fijé fue en un tubo de plástico sujeto a una bolsa que se introducía en una vena de mi brazo. Me habían hecho analíticas de sangre y me alimentaban por suero. Aún estaba bajo el impacto del susto y una idea me martirizaba. Baalat podría reencarnarse en cualquier animal. Baalat podría ser un simpático frailecillo, un bonito gato o un leal perrillo faldero. No se me había ocurrido pensar que deshaciéndome de Lola no me deshacía de Baalat. Ingrid, la gran experta en la Odish nigromante, apuntó que también podía usurpar los cuerpos de muertos o niños. No estaría segura en ningún sitio, excepto en un lugar tan desolado en el que no hubiese vida. Ni siquiera cementerios.

Tenía que huir, tenía que irme lejos para salvar a mi hijita.

La puerta se abrió y entró por ella Hólmfrídur. Clavó sus ojos gatunos y amarillentos en mí.

– Estupendo, ya te has recuperado.

Desesperada, miré hacia todos lados. Imposible salir corriendo. Estaba encadenada a un poste y Hólmfrídur me cortaba la retirada. ¿Cómo me había encontrado? ¿Y Gunnar? ¿Dónde estaba Gunnar?

Me acarició la frente y me tomó la mano.

– Mi querida niña, qué susto nos has dado. Suerte que ya pasó todo.

Björk, la encantadora abuelita, asomó la cabeza detrás de ella. Al verme despierta me dedicó una sonrisa fingida. En lugar de una anciana pacífica, me pareció una carnicera sedienta de sangre.

– Bienvenida de nuevo, Selene. Lo tenemos todo dispuesto ya.

Me invadió un sudor frío. Habían dispuesto mi fin. Habían preparado el exorcismo contra Baalat. Mi cuerpo, en esa ceremonia, sería un simple pelele sin importancia, porque la batalla que librarían las brujas Omar contra Baalat tendría a mi cuerpo como adversario y yo sufriría las heridas que infringirían a Baalat: yo lloraría, yo suplicaría tregua, yo caería desmayada y mi pequeña no lo resistiría. Y tal vez yo tampoco. Siempre les quedaba el último recurso, que era acabar con mi cuerpo y clavar un cuchillo en mi corazón como hizo Meritxell. Pero todo eso no tenía ningún sentido porque yo ya no estaba poseída.

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