El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Levantó la vista cuando Moore entró en la habitación.
– ¿Tú estabas a cargo de este desastre? -preguntó.
Él movió la cabeza.
– Marquette les dio el permiso. Teníamos información de que Pacheco estaba en el edificio.
– ¿Y dónde está, entonces?
Cerró el cajón con violencia y cruzó hasta la ventana del dormitorio. Estaba cerrada pero sin traba. La escalera de incendio estaba justo fuera. Abrió la ventana y sacó la cabeza. Un auto de la brigada estaba estacionado en el callejón de abajo, con la radio parloteando, y vio a un oficial apuntando con su linterna hacia un volquete.
Estaba a punto de meter la cabeza de nuevo dentro cuando sintió que algo caía sobre su nuca, y escuchó un desmayado crujido de grava que caía por la escalera de incendio. Azorada, miró hacia arriba. El cielo nocturno se veía blanqueado por las luces de la ciudad, y las estrellas eran apenas visibles. Observó por un momento, estudiando la línea del techo recortada contra ese anémico cielo negro, pero nada se movió.
Trepó fuera de la ventana hacia la escalera de incendio y comenzó a subir la escalera hasta el tercer piso. En el siguiente descanso se detuvo para revisar la ventana de arriba del departamento de Pacheco; habían colocado un mosquitero sobre el vidrio, y la ventana estaba a oscuras.
Volvió a mirar hacia arriba, hacia el techo. Aunque no vio nada, escuchó un sonido que venía de arriba; los pelos de la nuca comenzaban a erizársele.
– ¿Rizzoli? -llamó Moore desde la ventana. Ella no contestó, pero apuntó hacia el techo como muda señal de sus intenciones.
Se secó las palmas húmedas contra sus pantalones, y lentamente subió las escaleras que llevaban al techo. Se detuvo en el último peldaño, tomó una profunda bocanada de aire y, con extremo cuidado estiró la cabeza para mirar por encima del borde.
Bajo el cielo inmóvil, la terraza del edificio era una selva de sombras. Vio la figura de una mesa y sillas, una maraña de ramas arqueadas. Un jardín terraza. Se revolvió hasta treparse al borde, cayó ligeramente sobre los guijarros del asfalto, y tomó el arma. A los dos pasos su pie dio con un obstáculo, que rodó con estrépito. Aspiró el olor fuerte de unos geranios. Advirtió que estaba rodeada de plantas en macetas de terracota. Conformaban para sus pies una carrera de obstáculos.
A su izquierda algo se movió.
Se esforzó por distinguir una figura humana fuera de ese enredo de sombras. Luego lo vio a él, agazapado como un homúnculo negro.
Levantó el arma y ordenó:
– ¡Quieto!
No vio lo que él ya sostenía en la mano. Lo que estaba listo para arrojarle.
Apenas un segundo antes de que la pala de jardín le golpeara la cara, sintió que el aire se sacudía a su alrededor, como un viento maligno silbando en la oscuridad. El golpe resonó en su mejilla izquierda con tanta fuerza que vio una explosión de luces.
Cayó de rodillas, mientras una marea de dolor rugía en sus neuronas; un dolor tan terrible que le quitó la respiración.
– ¿Rizzoli? -Era Moore. Ni siquiera lo había oído subir a la terraza.
– Estoy bien. Estoy bien… -Bizqueó hacia donde estaba agazapada la figura. Se había ido-. Está aquí -susurró-. Quiero a ese hijo de puta.
Moore se abrió paso en la oscuridad. Ella se sostuvo la cabeza, a la espera de que el mareo pasara, maldiciendo su propia negligencia. Luchando por mantener la cabeza despejada, avanzó a los tropezones. La furia era un combustible potente; le brindó estabilidad a sus piernas y la ayudó a empuñar con más firmeza el arma.
Moore estaba a unos pocos metros a su derecha; apenas podía distinguir su silueta, esquivando mesas y sillas.
Se movió a la izquierda, rodeando la terraza en la dirección opuesta. Cada palpitación de su mejilla, cada atizadora puñalada de dolor, eran un recordatorio de que lo había echado a perder. «No esta vez». Su mirada se deslizó por entre las plumosas sombras de los árboles y los arbustos en macetas.
Un súbito chasquido la hizo girar a su derecha. Oyó unos pasos que corrían, vio una sombra moviéndose por la terraza, directo hacia ella.
Moore gritó:
– ¡Alto! ¡Policía!
El hombre seguía avanzando.
Rizzoli bajó hasta quedar en cuclillas, aferrando el arma. Los latidos en su mejilla crecían en estallidos de agonía. Toda la humillación que soportaba, las cotidianas burlas, los insultos, el interminable tormento que significaban los Darren Crowe del mundo, parecieron concentrarse en un único punto de furia.
«Esta vez eres mío, bastardo». Aun cuando el hombre se detuvo repentinamente frente a ella, aun cuando levantó los brazos hacia el cielo, la decisión fue irreversible.
Ella apretó el gatillo.
El hombre se encogió. Luego retrocedió con torpeza.
Ella disparó por segunda vez, por tercera vez, y cada descarga del arma significaba un placentero golpe contra su palma.
– ¡Rizzoli! ¡Cesa el fuego!
El grito de Moore terminó por penetrar el rugido que sentía en sus oídos. Se quedó rígida, todavía apuntando con el arma, los brazos tensos y doloridos.
El sujeto estaba en tierra, y no se movía. Ella se enderezó y caminó con lentitud hacia la forma contraída. Con cada paso que daba, aumentaba el horror de lo que había hecho.
Moore ya estaba arrodillado a un lado del hombre, controlando su pulso. Levantó la vista hacia ella, y aunque no pudo leer su expresión en aquella terraza oscura, supo que había una acusación en su mirada.
– Está muerto, Rizzoli.
– Tenía algo… en la mano.
– No había nada.
– Lo vi. ¡Sé que lo vi!
– Tenía las manos levantadas.
– Maldición, Moore. Fueron unos buenos disparos. Tienes que apoyarme en esto.
Nuevas voces irrumpieron de golpe mientras los policías trepaban y caían sobre la terraza para unirse a ellos. Moore y Rizzoli no volvieron a dirigirse la palabra.
Crowe dirigió la luz de su linterna al hombre. Rizzoli captó la pesadillesca mirada de unos ojos abiertos, una camisa ennegrecida por la sangre.
– ¡Eh! Es Pacheco -dijo Crowe-. ¿Quién lo bajó?
Rizzoli, con una voz carente de matices, dijo:
– Yo lo hice.
Alguien le dio una palmada en la espalda.
– ¡La muchacha policía se portó bien!
– Cierra la boca -dijo Rizzoli-. ¡Sólo cierra la boca! -Se alejó dando tumbos, bajó por la escalera de incendio y se retiró entumecida a su auto. Allí se quedó sentada, acurrucada tras el volante, mientras el pánico daba lugar a la náusea. Mentalmente seguía produciendo y reproduciendo la escena de la terraza. Lo que Pacheco había hecho, lo que ella había hecho. Lo vio nuevamente correr, apenas una sombra, revoloteando hacia ella. Lo vio detenerse. Sí, detenerse. Lo vio mirarla.
«Un arma. Jesús, por favor, que haya un arma».
Pero no había visto ninguna. Durante ese segundo antes de disparar, la imagen se había grabado en su cerebro. Un hombre, congelado. Un hombre con las manos en alto como señal de sumisión.
Alguien golpeó su ventanilla. Barry Frost. Ella bajó el vidrio.
– Marquette te está buscando -dijo.
– Está bien.
– ¿Pasa algo malo? Rizzoli, ¿te sientes bien?
– Siento como si un camión me hubiera pasado por la cara.
Frost se inclinó y le miró la mejilla hinchada.
– ¡Uau! Ese cretino realmente se la vio venir.
Eso era también lo que Rizzoli quería creer: que Pacheco merecía morir. Sí, lo merecía, y ella se estaba atormentando sin razón. ¿Acaso la evidencia no saltaba a la vista? Él la había atacado. Era un monstruo, y al haberle disparado, no hizo más que aplicar una ley rápida y barata. Elena Ortiz y Nina Peyton y Diana Sterling seguramente la aplaudirían. Nadie llora por la escoria del mundo.
Bajó del auto, sintiéndose mejor gracias a la simpatía de Frost. Caminó hacia el edificio y vio a Marquette parado sobre los escalones de la entrada. Hablaba con Moore.