Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—¿Nunca me equivoqué en tales ocasiones? —preguntó Mon—. ¿O estabas tan ávido como yo de creer que los niños de nuestra edad podían saber algo?
Mal. Esto está mal, mal, mal…
Mon se mantuvo impasible.
Aronha sonrió de mala gana.
—Ve a buscar a Akma —dijo—. Si no le conozco mal, no andará muy lejos, esperando que uno de nosotros vaya a buscarlo. Ve tú, Mon. Tráelo de vuelta. Nos uniremos a él. Por el bien del reino.
Khideo saludó a Ilihiak con un abrazo. No, no a Ilihiak, a Ilihi. Un hombre que había sido rey y ahora recalcaba que no había en él nada de extraordinario, que no estaba tocado por la mano del Guardián. Resultaba tan raro, era como una especie de fracaso. Pero no el fracaso de Ilihi, sino el fracaso del universo.
—¿Y cómo está tu esposa? —preguntó Khideo.
Estas vacías formalidades solían ser breves, pero en aquel caso lo eran todavía más porque la esposa de Khideo había muerto muchos años antes, tratando de dar a luz su primer hijo. Habría sido varón. La comadrona dijo que el niño era tan corpulento como el padre y que su cabeza desgarró a la madre al atravesar el canal de la vida. Khideo sabía que había matado a su esposa, porque cualquier hijo suyo sería demasiado corpulento para que lo pariese una mujer. El Guardián lo había condenado a no tener descendencia, pero al menos Khideo no tenía que matar a más mujeres tratando de oponerse a la voluntad del Guardián. Ilihi, sabiendo todo esto, evitó hacer preguntas sobre la familia.
—Sostienes con elegancia el peso del gobierno, Khideo. Khideo rió. O quiso reírse. Emitió un ruido seco y gutural. Carraspeó.
—Noto que se me aflojan los músculos. El soldado que fui se hace viejo y se está poniendo fofo. Me estoy secando por dentro. Al menos no seré uno de esos vejetes gordos. En vez de eso, seré frágil.
—¡Yo no viviré para verlo!
—Soy mayor que tú, Ilihi, y te aseguro que verás mi muerte. Un viento llegará del este, un terrible huracán, y me arrojará por encima de las montañas hasta el mar, pero estaré tan seco que flotaré en su superficie como una hoja hasta que el sol me pulverice y me disuelva.
Ilihi lo miró con una expresión tan extraña que Khideo tuvo que darle una palmada en el hombro, como hacía cuando siendo Ilihi el tercer hijo de Nuak, el menos preferido, Khideo se apiadó de él y le enseñó lo que significaba ser un hombre y un soldado. Estaban juntos el día en que Khideo se hartó, el día en que juró matar al rey. Le había dado ese día una palmada suave, como ésta, y había visto lágrimas en los ojos de Ilihi. Al preguntarle Khideo qué sucedía, el abatido Ilihi rompió a llorar y le contó lo que Pabulog le hacía desde que era un chiquillo.
—Hacía años desde la última vez —dijo Ilihi—. Ahora estoy casado. Tengo una hija. Pensaba que esto había terminado. Pero me ha sacado de la presencia de mi padre durante el desayuno y me lo ha hecho de nuevo. Dos guardias me han sostenido mientras lo hacía.
Khideo se quedó estupefacto.
—Tu padre no sabe que Pabulog ha abusado de ti, verdad?
—Claro que lo sabe —dijo Ilihi—. Se lo dije. Me respondió que eso me pasaba por ser débil, que el Guardián me había destinado a ser niña.
Khideo sabía que muchas cosas atroces habían ocurrido en el reino de Nuak. Hervía de rabia al ver que Nuak maltrataba a quienes lo rodeaban, que toleraba vicios indecibles entre sus allegados y que quedaban pocos hombres decentes entre los dirigentes del reino, pero al menos quedaban esos pocos, y Nuak era el rey. Pero aquello era intolerable. Rey o no rey, ningún hombre podía permitir que semejante cosa le sucediera a su hijo sin castigar al culpable. Según Khideo, no le correspondía a él matar a Pabulog. Eso le correspondía a Nuak, o en todo caso a Ilihi una vez que encontrara su torturada senda hacia la virilidad. Pero Khideo era soldado. Había jurado proteger el trono y al pueblo contra sus enemigos. Ahora sabía quién era el enemigo. Era Nuak. Si lo abatía, los demás caerían también. Así que juró matar al rey con sus propias manos. Dispuesto a eviscerarlo con la espada corta como se mata a un enemigo cobarde, lo tenía en sus manos en la azotea de la torre cuando Nuak miró a su alrededor y vio que un numeroso ejército de elemaki atacaba la frontera.
—Debes dejarme vivir, así podré encabezar la defensa de nuestro pueblo —imploró Nuak.
Y Khideo, que sólo actuaba por el bien del pueblo, comprendió que Nuak tenía razón.
Nuak había ordenado la retirada de todo su ejército, y dejado sólo un puñado de valientes para defender a las mujeres y a los niños. En pleno desierto, los mismos hombres que él había conducido en una cobarde retirada lo torturaron hasta la muerte.
Y en la ciudad, Khideo tuvo que soportar la humillación de permitir que la esposa de Ilihi condujera a las jóvenes que suplicaron por la vida de los habitantes, porque no había suficientes espadas para contener a los elemaki.
En todo esto pensaba Khideo cuando estaba con Ilihi. Había visto al muchacho en su momento de mayor debilidad. Lo había visto convertirse en rey y gobernar un reino. Pero el daño estaba hecho. Ilihi seguía afectado. ¿Por qué otra razón había renunciado al trono?
Pero aun así, al oír su traviesa alusión a la muerte —pues se proponía ser traviesa—, Ilihi miró a Khideo con extraña preocupación.
—Hablas como si anhelaras la muerte, pero sé que no es cierto —dijo Ilihi.
—Anhelo la muerte, Ilihi. No sólo la mía. Ambos rieron a carcajadas.
—Ah, Lihida, mi viejo amigo. Debí haber sido tu padre.
—Khideo, créeme, lo fuiste en todos los sentidos, salvo en el biológico. Lo eres.
—¿Así que has venido en busca de consejo paternal? —preguntó Khideo.
—Mi esposa ha oído rumores —dijo Ilihi. Khideo puso los ojos en blanco.
—Sí, ella sabe que no quieres oírlo de sus labios, pero en cuanto yo te cuente lo que oímos, sabrás que vino de sus labios. Ningún hombre me contaría esto a mí.
Se sabía que Ilihi rechazaba la negativa absoluta de los zenifi a convivir con la gente del cielo. Se sabía que los ángeles visitaban a menudo su hogar y que eran sus amigos. Por eso ningún hombre de las tierras de Khideo le habría hablado de cosas secretas. No era de fiar.
Con las mujeres era diferente. Los hombres no podían dominar a sus esposas, era así de simple. Ellas hablaban. Y no tenían tino suficiente para saber quién era de fiar y quién no. Ilihi y su esposa eran personas buenas y decentes. Pero cuando se trataba de proteger el modo de vida zenifi —el modo de vida humano—, no se podía confiar en Ilihi. Pero Khideo nunca le mentiría. Si Ilihi quería saber si los rumores eran ciertos, sabía que podía acudir al gobernador de la tierra de Khideo.
—¿Rumores?
—Ella ha oído decir que hombres importantes de la tierra de Khideo alardean de que el hijo de Akmaro y los hijos del rey se han vuelto zenifi de corazón.
—No es verdad —dijo Khideo—. Te aseguro que ni siquiera los más optimistas de nosotros abrigan la esperanza de que ese grupo de jóvenes declare que ángeles y humanos no deben convivir.
Ilihi reflexionó en silencio unos instantes.
—Entonces dime qué declarará ese grupo de jóvenes —dijo al fin.
—Tal vez nada —dijo Khideo—. ¿Cómo puedo saberlo?
—No me mientas, Khideo. No empieces a mentirme ahora.
—No te estoy mintiendo. Debería golpearte por acusarme de esa manera.
—¿Qué? ¿El hombre que cree estar seco como una hoja muerta se atrevería a golpearme?
—Son habladurías —dijo Khideo.
—Lo cual significa que tienes una fuente fiable en cuya veracidad crees.
—¿Por qué no pueden ser meras habladurías?