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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– No, pero siempre podemos venir a las cinco de la madrugada -replicó al fin.

– ¡A las cinco!

Casi se cae de espaldas.

– ¡Por favor! ¡Lo tuyo es muy grave, tío! -le gritó mientras Carl trataba de recordar a quién podía dirigirse en la comisaría del centro para averiguar cómo habían podido soportar a ese espantajo más de una semana.

– Pero Rose -trató de mediar Assad-, es solo porque entonces el caso va hacia delante, o sea.

Eso la hizo saltar como un resorte.

– Assad, haz el favor de no meterte a arruinar una buena discusión. Y deja ya de soltar todos esos entonces y esos o sea. Quítate esa costumbre de una vez, hombre, que tú puedes. Te he oído hablar por teléfono y ahí no se te escapa uno.

Después se volvió hacia Carl.

– Las mesas -prosiguió señalando a Assad-, que las monte ese. Del resto me ocupo yo. Y mañana no pienso venir hasta las cinco y media, porque antes no hay autobuses.

Luego cogió el osito y se lo metió a su jefe en el bolsillo de la camisa.

– Y a este, el dueño se lo buscas tú, ¿entendido?

Cuando salió por la puerta como un torbellino, Assad y Carl se quedaron cabizbajos. Menudo carácter.

– ¿Entonces…?

Assad hizo una breve pausa para reflexionar acerca de la pertinencia de su entonces.

– Entonces, ¿volvemos a ocuparnos del caso oficialmente, Carl?

– No, todavía no. Mañana se verá.

Levantó el puñado de notitas amarillas.

– Veo que has estado atareado, Assad. Has encontrado a alguien del internado con quien podemos hablar. ¿De quién se trata?

– En eso estaba entonces cuando has llegado, Carl.

Se estiró un poco para alcanzar unas fotocopias de la revista de la asociación de antiguos alumnos.

– He llamado al colegio, pero no les ha hecho gracia que quisiera hablar de Kimmie y los otros. Creo que no les gustó mucho lo de los crímenes. También creo que cuando empezó la investigación pensaron echar a Pram, a Dybbøl Jensen, a Florin y a Wolf. No he conseguido sacarles mucho del tema, o sea. Pero después he tenido la idea de que podía buscar a alguien de la clase de aquel chico que se cayó en la piscina y se murió. Además creo que he encontrado a un profesor que trabajó en el internado cuando estudiaban allí Kimmie y los demás. A lo mejor no le importa hablar con nosotros ahora que lo dejó hace tanto tiempo.

Eran casi las ocho de la tarde cuando Carl se presentó en la clínica y, al encontrarse con la cama de Hardy vacía, detuvo a la primera persona de blanco que pasó por allí.

– ¿Dónde está? -preguntó con un mal presentimiento.

– ¿Es usted familiar?

– Sí -mintió como buen gato escaldado.

– A Hardy Henningsen le ha entrado líquido en los pulmones y lo hemos trasladado para poder atenderlo mejor.

Señaló hacia una puerta coronada por un letrero que decía «Terapia intensiva».

– Sea breve -le rogó-. Está agotado.

Una vez dentro, no le cupo la menor duda: Hardy había empeorado. El respirador funcionaba a plena potencia y su amigo estaba ligeramente incorporado en la cama con el torso desnudo, los brazos por encima de la manta, una máscara que le cubría todo el rostro, la nariz llena de tubos, un gotero y aparatos conectados por todas partes.

Tenía los ojos abiertos, pero cuando vio a Carl estaba demasiado cansado para sonreír.

– Hola, viejo -lo saludó el subcomisario.

Le apoyó una mano en el brazo con delicadeza. Hardy no sentía nada, pero qué importaba.

– ¿Qué ha pasado? Dicen que te ha entrado líquido en los pulmones.

El enfermo contestó algo, pero su voz quedó ahogada por la máscara y el zumbido constante de los aparatos. Carl acercó un poco más el oído.

– Dilo otra vez -pidió.

– Se me ha metido un poco de jugo gástrico en los pulmones -repitió Hardy con voz cavernosa.

Puf, qué asco, pensó Carl al tiempo que estrechaba aquel brazo paralizado.

– Tienes que recuperarte, Hardy. ¿Estamos?

– Ese punto del antebrazo ahora es más grande -susurró-. A veces me quema como el fuego, pero no le he comentado nada a nadie.

El subcomisario sabía por qué y no le hacía ni pizca de gracia. Hardy esperaba poder recuperar el movimiento del brazo lo suficiente para levantarlo, empuñar las tijeras de cortar gasa y clavárselas en la aorta. La cuestión era si compartir con él esa esperanza o no.

– Tengo un problema, Hardy, y necesito tu ayuda -dijo Carl mientras acercaba una silla-. Tú conoces a Lars Bjørn mucho mejor que yo, de la época de Roskilde. Quizá tú puedas contarme qué está pasando con mi departamento.

Le explicó a grandes rasgos cómo habían detenido su investigación, que Bak pensaba que Lars Bjørn estaba metido en el ajo y que contaban con el respaldo de la directora de la policía.

– Ahora me han quitado la placa -concluyó.

Hardy tenía la vista clavada en el techo. Si hubiera sido el de antaño, habría sacado un cigarro.

– Lars Bjørn siempre lleva una corbata azul marino, ¿verdad? -dijo al cabo de un instante y no sin grandes dificultades.

Carl cerró los ojos. Efectivamente, la corbata era una parte indispensable del propio Lars Bjørn; y, efectivamente, era azul.

Hardy intentó toser, pero solo pudo emitir un sonido que recordaba a una tetera a punto de quedarse sin agua.

– Es un antiguo alumno del internado, Carl -se oyó débilmente-. Lleva cuatro pequeñas conchas en la corbata. Es la del internado.

Carl se quedó sin habla. Años atrás, una violación en el colegio había estado a punto de acabar con el renombre del centro. ¿Qué consecuencias traería un caso como el suyo?

Mierda. Lars Bjørn era un antiguo alumno del internado. Si estaba interviniendo activamente en todo aquello, ¿lo hacía como defensor y paladín del colegio o en calidad de qué? Interno una vez, interno siempre, decían.

Asintió lentamente. Por supuesto. Así de sencillo.

– Muy bien, Hardy -dijo dando unos golpecitos en la sábana-. Eres genial, ¿quién podría ponerlo en duda?

Le pasó una mano por el pelo a su antiguo compañero. Tenía un tacto húmedo y sin vida.

– ¿No estás cabreado conmigo, Carl? -salió de pronto de detrás de la máscara.

– ¿Por qué me lo preguntas?

– Ya lo sabes. El caso de la pistola de clavos. Lo que le dije a la psicóloga.

– Hardy, joder. Cuando estés mejor resolveremos juntos ese caso, ¿vale? Comprendo perfectamente que estando tumbado aquí se te ocurran ideas raras. Lo entiendo, Hardy.

– No son raras, Carl. Algo ocurría, y ese algo tiene que ver con Anker. Cada vez estoy más seguro.

– Ya lo resolveremos juntos cuando llegue el momento, ¿de acuerdo?

Hardy permaneció un rato en silencio dejando que el respirador realizara su trabajo mientras Carl no podía hacer otra cosa que observar cómo subía y bajaba el pecho de su amigo.

– ¿Querrías hacerme un favor?

La pregunta interrumpió de repente el movimiento monótono del cuerpo del paciente.

El subcomisario retrocedió un poco en el asiento. Ese era el momento que más temía de aquellas visitas a Hardy, su eterno deseo de que lo ayudara a morir. La eutanasia, por usar una bonita palabra; un homicidio por compasión, dicho de otra manera. Terribles ambas.

Lo que le asustaba no era el castigo ni las consideraciones éticas. Simplemente, no podía.

– No, Hardy. No me pidas eso nunca más. No creas que no lo he pensado, pero no. Lo siento muchísimo, chico, pero no puedo.

– No es eso, Carl.

Se humedeció los labios resecos como si con eso fuese a costarle menos transmitir el mensaje.

– Quería preguntarte si no podría vivir en tu casa en lugar de estar aquí.

El silencio que siguió fue desgarrador. Carl se sentía paralizado. Todas las palabras se le agolpaban en la garganta.

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