El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Y luego la tomó en sus brazos.
Había pasado mucho tiempo desde que ella se dejara abrazar. Alguna vez la sola idea de las manos de un hombre sobre su cuerpo la había llenado de pánico. Pero en el abrazo de Moore, el pánico era lo último que se le podía cruzar por la cabeza. Respondió a sus besos con una necesidad que los sorprendió a ambos. Privada de amor por tanto tiempo, había perdido todo sentido de ansia. Únicamente ahora, mientras cada parte de sí volvía a la vida, recordó cómo se sentía el deseo, y sus labios buscaron los de él con la avidez de una mujer hambrienta. Fue ella quien lo arrastró por el pasillo hacia el dormitorio, besándolo por el camino. Fue ella quien le desabrochó la camisa y la hebilla del cinturón. Él supo, supo de alguna manera que no podía ser un agresor que la asustara. Que para esto, para su primera vez, ella debía dirigir los movimientos. Pero no pudo disimular su erección, y ella la sintió mientras bajaba el cierre, mientras sus pantalones caían al piso.
Él dirigió sus manos hacia los botones de su blusa y se detuvo, buscando su mirada. La forma en que lo miró, el sonido de su respiración agitada, no le dejaron dudas de que era esto lo que ella quería. La blusa se abrió lentamente, y se deslizó sobre sus hombros. El corpiño cayó al piso en un susurro. Lo hizo con la mayor delicadeza, no arrancándole sus defensas, sino como una liberación bienvenida. Una liberación. Ella cerró los ojos y suspiró de placer mientras él se inclinaba para besarle el pecho. No era un ataque, sino un acto de adoración.
Y así, por primera vez en dos años, Catherine permitió que un hombre le hiciera el amor. No hubo pensamientos sobre Andrew Capra mientras ella y Moore yacían juntos en la cama. No hubo ramalazos de pánico ni los temibles recuerdos retornaron mientras se quitaban lo que les quedaba de ropa, mientras el peso de él la apretaba contra el colchón. Lo que otro hombre le había hecho era un acto tan brutal que no podía conectarse con este momento ni con este cuerpo que la habitaba. La violencia no es sexo, y el sexo no es amor. Amor era lo que ella sentía ahora mientras Moore penetraba en ella, sosteniendo su cara entre las manos, mirándola a los ojos. Había olvidado el placer que puede ofrecer un hombre, y se perdió en el instante, experimentando un gozo tal que le hizo pensar que lo hacía por primera vez.
Estaba oscuro cuando ella despertó en sus brazos. Lo sintió moverse, y lo escuchó preguntarle:
– ¿Qué hora es?
– Ocho y cuarto.
– ¡Dios! -Lanzó una risa de asombro y giró sobre su espalda-. No puedo creer que hayamos dormido toda la tarde. Supongo que me puse al día con el sueño.
– No has estado durmiendo demasiado, por otra parte.
– ¿Quién necesita dormir?
– Hablas como un médico.
– Algo que tenemos en común -dijo, y su mano recorrió lentamente su cuerpo-. Ambos hemos estado privados por mucho tiempo…
Se quedaron inmóviles por un momento. Luego él preguntó en voz baja:
– ¿Cómo estuvo?
– ¿Quieres saber lo buen amante que eres?
– No. Quiero saber cómo te resultó a ti. El hecho de que te tocara.
Ella sonrió.
– Fue bueno.
– ¿No hice nada malo? ¿Te asusté?
– Me has hecho sentir segura. Eso es lo que más necesito. Sentirme segura. Creo que eres el único hombre que ha logrado entender eso. El único hombre en el que siento que puedo confiar.
– Algunos hombres son confiables.
– Sí, pero, ¿quiénes? Nunca lo sé.
– Nunca lo sabes hasta que se presenta la ocasión. Será el que aparezca ante tus narices.
– Entonces creo que nunca lo encontraré. He escuchado decir a otras mujeres que apenas le dices a un hombre lo que te pasó, apenas utilizas la palabra violación, los hombres se alejan. Como si fuésemos productos fallados. Los hombres no quieren oír hablar de eso. Prefieren el silencio a la confesión. Pero el silencio se extiende. Lo abarca todo, hasta que no puedes hablar de nada. Todo en la vida se convierte en un tema tabú.
– Nadie puede vivir de esa manera.
– Es la única forma en que las demás personas pueden tolerar estar cerca de nosotras. Si mantenemos el silencio. Pero incluso aunque no hable de ello, está allí.
Él la besó, y ese acto sencillo fue más íntimo que cualquier acto de amor, porque llegaba tras la confesión.
– ¿Te quedarás conmigo esta noche? -susurró.
Sintió su aliento cálido sobre su pelo.
– Si me dejas invitarte a cenar.
– Oh, me olvidé por completo de la comida.
– Es la diferencia entre hombre y mujer. Un hombre nunca se olvida de comer.
Sonriendo, ella se sentó.
– Tú prepara los tragos, entonces. Yo te alimentaré.
Él mezcló dos martínis, y dieron unos sorbos mientras ella armaba una ensalada y colocaba unos bifes sobre la plancha. «Comida masculina», pensó divertida. Carne roja para el nuevo hombre en su vida. El acto de cocinar nunca le había parecido tan placentero como esta noche, con Moore sonriendo mientras le alcanzaba el salero y el pimentero, su cabeza zumbando con el alcohol. Tampoco podía recordar la última vez que la comida le había sabido tan buena. Era como si acabara de emerger de una botella sellada y experimentara la vibración de los sabores y olores por primera vez.
Comieron en la mesa de la cocina y tomaron vino. Su cocina, con los azulejos blancos y los aparadores blancos, de repente pareció iluminarse con nuevos colores. El rubí del vino, la crocante lechuga verde, las servilletas de tela azul cuadriculada. Y Moore sentado frente a ella. Alguna vez había pensado en él como alguien incoloro, como otro de los hombres sin rasgos que pasaban de largo por una calle de la ciudad, meros trazos de pincel sobre una tela plana. Sólo ahora lo veía en su totalidad, con la cálida aspereza de su piel, la red de arrugas risueñas alrededor de sus ojos. Todas las encantadoras imperfecciones de una cara bien curtida.
«Tenemos toda la noche», pensó, y la expectativa de lo que tenían por delante atrajo una sonrisa a sus labios. Se levantó y extendió una mano hacia él.
El doctor Zucker detuvo la cinta de video de la sesión del doctor Polochek y se volvió hacia Moore y Marquette.
– Puede ser un recuerdo falso. Cordell creó una segunda voz que no existe. Vean, ése es el problema con la hipnosis. La memoria es algo fluido. Puede ser alterada y reescrita para encajar con ciertas expectativas. Ella acudió a esa sesión creyendo que Capra tenía un socio. Y en el acto aparece ese recuerdo. Una segunda voz. Otro hombre en la casa. -Zucker sacudió la cabeza-. No es confiable.
– No es sólo su memoria la que sustenta la posibilidad de un segundo individuo -dijo Moore-. Nuestro sospechoso envió pelos que sólo pudieron haber sido recogidos en Savannah.
– Ella dice que el pelo fue recogido en Savannah -señaló Marquette.
– ¿Tú tampoco le crees?
– El teniente señala un punto válido -dijo Zucker-. Esta vez nos enfrentamos a una mujer emocionalmente frágil. Incluso a dos años del ataque, puede no estar del todo estable.
– Es una cirujana.
– Sí, y funciona bien en su lugar de trabajo. Pero está lastimada. Tú lo sabes. El ataque dejó su huella.
Moore se mantuvo en silencio, pensando en el primer día que conoció a Catherine. Lo preciso de sus movimientos, siempre controlados. Una persona distinta de la chica despreocupada que apareció durante la sesión de hipnosis, la joven Catherine calentándose al sol en la cabaña de sus abuelos. Y la noche anterior, esa gozosa y joven Catherine había resurgido entre sus brazos. Había estado allí todo el tiempo, atrapada en esa quebradiza cascara, esperando a que la liberaran.
– ¿Entonces qué hacemos con esta sesión de hipnosis? -preguntó Marquette.
– No digo que ella no lo crea -dijo Zucker-. Que no lo recuerde vividamente. Es como decirle a un niño que hay un elefante en el patio de atrás. Tras un rato, el chico lo cree con tanta intensidad que puede describir la trompa del elefante, los fardos de paja que come. El colmillo roto. La memoria se vuelve realidad. Aun si nunca sucedió.