Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Esto hizo que me pusiera de mejor humor, y se me ocurrió darle un golpe a Jack en lo que yo creía que era la espalda pero que resultó ser su plexo solar, y casi se le cortó la respiración.
– Perdona, compañero -le dije con generosidad-. Ahora creo que empezamos a hacer negocios con esta pandilla.
– ¿Negocios? -preguntó Jack.
– Lo primero -le dije a Jack- es procurar que éstos entiendan lo que les decimos. Si queremos conservar el pellejo hay que utilizar la boca para algo más que para comer. El silencio es lo mismo que la muerte, así que ya lo sabes. Si conseguimos entendernos seremos capaces de montar en este barco un pequeño infierno y así vengarnos. Es lo justo.
Al cabo de un rato Jack se contagió de mi entusiasmo y empezó a hacer preguntas y a enviar mensajes a diestro y siniestro.
Tardamos dos días enteros en ordenar aquella barahúnda. Juro que no fue fácil controlar a trescientos esclavos sin poder hacerme entender. Se trataba de convencer a los que sabían idiomas, de manera que los mensajes llegaran lo más pronto posible. Algunos sabían algo de inglés, y otros cien hablaban dos o más idiomas. Muchos eran presos de guerra y habían servido como esclavos de otros durante varios años, hasta que a algún rey al final se le había ocurrido ganar dinero vendiéndolos a los blancos. No, los negros no eran mucho mejores que nosotros.
Le pregunté a Jack si había a bordo más gente de su tribu y me nombró a una docena. Ninguno de los nombres se podía pronunciar sin que a uno se le torciera la lengua, pero eran sakalava, y cuando me enteré de que Jack era descendiente de uno de los reyes sakalava comprendí al instante que los demás le harían caso y cumplirían las órdenes, lo mismo que hace todo el mundo. Así que lo primero que hice fue empezar a fastidiar a Scudamore con los sakalava.
Se armó un buen cirio. Los negros se arrastraban deslizándose ora por encima, ora por debajo, se enredaban unos con otros, se empujaban, se desordenaban y se revolvían, siempre en parejas inseparables. Funcionaba bien mientras los dos estuvieran dispuestos a ir juntos. Pero otros tuvieron que ir arrastrando los pesados fardos en que se habían convertido sus compañeros, porque estaban tan enfermos que ya no podrían volver a andar, o también porque se habían rendido y habían perdido toda esperanza, otra enfermedad muy común, aunque del espíritu. También podía ser que estuvieran muertos y que no hubiera dado tiempo de echarlos por la borda.
Los suspiros y los lamentos no se podían evitar del todo, pero por lo menos había logrado explicarles que algunos de nosotros acabaríamos como los tres capataces si descubrían lo que estábamos tramando.
Por la mañana estábamos todos tan cansados, incluido yo mismo, que la mitad de la bodega era un solo ronquido. Hice acopio de mis últimas fuerzas para verle la jeta a Scudamore cuando vino haciendo la primera ronda. Aquella expresión tardaré mucho en olvidarla. Tuvo que notar que algo había cambiado en cuanto llegó abajo, porque se paró de golpe en la escalera.
– Están durmiendo -le chilló a Tim Allison, el más joven de a bordo, que se había hecho cargo de mi poco envidiable trabajo de mantener limpio el infierno.
– ¿Qué otra cosa pueden hacer? -preguntó Tim con buena lógica.
– Son como gatos, Tim. Duermen con un ojo abierto y las orejas levantadas. Y tan pronto oyen nuestros pasos, se despejan completamente. Tienen miedo de que los matemos mientras duermen. Pero ahora duermen como troncos. Esta noche aquí ha pasado algo, no sé qué. ¡Estáte alerta, Tim! Hay que andarse con pies de plomo.
– Sí, señor.
Scudamore avanzó unos cuantos pasos y se agachó para ver a su primer paciente. Me imaginaba los ojos que iba a poner.
– Pero ¿qué diablos es esto? -preguntó.
Tim se apresuró en llegar a su lado.
– ¿Qué pasa, señor? -preguntó.
– ¿Qué pasa? -repitió Scudamore para sus adentros, incrédulo-. Ayer este hombre se estaba muriendo de fiebre. Casi lo había tachado de la lista. Y ahora está aquí durmiendo tan campante, tan sano como tú y como yo, por lo que a mí se me alcanza juzgar.
– Pues qué bien, señor -dijo Tim-. Lo ha salvado.
– Es posible -dijo Scudamore pensativo-, es posible.
No se sorprendió menos cuando fue echando un vistazo al resto de sus pacientes. Parecía que durante la noche todos hubieran sanado. Tim hablaba de milagros, pero Scudamore no era tan tonto. Empezó a dar vueltas de arriba abajo y pronto descubrió a los que ya no les quedaban muchas esperanzas de vida. Scudamore refunfuñó y maldijo porque se vio obligado a empezar desde el principio y a examinar de nuevo a todos, uno por uno. Tardó casi todo el día y cuando hubo acabado estaba tan furioso, desconcertado y extenuado que me reí de él. Mi alegría no tenía límites. Claro que no tardó mucho en plantarse delante de mí con una expresión que no presagiaba nada bueno.
– Por todos los demonios que tienes mala cara -le dije-. Por lo visto, esta mañana te has levantado con el pie izquierdo.
– Silver -dijo rabioso-, no sé qué te hace tanta gracia, pero ándate con cuidado. No se te olvide que vives por misericordia, por mi misericordia.
– No lo he olvidado, Scudamore. Siempre te estaré agradecido, de sobra lo sabes.
– Ni lo intentes, Silver. A mí no me engañas.
– No, Scudamore, he aprendido la lección: en eso no te gana nadie.
– ¿Has tenido tú algo que ver en todo esto? -preguntó.
– ¿En qué? -pregunté inocentemente.
– En jugar al escondite con los negros.
– Perdona, Scudamore, pero no sé de qué estás hablando.
– ¿No?
– Por mi honor, Scudamore.
– Tu honor -dijo riéndose de mala manera-. No daría yo mucho por él.
– Tampoco está a la venta -contesté-. Si no me crees, es asunto tuyo. No tengo por qué cargar con la responsabilidad de tu estupidez, además de apechugar con mis propias culpas.
Scudamore me echó una mirada rencorosa, se dio la vuelta y desapareció. Mi primera buena acción sería sacar de sus casillas a Scudamore hasta volverlo loco, siempre que pudiera. Y en aquella empresa tuve cierto éxito, porque cada noche durante los dos meses que duró el periplo mudábamos a los pacientes de Scudamore. Al final ya no pudo más y le pidió al capitán que, además de los grilletes, nos encadenaran al barco definitivamente, pero el primero de a bordo que había suplido a Butterworth rechazó su solicitud. La cifra de muertes entre los esclavos estaba por debajo de la media y por tanto no se harían cambios radicales. Y la verdad es que la palmaron menos que de costumbre, pero no fue gracias a Scudamore. Con toda modestia este logro se le puede atribuir a un humilde servidor, que engañó a unos cuantos negros para que quisieran vivir un poco más de tiempo.
Sin embargo, Butterworth no sobrevivió al periplo, y nadie puede afirmar que su desaparición fuera una grave pérdida, si es que alguna lo es… excluyéndome a mí, claro. Butterworth mismo tuvo la culpa por calentorro, algo de lo que tuvo tiempo de arrepentirse antes de morir. Hacía dos semanas que habíamos zarpado de Accra cuando para mi alegría oí el relato completo de boca de Tim, a quien sin grandes esfuerzos había convertido en mi confidente. Yo le daba lástima y le hice creer que tenía muy buenos motivos para ello, cosa que además era verdad. No esperaba buen humor en mí.
Así pues, Tim vino corriendo todo lo que pudo entre aquel lío de piernas y brazos, y me contó que Butterworth se estaba muriendo.
– No te asustes, chico -le dije, porque parecía un alma en pena-. Con gusto me hubiera cambiado por Butterworth, en vez de estar aquí tumbado pudriéndome. ¡Si supieras la de veces que he deseado dormirme para siempre!
Pero Tim estaba tan abrumado que apenas oyó lo que le decía.
– Señor Silver -dijo al fin-, es horroroso.
Y a fe mía que vi cómo se le humedecían los ojos.