Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué quiso cambiarlo? ¿Fue idea tuya?
– De él. No sé por qué. No se lo pregunté. De todos modos, tampoco me importaba. Siempre estoy aquí, excepto durante las vacaciones, e incluso a veces… No querrás oír esto. Ahora ya lo sabes todo. Me olvidé de patrullar. No me pareció tan mal en aquel momento. La mayoría de los niños se habían ido. Tenían permiso. Había un torneo de hockey. No obstante, si hubiera cumplido mi deber, tal vez habría sorprendido a Matthew Whateley intentando escapar, lo sé. En cualquier caso, no patrullé. Eso es todo.
– ¿Cuántas veces hay que patrullar por el colegio durante un fin de semana?
– Tres veces el viernes por la noche y seis el sábado, lo mismo que el domingo.
– ¿En horas fijas?
– No, claro que no. Patrullar no tendría sentido si los alumnos supieran exactamente a qué hora apareces.
– ¿Todos los estudiantes saben quién es el profesor de guardia?
– Lo saben todos los prefectos. Se les da una lista cada mes. Informan al profesor de guardia si algo va mal, así que han de saber quién es.
– ¿Sabían que Cowfrey Pitt y tú habíais cambiado el turno?
– El rector tuvo que decírselo. El cambio se comunicó a su despacho, como dictan las normas. -Corntel se inclinó hacia adelante, apoyando la frente en una mano-. Lockwood ignora que no patrullé, Tommy. Está buscando un chivo expiatorio. Ha de encontrar uno, o las culpas recaerán sobre él.
Lynley evitó mencionar a Alan Lockwood.
– No me queda otra alternativa que formularte la pregunta siguiente, John. No patrullaste por el colegio el viernes por la noche. Tampoco lo hiciste el sábado. ¿En qué estabas ocupado, y dónde?
– Aquí. Te lo juro.
– ¿Alguien puede corroborarlo?
La cafetera exprés lanzó un chorro de vapor. Corntel la desconectó. Se quedó en aquel rincón de la habitación, con la cabeza gacha y las manos curvadas alrededor del recipiente de vidrio.
– ¿Emilia Bond? -preguntó Lynley.
Un sonido, primo lejano de un sollozo, brotó de los labios de John Corntel.
– Soy patético. Qué pensarás de mí. Tengo treinta y cinco años. Ella, veinticinco. Esto carece de sentido, y todavía más de futuro. Yo no soy lo que ella piensa. No soy lo que ella desea. No lo comprende. No quiere comprender.
– ¿Estuviste con ella el viernes por la noche, y también el sábado?
– Eso es lo peor. Parte del viernes y parte del sábado, pero toda la noche no. Ella no te podrá ayudar. No le hagas preguntas. No la mezcles en esto. La situación entre nosotros ya es bastante mala.
Corntel hablaba con insistencia. El tono de su voz era suplicatorio. Al oírle, Lynley pensó en el castigo que recibiría el director de una residencia si Alan Lockwood averiguaba que una mujer había pasado parte de la noche en su alojamiento. Luego, pensó en el deseo evidenciado por Corntel de no mezclar a Emilia en la situación. Al fin y al cabo, ya no estaban en el siglo XIX, ni Emilia Bond era una mujer cuya virtud necesitara protegerse a costa del futuro profesional de un hombre. Tampoco iba a enfrentarse a la perdición eterna por pasar unas discretas horas en compañía de aquél. Había algo más, algo que trascendía la presencia de la mujer en los aposentos de Corntel. Lynley presentía esa probabilidad, como un peligro evidente y real. Buscó una forma de sacar a la luz lo que el profesor ocultaba. La única esperanza de que Corntel le hablara con franqueza residía en él hecho de que estaban solos. Nadie tomaba notas. El interrogatorio mantenía la apariencia de una conversación entre dos viejos amigos.
– Me da la impresión de que os habéis peleado -dijo Lynley-. La señorita Roly deplora el impacto que Emilia ha causado en tu vida.
Corntel levantó la cabeza.
– Elaine está preocupada. Ha sido la reina de Erebus durante muchos años. El último director también era soltero, y ella no puede soportar el pensamiento de que la mujer de un director usurpe su autoridad. Debí decirle que no tenía motivos para preocuparse. No existe la menor posibilidad de matrimonio en este caso. -Hundió los hombros. Volvió a mirar a Lynley. Tenía los ojos enrojecidos-. No hay relación entre lo que le ha ocurrido a Matthew Whateley y Emilia. Ella no conocía al muchacho.
– Pero ¿admites que ella estuvo aquí, en esta casa?
– Conmigo. Eso es todo.
– Sin embargo, conoce a otros chicos de Erebus. Brian Byrne, por ejemplo, estudia química con ella. Le vi en el laboratorio ayer por la tarde. Y es el prefecto de tu residencia.
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– No estoy seguro, John. Tal vez nada. Tal vez todo. Me dijiste que Brian estuvo en la residencia el viernes por la noche. El propio Brian me confesó que había pasado casi toda la noche en el club social de sexto.
– Pensé que estaba aquí. No lo comprobé.
– ¿Ni siquiera más tarde, después de que Emilia se marchara?
– Estaba disgustado. No pensé en nada. No me preocupé de nada después de que se fuera.
– ¿Sabes si Emilia abandonó el edificio? ¿La viste salir?
El rostro de Corntel, ya teñido de un tono ceniciento, pareció perder aún más color cuando comprendió el significado de la pregunta.
– Santo Dios, no estarás insinuando que Emilia…
– Ayer intentó proteger del interrogatorio al prefecto de tu residencia, John. ¿Qué debo pensar?
– Es su estilo. No cree que nadie sea capaz de hacer el mal. Ni siquiera lo entiende. No es capaz de pensar… -se interrumpió de nuevo con brusquedad.
– ¿No es capaz de pensar…? -le urgió Lynley.
Corntel regresó lentamente al sofá y se quedó mirándolo, como dudando entre seguir de pie o sentarse. Alargó la mano hacia un punto raído del brazo.
– ¿Cómo vas a entenderlo? -preguntó con voz monótona-. El vizconde de Vacennes. El conde de Asherton. ¿Alguna vez has fracasado en algo?
La injusticia de sus palabras, su monstruosa inexactitud, hirió a Lynley en lo más hondo. La sorpresa le redujo al silencio. Por primera vez desde que había empezado la entrevista, anheló la presencia de la sargento Havers, por su habilidad y empeño en poner freno a los sentimientos y ahondar sin piedad en la verdad.
– Es verdad, ¿no? -estaba preguntando Corntel con amargura.
Lynley recobró la voz.
– Nada más lejos, me temo, pero no puedo esperar que tú lo sepas, John, mediando una distancia de diecisiete años.
– No lo creo.
– Tu incredulidad no altera la verdad.
Los ojos de Corntel se desviaron de él. Después, le miró de nuevo. Un temblor convulso agitó su cuerpo.
– Empezamos el año pasado, como simples amigos -dijo-. Nunca me he entendido bien con las mujeres, pero con Emilia era diferente. Me resultaba fácil hablar con ella. Escuchaba. Siempre tenía los ojos clavados en mi cara. Nunca me había pasado con ninguna mujer. Siempre parecían perseguir algo. Hablaban conmigo, sí, pero con la mente concentrada en otra cosa; al poco rato de iniciar la conversación, era incapaz de pensar en decirles algo que retuviera su atención. Pero Emilia… -Adoptó una expresión reflexiva, menos tensa-. Imagino que si Emilia perseguía algo, era mi alma. Creo que no deseaba otra cosa que conocerme a fondo. Incluso nos escribimos durante las vacaciones. Me resulta más fácil expresarme por escrito, mostrarme cómo soy en realidad. En mi caso es así, desde luego. Le escribía y hablaba con ella. Sobre mi padre, sobre la novela que tanto deseo escribir y probablemente nunca escribiré, sobre la música que me gusta, sobre cosas que parecen importantes en mi vida, aunque no sobre todas. Sólo las que me hacen parecer bueno. Incluso ahora pienso que si le hubiera contado todo, todos esos pequeños desagradables secretos íntimos que solemos ocultar, no me habría querido.
– Los pequeños secretos desagradables carecen de toda importancia, excepto en el amor.
– No, eso no es cierto. -Corntel hablaba en tono resignado, aunque sin autocompasión, considerando lo que vino a continuación-. No es verdad, Tommy. Bueno, tal vez sí en tu caso. Tienes muchas más cosas que ofrecer a una mujer que yo. En mi caso, cuando la mente, el espíritu y el cuerpo han demostrado su total insuficiencia, no queda mucho más.