Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– He estado pensando una cosa -prosiguió Hardy lentamente-. Ese tipo que vive en tu casa, ¿no podría ocuparse de mí?
Su desesperación era como una sucesión de puñaladas.
Carl sacudió la cabeza de manera imperceptible. ¿Morten Holland de enfermero? ¿En su casa? Era para echarse a llorar.
– Esas cosas están subvencionadas, Carl, me he informado. Te mandan una enfermera varias veces al día, eso no es problema. No tienes que preocuparte.
El subcomisario bajó la vista.
– Hardy, en casa no tenemos las condiciones necesarias para algo así, es un sitio pequeño. Y tengo a Morten viviendo en el sótano, que está prohibido.
– Podría instalarme en el salón.
Su voz se había vuelto ronca, como si luchara desesperadamente por no llorar, aunque quizá fuese su estado normal.
– El salón es grande, ¿verdad? En una esquinita. Nadie tiene por qué enterarse de lo de Morten en el sótano. ¿No hay tres habitaciones arriba? Podéis poner una cama en una y que él siga viviendo en el sótano, ¿no?
Aquel hombretón le estaba suplicando. ¿Cómo podía ser tan grande y tan pequeño al mismo tiempo?
– Ay, Hardy…
A Carl le costaba decirlo. La idea de meter aquel armatoste de cama y todos esos aparatos en su salón le parecía terrorífica. Los problemas acabarían destrozando su hogar. Lo poco que quedaba de él. Morten se iría. Jesper se pasaría el día despotricando de todo y de todos. Era completamente imposible por más que él quisiera… en teoría.
– Hardy, estás demasiado enfermo. Si no estuvieras tan mal…
Hizo una larga pausa con la esperanza de que su amigo lo dispensara de aquel tormento, pero este no dijo nada.
– Tú primero recupera un poco más de sensibilidad, vamos a darle tiempo al tiempo.
Miró a Hardy a los ojos y vio cómo se cerraban lentamente. Las esperanzas rotas habían apagado el brillo de su mirada.
Darle tiempo al tiempo, había dicho.
Como si Hardy tuviera otra cosa que hacer.
Desde sus primeros días en el departamento de Homicidios, Carl no había vuelto a levantarse tan temprano como lo hizo a la mañana siguiente. Aunque era viernes, la autopista de Hillerød era una larga cinta sin coches. Los del garaje cerraban las puertas de los vehículos con movimientos pausados. El puesto de guardia olía a café. Había tiempo de sobra.
En el sótano lo esperaba lo más parecido a una sorpresa: una rectísima hilera de mesas convenientemente elevadas hasta la altura del codo le dio la bienvenida a los dominios del Departamento Q; los océanos de papel estaban alineados en pequeños montones, al parecer clasificados de acuerdo con un sistema que sin duda iba a ser fuente de un sinfín de quebraderos de cabeza; tres tablones de anuncios pegados a la pared mostraban diversos recortes relativos al caso; y, al final de la fila, en la última mesa y sobre una diminuta y muy ornamentada alfombra de oración, ronroneaba Assad en posición fetal entregado al más profundo de los sueños.
De la oficina de Rose salía algo que, en el mejor de los casos, se podía descifrar como la Suite n. º 3 de Bach en un arreglo para silbido desenfrenado. Vamos, un concierto de órgano para nivel avanzado.
Diez minutos después los tenía a ambos sentados frente a sendas tazas humeantes en el mismo despacho al que la víspera se había referido como suyo y que ahora le costaba reconocer.
Rose observó cómo se quitaba la chaqueta y la colgaba del respaldo de su silla.
– Bonita camisa, Carl -dijo-. Ya veo que no te has olvidado del osito. ¡Muy bien!
Señaló hacia el bulto que se le marcaba en la pechera.
Él asintió. Era para acordarse de trasladar a Rose a algún departamento nuevo e indefenso en cuanto se presentara la ocasión.
– ¿Qué te parece entonces, jefe? -preguntó Assad recorriendo con un amplio movimiento de la mano todo el local, en el que nada perturbaba la visión. Una auténtica delicia para los del feng shui. Limpieza de líneas y también de suelos.
– Johan ha bajado a echarnos una mano, volvió al trabajo ayer -le explicó Rose-. Al fin y al cabo, el que empezó todo esto fue él.
Carl intentó poner algo de chispa en su helada sonrisa. Estaba contento, pero un poco abrumado.
Cuatro horas más tarde los tres ocupaban sus asientos a la espera de la llegada de la delegación noruega. Cada uno tenía un papel que desempeñar. Habían comentado la lista de agresiones y verificado que las huellas halladas en las tarjetas del Trivial coincidían con dos huellas fácilmente identificables de una de las víctimas, Søren Jørgensen, y otra peor conservada de su hermana. Ahora la cuestión era quién se había llevado esas tarjetas del lugar de los hechos. Si había sido Bjarne Thøgersen, ¿por qué se encontraban entonces en la caja de Kimmie en su casa de Ordrup? La presencia de alguien más que Thøgersen en la cabaña habría supuesto un cambio radical para la interpretación del tribunal en el momento de dictar sentencia.
La euforia se había apoderado de la oficina de Rose Knudsen. Superado el atentado a Bach, ahora se la oía hacer los más furiosos intentos de desenterrar el material relativo a la muerte de Kristian Wolf mientras Assad trataba de averiguar dónde trabajaba y vivía el tal K. Jeppesen, que en tiempos dio clases de lengua a Kimmie y compañía.
Tenían mucho que hacer antes de que llegaran los noruegos.
Al dar las diez y veinte, Carl supo que algo iba mal.
– No van a bajar si no subo a buscarlos -dijo cogiendo su carpeta.
Hizo a la carrera el largo recorrido de subida por las redondas escaleras de piedra hasta el segundo piso.
– ¿Están ahí dentro? -les gritó a un par de compañeros exhaustos que estaban enfrascados en la tarea de deshacer nudos gordianos. Asintieron.
En el comedor había al menos quince personas. Además del jefe de Homicidios, estaban Lars Bjørn -el subjefe-, Lis con una libreta, un par de tipos jóvenes y resueltos vestidos con aburridos trajes, que supuso que serían del Ministerio de Justicia, y cinco individuos de atuendos coloridos que, al contrario que el resto de los presentes, acogieron su llegada mostrando unas dentaduras de lo más sonrientes. Al menos un punto a favor para los invitados de Oslostán.
– Pero a quién tenemos aquí, si es Carl Mørck. ¡Qué sorpresa tan agradable! -exclamó su jefe, que opinaba exactamente lo contrario.
El subcomisario les estrechó la mano a todos, incluida Lis, y se presentó con extremada claridad a los noruegos, a los que no entendía ni media palabra.
– Enseguida continuaremos la visita por las salas inferiores -dijo ignorando la torva mirada de Bjørn-, pero antes me gustaría exponer brevemente mis principios como jefe del Departamento Q, nuestra brigada de más reciente creación.
Se colocó delante del panel que estaban viendo antes de su intromisión y preguntó:
– ¿Me entendéis todos, chicos?
Tomó buena nota de sus entusiastas cabeceos y de las cuatro conchas de la corbata azul marino de Lars Bjørn.
Dedicó los siguientes veinte minutos a exponer a grandes rasgos el esclarecimiento del caso de Merete Lynggaard, que a juzgar por su expresión los noruegos conocían bien, y concluyó con una breve exposición del caso que los ocupaba en aquellos momentos.
Era evidente que los del Ministerio de Justicia estaban desorientados. Supuso que era la primera noticia que tenían del caso.
Luego se volvió hacia Marcus Jacobsen.
– En el curso de nuestras investigaciones acaban de llegar a nuestras manos pruebas inequívocas de que al menos uno de los integrantes del grupo, Kimmie Lassen, está directa o indirectamente vinculada al caso.
Explicó las circunstancias del hallazgo y les aseguró a todos que había un testigo fidedigno presente en el momento de la retirada de la caja, sin perder de vista en ningún momento a Lars Bjørn, cuyo rostro se iba ensombreciendo por momentos.
– ¡Esa caja de metal podría habérsela dado Bjarne Thøgersen, con quien convivía en esa época! -observó con acierto el jefe de Homicidios.