Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El cirujano
El cirujano - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
1 ... 47 48 49 50 51 52 53 54 55 ... 80
Перейти на страницу:

La miró alejarse en silencio, y no pudo pensar en nada que decirle, nada que pudiera reparar la brecha que se abría entre ambos.

Se dirigió a su propia oficina y se hundió en la silla.

«Soy un dinosaurio, -pensó-, que se mueve pesadamente en un mundo donde los que dicen la verdad son despreciados».

Ahora no podía pensar en Rizzoli. El caso contra Pacheco se había desintegrado, y estaban de vuelta en cero, a la caza de un asesino sin nombre.

Tres mujeres violadas. Seguía volviendo a lo mismo. ¿Cómo hacía el Cirujano para encontrarlas? Sólo Nina Peyton había denunciado su violación a la policía. Elena Ortiz y Diana Sterling no lo hicieron. El suyo era un trauma privado, conocido sólo por los violadores, sus víctimas y los médicos profesionales que las habían tratado. Pero las tres mujeres habían buscado asistencia médica en lugares distintos: Sterling en el consultorio de una ginecóloga en Back Bay. Ortiz en la sala de emergencias del Centro Médico Pilgrim. Nina Peyton en la clínica para mujeres de Forest Hills. No había yuxtaposición de personal ni médicos o enfermeras o recepcionistas que hubieran podido estar en contacto con más de una de esas mujeres.

De algún modo el Cirujano sabía que esas mujeres habían sido dañadas, y le atraía su pánico. Los asesinos sexuales eligen a su presa entre los miembros más vulnerables de la sociedad. Buscan mujeres que puedan controlar, mujeres que puedan degradar, mujeres que no los amenacen. ¿Y quién es más frágil que una mujer que ha sido violada?

Mientras salía, se detuvo para mirar en la pared las fotos de Sterling, Ortiz y Peyton clavadas en ella. Tres mujeres. Tres violaciones.

«Y una cuarta». Catherine había sido violada en Savannah.

Parpadeó cuando la imagen de su cara repentinamente cruzó por su mente, una imagen que no podía evitar añadir a la galería de víctimas en la pared.

«De algún modo, todo se remonta a lo que sucedió esa noche en Savannah. Todo se remonta a Andrew Capra».

Dieciséis

En el corazón de Ciudad de México la sangre humana corrió alguna vez en forma de río. Bajo la fundación de la moderna metrópolis yacen las ruinas del Templo Mayor, el gran sitio azteca que dominaba la antigua Tenochtitlán. Aquí, cientos de miles de desafortunadas víctimas eran sacrificadas a los dioses.

El día que caminé por los parajes de aquel templo, sentí algo de diversión ante el hecho de que cerca se erigiera una catedral, donde los católicos prenden velas y susurran plegarias a un Dios piadoso que está en el cielo. Se arrodillan cerca del lugar mismo donde alguna vez hubo piedras resbaladizas de sangre. Lo visité un domingo, sin saber que los domingos la entrada es gratis, y que el museo del Templo Mayor hormigueaba de niños sus voces produciendo un eco claro en los corredores. No me interesan los niños, ni la agitación y el desorden que producen; si vuelvo allí, recordaré evitar los museos en domingo.

Pero era mi último día en la ciudad, de modo que me adapté a esos irritantes ruidos. Quería ver la excavación, y quería recorrer el Pabellón Dos. El Pabellón de los Rituales y Sacrificios.

Los aztecas creían que la muerte era necesaria para la vida. Para mantener la sagrada energía del mundo, para mantener las catástrofes a distancia y asegurar que el sol continuase saliendo, los dioses debían alimentarse con corazones humanos. Parado en el Pabellón de los Rituales vi, en una vitrina de vidrio, el cuchillo de sacrificio que se había enterrado en la carne. Tenía un nombre: Tecpatl Ixcuahua. El Cuchillo de la Frente Ancha. La hoja estaba hecha de obsidiana, y la empuñadura tenía la forma de un hombre arrodillado.

¿Cómo hace uno para andar por ahí cortando corazones humanos equipado únicamente con un cuchillo de piedra?, me pregunté.

Esa pregunta me consumía mientras caminaba más tarde, esa noche, por la Alameda Central, ignorante de los harapientos callejeros que formaban fila detrás de mí, mendigando monedas. Tras unos momentos advirtieron que no podían seducirme los ojos castaños ni las sonrisas llenas de dientes, y me dejaron solo. Finalmente me fue concedida cierta medida de paz, si tal cosa es posible en la cacofonía de Ciudad de México. Encontré una confitería, me senté en una mesa en la acera sorbiendo un café fuerte, y era el único cliente que había elegido sentarse afuera con el calor. Busco desesperadamente el calor; alivia mi piel quebradiza. Lo busco en la misma forma en que un reptil busca una piedra caliente. Y así, ese día bochornoso, tomé mi café y consideré el pecho humano, preguntándome desconcertado cómo aproximarme mejor al tesoro palpitante que yace dentro.

El ritual propiciatorio de los aztecas fue descrito como rápido, con un mínimo de tortura, y esto plantea un dilema. Sé que es un trabajo duro romper el esternón y separar el hueso que protege al corazón como un escudo. Los cirujanos cardíacos realizan una incisión vertical bajando hasta el centro del pecho, y separan el esternón en dos con un serrucho. Tienen asistentes que los ayudan a abrir las dos mitades óseas, y utilizan una variedad de sofisticados instrumentos para ensanchar el campo, cada herramienta diseñada en reverberante acero inoxidable.

Un sacerdote azteca, sólo con un cuchillo de piedra, hubiera tenido problemas para utilizar semejante método. Debe de haber necesitado un buril para machacar el esternón y separarlo hasta su centro, y allí debe haber habido mucho forcejeo. Y una buena cuota de gritos.

No, el corazón debe de haber sido extirpado con otro método.

¿Un corte horizontal entre dos costillas desde el flanco? Esto, también, plantea problemas. El esqueleto humano es una estructura robusta, y separar dos costillas lo suficiente como para introducir una mano requiere fuerza y herramientas especializadas. ¿Acaso el método de cortar desde abajo sería más sensato? Un corte ágil en el estómago abriría el abdomen, y todo lo que el sacerdote tendría que hacer sería cortar el diafragma y rebuscar hasta agarrar el corazón. Ah, pero esto es una opción desprolija, con intestinos desparramados sobre el altar. En ningún lugar de los bajorrelieves aztecas aparecen dibujadas las víctimas con jirones de intestinos sobresaliendo.

Los libros son algo maravilloso; pueden contarnos cualquier cosa, todo, incluso cómo extirpar un corazón utilizando un cuchillo de piedra, con un mínimo de problemas. Encontré mi respuesta en un libro de texto con el siguiente título: Sacrificios humanos y armamentos guerreros, escrito por un académico (¡qué interesante lugar son hoy en día las universidades!), un hombre llamado Sherwood Clarke, a quien me gustaría muchísimo conocer algún día.

Creo que nos enseñaríamos mutuamente muchas cosas.

Los aztecas, dice el señor Clarke, realizaban una toracotomía transversal para cortar el corazón. La herida se deslizaba a lo largo del pecho, comenzando entre la segunda y la tercera costilla, a un costado del esternón, cortando entre el hueso y el lado opuesto. El hueso se rompía transversalmente, tal vez con un mazo afilado y un cincel. El resultado era un agujero boqueante. Los pulmones, expuestos al aire exterior, colapsaban en el acto. La víctima perdía rápidamente la conciencia. Y mientras el corazón continuaba latiendo, el sacerdote buscaba en el pecho y seccionaba las arterias y las venas. Agarraba el órgano, todavía palpitante, desde su sangrienta cuna, y lo elevaba al cielo.

Y así lo describe el Códice Florentino en la obra de Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España:

«Un sacerdote oficiante lleva el báculo del águila,

lo deja parado sobre el pecho del cautivo, allí donde estaba el corazón,

manchado de sangre, en realidad sumergido en la sangre.

Luego también elevó la sangre como ofrenda al sol.

1 ... 47 48 49 50 51 52 53 54 55 ... 80
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)