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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
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– No podemos descartar totalmente ese recuerdo -dijo Moore-. Puedo creer que Cordell no sea confiable, pero es ella el centro de interés de nuestro asesino. Lo que comenzó Capra, sus acosos, sus asesinatos, no se ha detenido. La ha perseguido hasta aquí.

– ¿Un imitador? -dijo Marquette.

– O un socio -dijo Moore-. Hay antecedentes.

Zucker asintió.

– Las sociedades de asesinos no son para nada inusuales. Pensamos en los asesinos seriales como lobos solitarios, pero cerca de un cuarto de los asesinatos seriales se llevan a cabo entre socios. Henry Lee Lucas tenía uno. Kenneth Bianchi tenía el suyo. Eso les facilita mucho las cosas. El secuestro, el control. La cacería cooperativa; en suma, lo que asegura el éxito de la empresa.

– Los lobos cazan en manada -dijo Moore-. Tal vez Capra lo hizo así.

Marquette tomó el control remoto de la reproductora de video, apretó rebobinar, y luego reproducir. Sobre la pantalla de televisión, Catherine aparecía sentada con los ojos cerrados y los brazos colgando.

¿Quién dice esas palabras, Catherine? ¿Quién dice «es mi turno, Capra»?

No lo sé. No conozco su voz.

Marquette apretó pausa y la cara de Catherine quedó congelada sobre la pantalla. Miró a Moore.

– Hace más de dos años que fue atacada en Savannah. Si él era socio de Capra, ¿por qué esperó tanto para volver por ella? ¿Por qué está sucediendo ahora?

Moore asintió.

– Me pregunto lo mismo. Creo que sé la respuesta. -Abrió la carpeta que había llevado para la reunión y sacó una hoja arrancada del Boston Globe-. Esto apareció diecisiete días antes del asesinato de Elena Ortiz. Es un artículo acerca de mujeres cirujanas en Boston. Un tercio de él está dedicado a Cordell. A su éxito. A sus logros. Además hay una foto suya en colores. -Le alcanzó la hoja a Zucker.

– Esto es interesante -dijo Zucker-. ¿Qué es lo que ve cuando mira esta foto, detective Moore?

– Una mujer atractiva.

– ¿Y además de eso? ¿Qué le dicen su postura, su expresión?

– Me hablan de confianza. -Moore hizo una pausa-. Y de distancia.

– Eso es lo que yo también veo. Una mujer en la cima de su juego. Una mujer intocable. Los brazos cruzados, el mentón en alto. Fuera del alcance de la mayoría de los mortales.

– ¿Adónde quiere llegar con eso? -preguntó Marquette.

– Piensen en lo que produce eso en nuestro asesino. Mujeres dañadas, contaminadas por la violación. Mujeres simbólicamente destruidas. Y aquí aparece Catherine Cordell, la mujer que mató a su socio, Andrew Capra. Ella no parece lastimada. No se ve como una víctima. No, en esta foto aparece como una conquistadora. ¿Qué piensan que habrá sentido cuando vio esta foto? -Zucker miró a Moore.

– Enojo.

– No sólo enojo, detective. Furia desatada, descontrolada. Cuando dejó Savannah, la siguió hasta Boston, pero no puede acceder a su casa porque ella está protegida. De modo que se toma su tiempo, matando otros blancos. Probablemente se imagina a Cordell como una mujer traumada. Una criatura sobrehumana a la espera de ser cosechada como víctima. Entonces un día abre el diario, y se encuentra cara a cara no con la víctima, sino con esta puta conquistadora. -Zucker le devolvió el artículo a Moore-. Nuestro muchacho está tratando de bajarle los humos. Y utiliza el terror para eso.

– ¿Y cuál sería su meta final? -dijo Marquette.

– Reducirla a un nivel en el que pueda volver a manejarla. Sólo ataca a mujeres que actúan como víctimas. Mujeres que han sido tan humilladas y lastimadas que no le representan una amenaza. Y si de hecho Andrew Capra fue su socio, entonces nuestro asesino tiene una motivación más: venganza por lo que ella destruyó.

Marquette dijo:

– ¿Entonces a dónde vamos con esta teoría del socio oculto?

– Si Capra tenía un socio -dijo Moore-, entonces esto nos lleva de vuelta a Savannah. Aquí estamos con las manos vacías. Hasta ahora hemos realizado cerca de mil entrevistas, sin que apareciera ningún sospechoso viable. Creo que es momento de echar un vistazo a todos los que estuvieron asociados con Andrew Capra. Ver si alguno de esos nombres reaparece aquí en Boston. Frost ya está en el teléfono con el detective Singer, el que dirigió el caso en Savannah. Puede volar hasta allí y supervisar la evidencia.

– ¿Por qué Frost?

– ¿Por qué no?

Marquette miró a Zucker.

– ¿No estamos buscando una aguja en un pajar?

– A veces es posible encontrar una aguja en un pajar.

Marquette asintió.

– Está bien. Hagamos lo de Savannah.

Moore se levantó para retirarse pero se detuvo cuando Marquette dijo:

– ¿Puedes quedarte un minuto? Necesito hablar contigo. -Esperaron hasta que Zucker dejara la oficina, luego Marquette cerró la puerta y dijo-: No quiero que vaya el detective Frost.

– ¿Puedo preguntar por qué?

– Porque quiero que seas tú el que vaya a Savannah.

– Frost está listo para hacerlo. Ya lo preparé para eso.

– No se trata de Frost, se trata de ti. Necesitas alejarte un poco de este caso.

Moore se quedó callado; sabía a dónde se dirigía.

– Has estado pasando mucho tiempo con Catherine Cordell -dijo Marquette.

– Ella es la clave de la investigación.

– Demasiadas noches en compañía de ella. Estuviste con ella el martes a medianoche.

«Rizzoli. Rizzoli sabía eso».

– Y el sábado te quedaste con ella. ¿Qué es exactamente lo que está sucediendo?

Moore no dijo nada. ¿Qué podía decir?

«Sí, me pasé de la raya. Pero no puedo evitarlo».

Marquette se hundió en la silla con una mirada de profundo desencanto.

– No puedo creer que tenga que hablar de esto contigo. Contigo, de entre todas las personas. -Suspiró-. Llegó el momento de que te apartes. Pondremos a otra persona para que se haga cargo de ella.

– Pero ella confía en mí.

– ¿Eso es todo lo que hay entre ustedes dos, confianza? Lo que yo escuché va un poco más lejos que la confianza. No necesito aclararte lo inapropiado que es esto. Mira, ambos hemos visto suceder esto a otros policías. Nunca funciona. Tampoco funcionará ahora. Ahora mismo ella te necesita, y resulta que tú estás a mano. Ustedes se calientan y se ponen pesados por un par de semanas, por un mes. Luego ambos despiertan una mañana y ¡bam!, todo terminó. Y ella saldrá herida o tú saldrás herido. Y todos lamentarán que haya sucedido.

Marquette hizo una pausa, a la espera de su respuesta. Moore no tenía ninguna.

– Dejando de lado las cuestiones personales -continuó Marquette-, esto complica la investigación. Y es un jodido papelón para toda la unidad. -Agitó bruscamente su brazo en dirección a la puerta-. Ve a Savannah. Y mantente alejado de una puta vez de Cordell.

– Tengo que explicarle a ella que…

– Ni siquiera la llames. Nos ocuparemos de que reciba el mensaje. Asignaré a Crowe en tu lugar.

– No a Crowe -dijo Moore tajante.

– ¿A quién, entonces?

– A Frost. -Moore suspiró-. Que sea Frost.

– Está bien, Frost. Ahora ve a tomar el avión. Todo lo que necesitas para que las cosas se aplaquen es salir de la ciudad. Seguramente estás furioso conmigo ahora. Pero sabes que lo único que te estoy pidiendo es que hagas lo correcto.

Moore lo sabía, y le resultaba doloroso que se lo enfrentara a un espejo de su propio comportamiento. Lo que veía en ese espejo era a Santo Tomás el caído, impelido por sus propios deseos. Y la verdad lo llenaba de furor, porque no podía luchar contra ella. No lo podía negar. Se las arregló para sostener su silencio hasta salir de la oficina de Marquette, pero cuando vio a Rizzoli sentada a su escritorio, no pudo contener su ira por más tiempo.

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