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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—Sí, Aronha. Sé que tiene razón, y sé que Akma tiene razón, y sé que yo tengo razón. Aronha cabeceó serenamente.

—Somos los hijos del rey. No tenemos más autoridad que la que él nos otorga, pero gozamos de enorme prestigio. Asestaríamos un golpe fatal a las reformas de Akmaro si nos opusiéramos a ellas públicamente. Y no somos sólo los motiaki los dispuestos a hacerlo, sino también el hijo de Akmaro…

—Quizá la gente nos escuche —dijo Akma.

—La gente se caerá de espaldas —afirmó Ominer.

—Pero eso es traición —apuntó Khimin.

—Nada de lo que decimos niega la autoridad del rey —dijo Ominer—. ¿No escuchas o qué? Afirmamos la antigua alianza entre humanos y ángeles. Afirmamos la decisión ancestral de que los descendientes de Nafai deben reinar sobre los nafari. Sólo rechazamos estas pamplinas supersticiosas según las cuales el Guardián ama a los cavadores tanto como a la gente del cielo y a la gente media.

—Pensándolo bien —dijo Khimin—, los ángeles son la gente del cielo, los humanos somos la gente del suelo y los cavadores no son gente.

—No obtendremos mucho apoyo —dijo Akma secamente— si llamamos «gente del suelo» a los humanos. Khimin rió nerviosamente.

—No, supongo que no.

—Ominer tiene razón —dijo Akma—. Pero yo también tengo razón cuando digo que no estamos preparados. Tenemos que prepararnos para hablar de este tema, todos, en cualquier momento.

—¿Yo? —exclamó Aronha—. Yo no soy como Mon o como tú, no puedo abrir la boca y perorar durante horas.

—Ese talento es propio de Akma —dijo Mon. Ominer resopló.

—Vamos, Mon. Siempre hacíamos la misma broma. ¿Mon está despierto? No sé. ¿Está hablando? Entonces está despierto.

Aquellas palabras le dolieron, aunque era evidente que Ominer no quería herirlo. Mon cerró la boca, decidido a callar hasta que le rogasen que hablara.

—Insisto —dijo Akma—, tenemos que obrar con total solidaridad. Si todos los hijos de Motiak y el hijo de Akmaro se unen para oponerse a la nueva política, todos comprenderán que, al margen de lo que decida el rey actual, los cavadores no serán ciudadanos en el reino del próximo rey. Esto alentará a los cavadores liberados a marcharse y a regresar a territorio elemaki, donde deben estar. Y nadie podrá decir que nos oponemos a la libertad, porque nuestro plan consiste en liberar a todos los esclavos de inmediato, pero liberarlos en la frontera, para que no engendren más cavadores libres que querrán ser ciudadanos de una nación donde no encajan. Es una política benévola, en realidad, reconocer las insuperables diferencias entre nuestras especies y despedirse amable pero enérgicamente de los cavadores que se creen civilizados.

Los otros aceptaron. Era un buen programa. El respaldo era unánime.

—Pero si uno solo de los hijos de Motiak parece estar en desacuerdo con cualquier aspecto de este programa, si uno solo de los hijos de Motiak demuestra que aún cree en esas tonterías que Akmaro predica sobre el Guardián…

Que nuestra gente creyó siempre desde los días de los Héroes, pensó Mon.

—… entonces todos supondrán que Motiak designará sucesor a ese hijo y desheredará a los demás. ¿El resultado? Mucha gente poderosa se nos opondrá por simples razones políticas, para estar con el bando ganador. Pero si saben que no hay sucesor posible excepto los que repudian a Akmaro y su amor por los cavadores, entonces recordarán que los reyes no viven para siempre, y cerrarán el pico, pues no querrán enemistarse con el futuro rey.

—No seas modesto —dijo Mon—. Todos esperan que el puesto de sumo sacerdote sea tuyo cuando tu padre deje caer su espíritu como una túnica vieja. —Los otros rieron entre dientes al oír aquel anticuado eufemismo.

Pero Aronha parecía haber detectado el destello de una idea en el rostro de Khimin, y cuando las risas cesaron dirigió un mordaz comentario al hijo menor.

—Y si alguien piensa desertar para convertirse en heredero, os aseguro que el ejército no respetará a ningún sucesor que no sea yo, mientras yo viva y quiera el trono cuando mi padre cese en sus funciones. Si vuestra motivación es el anhelo de poder, sólo lo obtendréis permaneciendo a mi lado.

Mon se quedó atónito. Era la primera vez que Aronha amenazaba a alguien con su poder futuro, o que hablaba tan crudamente de lo que podía suceder una vez muerto su padre. Y no le gustó que Aronha dijera «mi padre» en vez de «nuestro padre», o simplemente «Padre».

—¡No, no, no! —gimió de pronto Akma, doblándose en la silla y hundiendo el rostro entre las manos.

—¿Qué sucede? —Todos se le acercaron como si sufriera un ataque.

Akma se irguió, se levantó de la silla.

—Yo he provocado esto. He sembrado cizaña entre vosotros. He logrado que Aronha dijera cosas terribles. Nada de esto lo merece. Si yo no hubiera trabado amistad con Mon, si no hubiéramos regresado a Darakemba, si hubiéramos tenido la dignidad de morir bajo el látigo de los cavadores y sus prepotentes amos humanos en Chelem, Aronha jamás habría dicho semejante cosa.

—Lo lamento —dijo Aronha, sinceramente compungido.

—No, yo lo lamento —le contestó Akma—. Acudí a vosotros como amigo, con la esperanza de ganaros para la causa de la verdad y de salvar a este pueblo de las descabelladas teorías de mi padre. Pero en cambio he vuelto a un hermano contra otro, y no puedo soportarlo.

Se marchó de la habitación tan precipitadamente que tumbó la silla.

Los cuatro guardaron silencio un buen rato, y entonces Khimin y Aronha hablaron al mismo tiempo.

—¡Aronha, yo nunca me pondría en tu contra! ¡Nunca se me ha pasado por la cabeza! —exclamó Khimin. Y al mismo tiempo Aronha gritó:

—Khimin, perdóname por imaginar siquiera que harías semejante cosa… eres mi hermano, hagas lo que hagas, y yo…

El bueno de Aronha, torpe con las palabras. El tierno e hipócrita Khimin. Mon tenía ganas de reír.

Ominer se rió.

—Escuchad vuestras palabras. «Yo nunca pensé mal de ti.» «Yo pensé mal de ti pero lo lamento muchísimo.» Venga, lo único que pide Akma es que permanezcamos unidos antes de hacer declaraciones públicas. Hagámoslo, ¿vale? No es difícil. Sólo debemos guardarnos nuestra opinión acerca de las cosas que puedan irritar a los demás. Lo hacemos continuamente en presencia de Padre… por eso él no sabe cuánto odiamos a la reina.

Khimin palideció, se sonrojó.

—Yo no la odio.

—¿Veis? —dijo Ominer—. Está bien que no estés de acuerdo, Khimin. Aronha sólo pide que guardemos silencio sobre el asunto. Así podremos lograr todo lo que sea necesario.

—Estoy de acuerdo con vosotros en todo, excepto en lo de mi madre —comentó Khimin.

—Sí, sí —dijo Ominer con impaciencia—, lo lamentamos muchísimo por ella, pobre desgraciada, muñéndose como está de la enfermedad más lenta del mundo.

—Basta —terció Aronha—. Tú hablas de mantener la paz, Ominer, y provocas a Khimin como si ambos fuerais chiquillos.

—Nunca hemos sido chiquillos al mismo tiempo —dijo Ominer ácidamente—. Yo dejé de serlo antes de que él naciera.

—Por favor —murmuró Mon, aprovechando una pausa para que todos le oyeran. Con su tono moderado se ganó la atención de los demás—. Cualquiera que nos oyese pensaría que realmente hay un Guardián, y que nos idiotiza a todos para que no podamos unirnos en su contra.

Aronha, como de costumbre, se tomó sus palabras demasiado al pie de la letra.

—¿Hay un Guardián? —preguntó.

—No, no hay un Guardián —dijo Mon—. ¿Cuántas veces tenemos que demostrártelo para que dejes de preguntarlo?

—No lo sé —dijo Aronha. Miró a Mon a los ojos—. Tal vez cuando olvide que cada vez que me decías que algo era correcto y verdadero, desde que eras pequeño, resultaba ser correcto y verdadero.

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