El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Fue dicho: “Y así dio de beber al sol”.
Y el captor a continuación tomó la sangre de su cautivo
en un recipiente verde con borde emplumado.
Los sacerdotes sacrificiales la derramaban allí dentro por él.
Allí dentro iba el báculo hueco, también emplumado,
Y luego el captor partía para alimentar a los demonios».
Alimento para los demonios.
¡Qué poderoso es el significado de la sangre!
Pienso en esto mientras observo un trazo de ella absorbido en una pipeta fina como una aguja. A mi alrededor hay anaqueles con tubos de ensayo, y el aire zumba con el sonido de las máquinas. Los antiguos consideraban la sangre como una sustancia sagrada, sustentadora de la vida, comida para monstruos, y yo comparto mi fascinación con ellos, aun cuando entiendo que se trata de un mero fluido biológico, una suspensión de células en plasma. El material con el que trabajo todos los días.
El cuerpo humano promedio de setenta kilogramos posee sólo cinco litros de sangre. De esa cantidad, cuarenta y cinco por ciento son células y el resto plasma, una sopa química compuesta por un noventa y cinco por ciento de agua, el resto proteínas y electrolitos y nutrientes. Alguien diría que al reducirla a las divisiones de su estructura biológica se la desprende de su naturaleza divina, pero no estoy de acuerdo. Es al observar las mismas divisiones de su estructura biológica que se reconocen sus propiedades milagrosas.
La máquina suena, señal de que el análisis ha sido completado, y sale un informe por la impresora. Arranco la hoja y estudio los resultados.
Con una sola mirada, sé muchas cosas sobre la señora Susan Carmichael, a quien no conozco. Su hematocrito está bajo, apenas veintiocho, cuando debería ser de cuarenta. Está anémica, carece de la reserva normal de glóbulos rojos que transportan oxígeno. Es la proteína de la hemoglobina, dentro de estas células con forma de disco, la que hace que nuestra sangre sea roja, la que da un tono rosado a nuestras cutículas y produce un hermoso rubor en las mejillas de una adolescente. Las cutículas de la señora Carmichael están pálidas, y si uno diera vuelta sus párpados, la conjuntiva aparecería sólo con un rosa nacarado pálido. Como está anémica, su corazón debe trabajar más rápido para bombear la sangre diluida a través de las arterias, de modo que ella se detiene en cada descanso de las escaleras para recuperar el aliento, para calmar su pulso en aumento. La veo inclinándose hacia delante, la mano en la garganta, su pecho exhalando una suerte de mugido. Cualquiera que la cruce en las escaleras podría ver que no está bien.
Puedo ver todo eso con sólo mirar esta hoja de papel.
Hay más. En su paladar aparecen trazos de rojo; petequia, donde la sangre irrumpió a través de los capilares y se estableció en la mucosa de la membrana. Tal vez ella ignora estos puntitos sangrantes. Tal vez los ha notado en otra parte de su cuerpo, bajo las uñas, o en sus canillas. Tal vez encuentra moretones de los que no puede recordar el golpe, desconcertantes islas azules en sus brazos o en sus muslos, y ella se devana los sesos tratando de recordar cuándo pudo haberse lastimado. ¿Fue acaso un golpe contra la puerta del auto? ¿El niño colgando de su pierna con las manitos bien aferradas? Busca razones externas, cuando la verdadera causa acecha dentro de su flujo sanguíneo.
El recuento de plaquetas es de dos mil; debería ser diez veces más alto. Sin plaquetas, esas pequeñas células que ayudan a coagular la sangre, al más ligero golpe le quedará un hematoma.
Hay todavía más que aprender de esta endeble hoja de papel.
Miro el diferencial de sus glóbulos blancos, y veo la explicación para sus pesares. La máquina ha detectado la presencia de mieloblastos, precursores de glóbulos blancos primitivos que no pertenecen al flujo sanguíneo. Susan Carmichael tiene una leucemia mieloblástica aguda. Puedo imaginar cómo se desarrollará su vida en los próximos meses. La veo yaciendo sobre la mesa de tratamiento, los ojos cerrados por el dolor mientras la aguja para el hueso de la médula penetra por su cadera.
Veo su pelo cayendo en mechones, hasta que se resigna a lo inevitable, a la afeitadora eléctrica. Veo mañanas en que aparece encorvada sobre el lavatorio del baño, y largos días de mirar el techo, su universo reducido a las cuatro paredes de su dormitorio.
La sangre es dadora de vida, el mágico fluido que nos sostiene. Pero la sangre de Susan Carmichael se ha vuelto en su contra; fluye por sus venas como veneno.
Puedo conocer todos estos detalles íntimos sobre ella sin siquiera haberla visto una vez.
Transmito los resultados por fax a su médico, coloco el informe de laboratorio en la bandeja para enviarlo más tarde, y busco el siguiente espécimen. Otro paciente, otro tubo de sangre.
La conexión entre la sangre y la vida fue establecida desde los albores del hombre. Los antiguos no sabían que la sangre se fabrica en la médula, o que su mayor parte no es más que agua, pero sí apreciaban su poder en rituales y sacrificios. Los aztecas utilizaban perforadores de hueso y agujas de agave para perforar su propia piel y hacer brotar sangre. Practicaban agujeros en sus labios o lengua o en la carne de su pecho, y la sangre resultante era un ofrecimiento para los dioses. Hoy en día una mutilación semejante sería considerada enferma y grotesca, el sello de la locura.
Me pregunto qué pensarían los aztecas de nosotros.
Aquí sentado, en mi ámbito estéril, vestido de blanco, las manos enguantadas para protegerlas de un derrame accidental. Qué lejos nos hemos desviado de nuestra naturaleza esencial. La sola visión de la sangre hace que algunos hombres se desmayen, y la gente se afana por ocultar semejantes horrores a los ojos del público, lavando las aceras donde se ha derramado sangre, o cubriendo los ojos de los niños cuando la violencia erupciona en la televisión. Los seres humanos han perdido contacto con lo que son, con quiénes son.
Algunos de nosotros, sin embargo, no lo hemos hecho.
Caminamos entre el resto, normales en todo sentido; tal vez somos más normales que cualquiera porque no nos permitimos ser envueltos y momificados con las vendas asépticas de la civilización. Vemos sangre y no nos apartamos. Reconocemos su pulida belleza; sentimos su llamado primitivo.
Todo el que pasa conduciendo su auto cerca de un accidente y no puede evitar mirar la sangre entiende esto. Bajo la revulsión, bajo la necesidad de apartar la mirada, palpita una fuerza mayor. Una atracción.
Todos queremos mirar. Pero no todos lo reconocemos.
Es solitario el caminar entre los anestesiados. Por las noches, vagabundeo por la ciudad y respiro un aire tan espeso que casi puedo verlo. Calienta mis pulmones como un almíbar hirviente. Analizo las caras de la gente en la calle, y me pregunto cuál de ellos es mi querido hermano de sangre, como lo fuiste tú alguna vez. ¿Hay alguien más que no haya perdido contacto con la antigua fuerza que fluye en todos nosotros? Me pregunto si nos podríamos reconocer mutuamente si nos cruzáramos, y temo que no podríamos, porque nos hemos ocultado profundamente bajo la capa que nos hace pasar por normales.
Así es que camino solo. Y pienso en ti, el único que pudo entender algo.
Diecisiete
Como médica, Catherine Cordell había visto la muerte tantas veces que su rostro le resultaba familiar. Había mirado la cara de un paciente y observado su vida apagándose en sus ojos, volviéndolos vacíos y vidriosos. Había visto la piel palidecer hasta el gris, el alma en retirada, escurriéndose como la sangre. La práctica de la medicina es tanto sobre la muerte como sobre la vida, y Catherine hacía tiempo que había conocido a la muerte en los restos de un paciente que comenzaba a enfriarse. No les tenía miedo a los cadáveres.
Sin embargo, cuando Moore dobló en la calle Albany y ella vio el bien mantenido edificio de ladrillos de la Oficina Forense, sus manos comenzaron a transpirar.