Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
Diana escogió cuidadosamente sus palabras.
– Mi padre es un hombre muy poderoso -dijo-. Y no me refiero solamente a dinero, aunque tiene mucho. Me refiero a auténtico poder. Relaciones políticas, incluso internacionales. Su padre y su abuelo eran diplomáticos. Y su empresa, la empresa de la familia, tiene intereses en todos los sectores, desde la tecnología punta a las minas de diamantes. Y oficinas en todo el mundo.
Quentin asintió con la cabeza.
– Entonces… si quisiera ocultar un secreto…
– Movería cielo y tierra para conseguirlo. Y conseguiría que permaneciera oculto.
– Para ser realistas, no tendríamos muchas esperanzas de desenterrar ese secreto, si lo enterró lo bastante hondo.
– No. Y convencerlo para que hable no será fácil, después de todos estos años. Es poco probable que haga caso de mis… experiencias… y menos aún que las crea. De hecho, si le digo lo que me ha pasado aquí, es muy capaz de usarlo contra mí. Pensará que son los delirios de una persona necesitada de atención médica, claro está. Quiere que vuelva a estar bajo el control de sus médicos escogidos con todo cuidado, y medicada hasta que deje de pensar por mí misma.
– ¿Por qué?
Ella alzó los ojos, sinceramente sorprendida.
– ¿Por qué?
– Sí. ¿Por qué quiere que sea así? ¿Qué secreto exigiría medidas tan extremas?
– ¿El que me ha impedido saber que tenía una hermana, quizá?
Quentin eligió sus palabras con cuidado.
– Obviamente, hay muchas cosas que no sabemos sobre este asunto. Lo único que digo es que no podemos dar nada por sentado hasta que tengamos más información. Que te hayan ocultado la existencia de Missy y que hayas estado bajo tratamiento médico tantos años podría deberse a diversas causas, completamente desconectadas entre sí.
– Tú no crees eso en realidad.
Con un suspiro, Quentin dijo:
– No, no lo creo. Pero sigo diciendo que no podemos dar nada por sentado sin más datos.
Diana volvió a mirar la vieja caja de puros que tenía en el regazo y tocó distraídamente un pendiente más bien chillón.
– Quentin… Mi madre murió en un hospital psiquiátrico y, si Missy y mis recuerdos no se equivocan, tanto su enfermedad como su muerte tuvieron algo que ver con unas facultades paranormales que no podía dominar.
– Siempre hemos sabido que eso era posible -reconoció él a regañadientes.
– Facultades que posiblemente mi padre creía simples manifestaciones de una enfermedad mental.
– También es posible. Puede que incluso probable. La ciencia médica, sobre todo hace veinticinco o treinta años, tendía a considerar como una enfermedad cualquier cosa que no pudiera explicar.
– Entonces, ¿qué se supone que debo decirle cuando llegue? ¿Que puedo… caminar con los muertos y que me encontré con el espíritu de mi hermana en uno de esos paseos? ¿Cómo crees que reaccionará si le digo eso?
Madison se alegró de que la tormenta se hubiera disipado al fin. Las tormentas parecían molestarle cada vez más y, en cuanto a Angelo, temblaba como una hoja, el pobrecillo.
– Ya ha pasado -le dijo al perro en tono tranquilizador.
Angelo gimió suavemente mientras la miraba. Las tormentas siempre le habían inquietado, pero su nerviosismo crecía sin cesar desde hacía algún tiempo.
– Ya ha pasado -le dijo ella-. La tormenta, por lo menos. Y lo demás… pasará pronto. Te lo prometo.
Angelo se sentó con un suspiro peculiarmente humano que logró expresar aún más inquietud, además de fastidio.
Madison recorrió con la mirada el cuarto de juegos, donde el perrito y ella habían esperado a que pasara la tormenta y que estaba vacío, de no ser por ellos. A decir verdad, todo el hotel estaba horriblemente vacío; prácticamente tenía eco.
– Ya está aquí -dijo Becca desde la puerta.
Madison no se sorprendió, pero estaba preocupada y no intentó disimular un escalofrío de temor.
– Dijiste que Diana no estaba preparada aún.
– Tendrá que estarlo, ¿no?
– Pero ¿y si no lo está?
– Espero que él la ayude.
Madison se agachó para coger a su perrillo y, abrazándolo, comenzó a prodigarle caricias para acallar su gimoteo nervioso.
– Aun así, si eso está aquí… Pueden pasar cosas malas, ¿verdad?
– Suelen pasar. Cuando está aquí, quiero decir.
– ¿Encontrarán más huesos, Becca?
Becca volvió ligeramente la cabeza, como si escuchara algún sonido distante.
– No, esta vez no serán huesos -dijo suavemente-. No serán huesos.
– Diana, nadie va a llevarte a un psiquiátrico, ni a medicarte contra tu voluntad, da igual como reaccione tu padre. Te doy mi palabra.
Ella torció la boca.
– ¿Vas a decirle que eres vidente? ¿Que en el FBI hay una unidad oficial entera formada por personas con facultades extrasensoriales?
– No es ningún secreto. -Él sonrió levemente-. Hacemos lo que podemos por evitar la publicidad indebida, pero mucha gente en este país conoce la existencia de la Unidad de Crímenes Especiales. Incluidas algunas personas muy respetadas y poderosas. Si tu padre no quiere creernos, puedo darle unas cuantas referencias irreprochables, gente que de buena gana le hablará de sus experiencias paranormales. Crea o no lo que le cuenten, tendrá que tomarlo en serio.
– ¿Lo bastante en serio, al menos, como para no llamar a los chicos del cazamariposas para que atrapen a su hija?
– Eso no va a pasar.
– Pareces muy seguro.
– Lo estoy. Créeme.
Diana casi le creyó. Pero conocía a su padre, y su nivel de ansiedad apenas disminuyó. Aun así, fue capaz de dejar por un instante a un lado aquella cuestión para formularle otra pregunta.
– ¿Había algo de interés en esa última caja? -Sin nada más que mostrar, de momento, como fruto de sus esfuerzos, no le quedaba más remedio que preguntarse si el único indicador que estaban destinados a ver era la fotografía, aparentemente corriente, de dos niñas pequeñas.
Aunque bien sabía el cielo que aquella señal había marcado a Diana un rumbo completamente inesperado, un rumbo que le habría parecido increíble apenas unos días antes.
Quentin metió la mano en la caja, sacó lo que parecía un viejo diario y empezó a hojearlo.
– Vaya, vaya, yo diría que esto sí tiene interés.
Su tono pragmático y despreocupado alertó a Diana.
– ¿Qué es?
– A no ser que me equivoque, es el relato de al menos un par de secretos de este hotel.
– ¿Qué? -Diana dejó su silla y rodeó la mesa para reunirse con él en el sofá.
– Mira esto. Las fechas no siguen un orden en particular. Una página tiene una anotación fechada en 1976, y la siguiente es de 1998. -Señaló la primera página a la que se había referido y leyó en voz alta-: «Esta vez, el senador Ryan trajo a su querida. Tenemos todos orden de llamarla "señora Ryan", aunque sabemos que no lo es». Y más de lo mismo. Suena un poco…
– Malintencionado -sugirió Diana.
– Yo iba a decir «resentido».
– También. -Diana estaba mirando la página fechada en 1998-. En esta otra página hay más de lo mismo. Una actriz que vino al hotel a desintoxicarse… Un senador con problemas con la cocaína… Y esto parece el relato de una discusión oída por casualidad entre una mujer y su marido, que la engañaba.
– Supongo que lo escribió alguien del personal de limpieza.
– O se lo contó a quien lo escribiera. -Diana pasó unas cuantas páginas más, deteniéndose lo justo para que ambos leyeran en silencio las pocas líneas que contenía cada hoja-. Es la clase de secretos de los que se entera el personal de servicio, porque las camareras y los empleados de mantenimiento suelen andar por ahí y rara vez se fija uno en ellos. Se enteran de lo que pasa hasta detrás de las puertas cerradas. Amantes, peleas de enamorados, problemas con el alcohol o con el juego… La hija menor de edad de un político a la que mandaron aquí para dar a luz. Y fíjate en esto… Por lo visto, un príncipe europeo pasó aquí casi un mes entero, hace veinte años, mientras sus padres intentaban en secreto librarle de algunos problemas con la ley muy engorrosos.