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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– ¡Eo!! ¿K tas??? Dime: ¿k ves?

– Oscuridad.

– ¿k+?

– Niebla.

– Pídemelo.

– ¿Pedírtelo?

– Sí, pídemelo. Pídme verme. Dime ven…

– ¡Kiero verte! ¡¡Ven!! ©

– Lo haré, muy prnto apareceré.

– ¿Kmo? ¿Stas loko? ¡¡Ni skiera te dixo dnd stoy!!

Y en ese mismo instante Anaíd sintió un calambre en su mano y su pantalla se oscureció. Menuda porquería de aparatos. Se había interrumpido la conexión. ¿Qué pretendía Roc con ese juego tan atrevido? ¿Pensaba realmente aparecer en cualquier momento y sorprenderla? No sabía cómo tomárselo. Si bien su ímpetu la complacía, le daba un pelín de miedo su carácter lunático. Hoy blanco, mañana negro. Te machaco porque te quiero. ¿Y si Roc no era como ella creía que era? Le daba igual. Estaba muy, pero que muy colgada.

Y aunque lo intentó, le fue imposible volver a conectarse. Demasiado tarde. Su reloj indicaba las seis y diez.

Salió zumbando del café-Internet y entró en el cine a tiempo de confundirse con la salida de los espectadores. Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta desperezándose y frotándose los ojos como si se acabase de levantar de una butaca en una sala oscura.

Selene la esperaba con una sonrisa picara.

– Tengo un par de sorpresas.

Anaíd le siguió el juego.

– ¿Cuáles?

Selene le mostró unas llaves.

– Ahora tenemos una autocaravana. Seremos independientes.

Y la acompañó hasta el aparcamiento donde las esperaba un magnífico vehículo con cocina, baño, dormitorio y salón. Todo en uno. Ideal para vivir, para viajar, para esconderse.

– Venga, sube.

Anaíd subió a su nueva vivienda. Sabía que durante mucho tiempo constituiría su refugio y su casa.

– Nadie te verá, nadie hablará contigo innecesariamente.

Anaíd asintió.

– ¿Qué tal la película?

Pero Anaíd contraatacó con otra pregunta:

– ¿Cuál es la otra sorpresa?

– Esta noche, cuando acampemos, te haré tu regalo de cumpleaños. Pero antes tienes que saber más cosas de tu historia.

11

El desierto helado

Todo sucedió muy rápido. La huida de Islandia, mi cumpleaños, los primeros movimientos de mi bebé y la llegada del invierno. A lo mejor hubo un mes de diferencia entre cada suceso, pero en mis recuerdos casi todo está entremezclado. Y el motivo de la confusión fue ese color blanco que lo impregnaba todo.

Desde que pusimos los pies en el continente helado que Erik el Rojo, tramposo como él solo, bautizó como tierra verde, Groenlandia, o sea Greenland, los colores dejaron de existir. Sólo reinaba el blanco. La tierra era blanca, la costa era blanca, los valles eran blancos, el mar blanco, las montañas blancas y hasta el horizonte destellaba de blanco. Yo había puesto mi vida en manos de Gunnar y confiaba plenamente en él. Había sido leal a mi promesa y no sólo no le hice preguntas, sino que desestimé hacérmelas yo. La supervivencia me obligaba a creer en alguien y Gunnar era mi única garantía para protegerme de Baalat y las Omar. Escondí el anillo de esmeraldas, mi vara y mi atame, y me escondí de los cuervos. Burlé al clan de las yeguas, que hasta el último momento intentaron retenerme y devolverme al redil, acepté la mano de Gunnar y navegué con él a través del océano Polar antes de que el invierno cerrase los puertos y cortase definitivamente cualquier tentación de regreso.

– ¿Estás dispuesta a viajar muy lejos?

– Sí -respondí sin dudarlo.

– ¿Te ves con fuerzas de llegar al fin del mundo?

Si la felicidad tenía una línea que marcaba la plenitud, en ese momento la rebasé y sonó mi campanilla. Por fin Gunnar había comprendido que mi deseo era llegar, de su mano, a los confines de la civilización.

– ¿No te importarán el frío, las privaciones ni los peligros?

No me importaban. En ese momento no.

Y tras vender parte de las joyas que le pertenecían para financiar la expedición, comenzamos nuestro último viaje. El definitivo.

Los inuits de la aldea cercana a Ittoqortoomlít, junto al mar helado, nos alojaron en la escuela, como era tradición hacer con los viajeros.

– Siempre que vengo siento lo mismo. Me apabulla -afirmó Gunnar mostrándome con orgullo la inmensidad blanca.

Me pareció mágico. Habíamos dejado atrás la turbulencia volcánica de Islandia y la blancura que cubría la nueva tierra me pareció una promesa de paz, de tranquilidad.

– Es un blanco distinto de nuestro propio blanco.

– Cada estación, cada relieve y cada hora del día permite que el blanco sea diferente.

Señalé hacia la imponente cima de Gunnbjorn Fjeld, casi un cuatro mil que coronaba emblemáticamente la costa este y le quise explicar que tenía otra tonalidad, pero me faltaban adjetivos.

– Necesito palabras para distinguir los matices del blanco.

– Los inuits los tienen. Tienen hasta mil distintivos del color blanco.

Me pareció hermoso. Quise ser una esquimal, sonreír siempre con esa sonrisa tan abierta que los caracterizaba y distinguir las mil tonalidades de ese blanco inmaculado que me aseguraba la bondad de esa tierra.

Ahí, en esos hielos eternos era imposible que Baalat apareciese. Por fuerza el color blanco, que en nuestra tradición se asociaba al nacimiento y a la pureza, no podía contener en sí mismo nada amenazador. Una vez más me equivocaba. No tenía en cuenta que el blanco, en otras culturas, era sinónimo de tristeza, luto y muerte.

Los inuits se rieron de Gunnar cuando les dijo que queríamos comprar un trineo, provisiones y perros para realizar un largo viaje hacia el Norte. Dos extranjeros incautos que pretendían recorrer las desiertas llanuras heladas durante el invierno estaban, por fuerza, locos de remate. Y eso que no sabían que yo esperaba un bebé para principios de primavera. Sin embargo dejaron de reír cuando Gunnar examinó los arreos, la dentadura de los animales, arrancó puñados de pelo enmarañado y devolvió tres samoyedos por encontrarse en mal estado.

Muchos inuits acudieron en tropel a contemplar cómo Gunnar probaba un tiro de perros después de haber hecho algunos ajustes en el trineo. A sus órdenes tajantes, pronunciadas en un perfecto esquimal, los perros respondían con prontitud. Gunnar detectó problemas con el estilo del líder del grupo, el malcarado Narvik, que mordía a diestro y siniestro y en sólo una hora había herido a dos machos desobedientes. Lo sustituyó por una joven hembra animosa, Lea, que aportó a los perros la ilusión y la determinación que les haría falta para la dura prueba que les esperaba.

Tras la exhibición de Gunnar, los inuits dejaron de considerarnos turistas excéntricos y ya no nos llamaron más despectivamente qallunaat, que significa algo así como «extranjero» y que en su forma de pronunciarse lleva consigo la connotación de torpe e inútil. La amabilidad de los esquimales me abrumó. Nos ofrecieron sus casas y pelearon para que compartiésemos su pobre cena y su agradable compañía. Los niños me hicieron jugar con ellos al qimuseq y las mujeres me enseñaron a coser kamiks, las únicas botas que conservaban el calor del cuerpo sin quedar rígidas a causa de la humedad del hielo. El problema -me explicaron- era que estaban hechas con piel de foca, para conservar la flexibilidad, y que a los perros les encantaban. ¡Qué horror! Si me descuidaba, me arrancarían los pies a dentelladas para tragarse mis botas.

Mientras Gunnar regateaba el precio del pescado y el queroseno y llenaba el trineo hasta los topes, yo intentaba ganarme la confianza de los perros ayudada por los niños, que me enseñaban palabras en esquimal. La idea de viajar acompañada por aquellas bestias que se abalanzaban aullando sobre la carne fresca, dormían abrigadas bajo la nieve y mojaban sus hocicos en sangre, me puso la piel de gallina, pero al confesarle mi miedo a Gunnar me sugirió que aprendiese a conocerlos y a quererlos. ¿Quererlos? ¿Y si Baalat se encarnaba en alguno de ellos y una noche se abalanzaba sobre mí? Lo descarté para no desanimarme, pero se me hacía difícil la tarea de intimar con los perros. Los alimenté, los acaricié uno a uno, memoricé sus nombres y observé sus comportamientos para detectar en ellos cualquier anomalía y descubrir en sus ojos a Baalat. Y me gustaron. En su ladrido hallé el eco del aullido del lobo. Habían sido domesticados hacía un tiempo relativamente corto y en muchos de sus rasgos samoyedos planeaba la sombra salvaje de las montañas y la libertad perdida.

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