Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El cirujano
El cirujano - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 80
Перейти на страницу:

Ambos se volvieron para enfrentarla mientras se acercaba. Notó que Moore eludía su mirada y la enfocaba en otra parte. Se veía descompuesto.

Marquette dijo:

– Necesito tu arma, Rizzoli.

– Disparé en defensa propia. El sospechoso me atacó.

– Lo entiendo. Pero conoces los procedimientos.

Ella miró a Moore. «Me gustabas. Confiaba en ti», dijo con la mirada. Aflojó la funda del revólver y se la dio a Marquette.

– ¿Quién es aquí el maldito enemigo? -dijo ella-. A veces me lo pregunto.

Y dándoles la espalda volvió al auto.

Mientras Moore revisaba el armario de Karl Pacheco pensó: «Esto está todo mal». En el piso había media docena de pares de zapatos talla cuarenta y cuatro, extra anchos. Sobre el estante había unos suéteres polvorientos, una caja de zapatos con baterías sulfatadas y cambio chico, y una montaña de revistas Penthouse.

Escuchó que se deslizaba un cajón y se volvió para ver a Frost, cuyas manos enguantadas revolvían en el cajón de las medias de Pacheco.

– ¿Hay algo? -preguntó Moore.

– No hay escalpelos ni cloroformo. Ni siquiera un rollo de tela adhesiva.

– ¡Ding, ding, ding! -anunció Crowe desde el baño, y se paseó agitando una bolsa de frascos de plástico que contenían un líquido marrón-. Desde la soleada ciudad de México, tierra de la plenitud farmacéutica.

– ¿Rohypnol? -preguntó Frost.

Moore echó una mirada a la etiqueta, impresa en castellano.

– Gama hidroxibutirato. El mismo efecto.

Crowe sacudió la bolsa.

– Lo que hay aquí dentro sirve al menos para cien violaciones. Pacheco debía tener un pito muy ocupado. -Se rió.

El sonido de la risa le resultó chirriante a Moore. Pensó en ese pito ocupado y el daño que había hecho, no sólo daño físico, sino destrucción espiritual. Las almas que había partido en dos. Recordó lo que le había dicho Catherine: que la vida de cada víctima de violación quedaba dividida en un antes y un después. Un ataque sexual convierte el mundo de una mujer en un paisaje sombrío y poco familiar en el que cada sonrisa, cada momento luminoso, está manchado por la desesperación. Semanas atrás, apenas hubiera registrado la risa de Crowe. Esta noche la escuchó demasiado bien, y reconoció su fealdad.

Fue hasta el living, donde el hombre negro era interrogado por el detective Sleeper.

– Le repito que sólo estábamos pasando el rato -dijo el hombre.

– ¿Se dedican a pasar el rato con seiscientos dólares en el bolsillo?

– Me gusta llevar efectivo, hombre.

– ¿Qué vino a comprar?

– Nada.

– ¿Cómo conoció a Pacheco?

– Lo conozco y punto.

– Oh, un verdadero amigo íntimo. ¿Qué vendía?

«Gamma hidroxibutirato, -pensó Moore-. La droga que utilizan para violar. Eso es lo que vino a comprar. Otro pito ocupado».

Salió a la noche y se sintió inmediatamente desorientado por las luces intermitentes de los patrulleros. El auto de Rizzoli había desaparecido. Clavó la mirada en el espacio vacío y la carga de lo que había hecho, de lo que se había sentido impelido a hacer, de pronto pesó tanto sobre sus hombros que no pudo moverse. Nunca a lo largo de su carrera se había visto enfrentado a una decisión tan terrible, y a pesar de sentir en su corazón que había tomado la decisión correcta, se sentía atormentado por ella. Trató de reconciliar su respeto por Rizzoli con lo que la había visto hacer en la terraza. Todavía no era tarde para retractarse de lo que le había dicho a Marquette. Estaba oscuro y era todo confuso en la terraza; tal vez Rizzoli pensó en serio que Pacheco empuñaba un arma. Tal vez había visto un gesto, un movimiento que a Moore se le había escapado. Pero por más que se esforzase, no podía recuperar ningún recuerdo que justificara sus acciones. No podía interpretar aquello de lo que había sido testigo más que como una ejecución a sangre fría.

Cuando la volvió a ver, ella estaba encorvada sobre su escritorio, apretando una bolsa de hielo contra su mejilla. Era pasada la medianoche, y él no estaba con ánimo de conversar. Pero ella levantó la vista al verlo pasar y su mirada lo dejó clavado en el lugar.

– ¿Qué le dijiste a Marquette? -preguntó.

– Lo que quería saber. Cómo terminó muerto Pacheco. No le mentí.

– Eres un hijo de puta.

– ¿Crees que tenía ganas de decirle la verdad?

– Tuviste la oportunidad de elegir.

– Tú también, allá arriba en la terraza. Elegiste la incorrecta.

– Y tú nunca eliges la opción incorrecta, ¿verdad? Tú nunca te equivocas.

– Si me equivoco, me hago cargo.

– Ah, sí. Maldito Santo Tomás.

Se acercó a su escritorio y la miró directo a los ojos.

– Eres uno de los mejores policías con los que he trabajado. Pero esta noche mataste a un hombre a sangre fría, y yo lo presencié.

– No tenías por qué verlo.

– Pero lo hice.

– ¿Qué es lo que realmente vimos allá arriba, Moore? Un montón de sombras, un montón de movimientos. La distancia entre la elección correcta y la elección incorrecta es así de corta. -Levantó dos dedos que casi se tocaban-. Y nos permitimos eso. Entre nosotros nos permitimos el beneficio de la duda.

– Yo hice el intento.

– No intentaste lo suficiente.

– No pienso mentir por otro policía. Aunque se trate de un amigo.

– Tratemos de recordar quiénes son aquí los chicos malos. No somos nosotros.

– Si comenzamos a mentir, ¿cómo trazamos la línea entre ellos y nosotros? ¿Dónde termina?

Ella se quitó la bolsa de hielo de la cara y señaló su mejilla. Uno de sus ojos estaba cerrado por la hinchazón y toda la parte izquierda de su cara crecía como un globo lívido. La apariencia brutal de su herida lo impactó.

– Esto es lo que me hizo Pacheco. No precisamente una palmadita amistosa, ¿no? Tú hablas de ellos y nosotros. ¿De qué lado estaba él? Le hice un favor al mundo al borrarlo del mapa. Nadie va a echar de menos al Cirujano.

– Karl Pacheco no era el Cirujano. Le disparaste al hombre equivocado.

Ella lo miró fijo, con su cara como un espeluznante Picasso medio grotesco, medio normal.

– ¡Tenemos una concordancia de ADN! Fue él quien…

– Quien violó a Nina Peyton, sí. Nada en él concuerda con el Cirujano.

Arrojó el informe de Pelos y Fibras sobre su escritorio.

– ¿Qué es esto?

– El análisis microscópico del pelo de la cabeza de Pacheco. Distinto color, distinto rizado, distinta densidad de cutícula en relación con el cabello encontrado en el borde de la herida de Elena Ortiz. No hay evidencia de pelo con formación en bambú.

Ella permaneció inmóvil, mirando el informe del laboratorio.

– No entiendo.

– Pacheco violó a Nina Peyton. Eso es todo lo que podemos decir con alguna certeza.

– Tanto Sterling como Ortiz fueron violadas…

– No podemos probar que Pacheco lo hizo. Ahora que está muerto, no lo sabremos nunca.

Ella volvió a mirarlo, y el lado sano de su cara se tensó de rabia.

– Tiene que haber sido él. Toma tres mujeres al azar en esta ciudad, ¿y cuáles son las probabilidades de que todas ellas hayan sido violadas? Eso es lo que el Cirujano se ingenió para hacer. Les dio a tres de tres. Si no es él el que las viola, ¿cómo sabe entonces a quién elegir, a quién masacrar? Si no era Pacheco, entonces es un amigo, un socio. Algún maldito buitre que se alimenta de la carroña que Pacheco deja a su paso. -Le devolvió bruscamente el informe-. Tal vez no le disparé al Cirujano. Pero el hombre al que le disparé era escoria. Todos parecen olvidar ese hecho. Pacheco era escoria. ¿No merezco una medalla? -Se levantó y golpeó violentamente la silla contra el escritorio-. Tareas administrativas. Marquette me convirtió en una secretaria ejecutiva de mierda. Muchas gracias.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 80
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)