Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La gardenia blanca de Shanghái
La gardenia blanca de Shanghái - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 131
Перейти на страницу:

– He estado hablando con gente de Harbin sobre tu madre -me contó-. Una vieja amiga mía, que es de allí, piensa que conocía a una Alina Pavlovna Kozlova. Es muy anciana y la memoria le va y le viene, pero puedo presentártela.

Pasamos por delante de un árbol lleno de murciélagos frugívoros que colgaban de las ramas como si ellos mismos fueran fruta. Los murciélagos se echaron a volar cuando nos oyeron, transformándose en ángeles negros planeando por el cielo color zafiro. Nos detuvimos para contemplar su silencioso vuelo.

Me habían emocionado las noticias de Ruselina. Aunque comprendí que la mujer de Harbin probablemente no podría arrojar más luz sobre el destino de mi madre, encontrar a alguien que la conociera, alguien con quien pudiera hablar de ella, era lo más inmediato que podía hacer para sentirla más cerca de mí.

Iván se encontró con nosotros en el exterior de su cobertizo. Cuando vio nuestro atuendo, se precipitó al interior y volvió con una banqueta en una mano, una caja de madera en la otra y un par de cojines debajo de cada brazo.

– No puedo permitir que mujeres tan elegantes se sienten en el suelo -explicó.

Llegamos a la plaza principal, donde encontramos a los acomodadores acompañando a la gente a las zonas en las que se podían sentar. Parecía como si todo el campamento se hubiera transformado para el concierto. Ruselina, Iván y yo nos sentamos en una zona privilegiada, cerca del escenario. Vi que los médicos y las enfermeras traían a gente en camillas. Pocas semanas antes de que yo llegara a la isla, había habido una epidemia de fiebre de dengue y los voluntarios llevaban a los pacientes desde las tiendas donde estaban pasando su convalecencia hasta una zona especial marcada con un cartel que indicaba «Hospital».

El espectáculo comenzó con una variedad de actuaciones que incluía lecturas de poesía, pequeñas obras satíricas, un miniballet e, incluso, un acróbata. Cuando la luz de la tarde se desvaneció en la oscuridad y se encendieron los focos, apareció Irina en el escenario con un traje de sevillanas rojo. El público se levantó y aplaudió. Una niña con trenzas se encaramó a la banqueta del piano para acompañarla. La pequeña esperó hasta que el público se calmara antes de colocar las manos sobre el teclado. No podía tener más de nueve años, pero sus dedos eran mágicos. Invocó una triste melodía que penetró en la noche. La voz de Irina se fundió con la música. El público estaba hipnotizado. Incluso los niños se portaron bien y se quedaron calladitos. Parecía como si todos estuviéramos conteniendo la respiración, por miedo a no perdernos ni una sola nota. Irina cantaba sobre una mujer que había perdido a su amante en la guerra, pero que, aun así, se sentía feliz cuando lo recordaba. Aquellas palabras me hicieron llorar.

Me dijeron que jamás volverías, pero no les creí.

Un tren tras otro volvía, sin ti y, al final, era yo la que tenía razón.

Siempre que te vea en mi corazón, estarás conmigo.

Recordé a una amiga de mi madre en Harbin que era cantante de ópera, de la que sólo sabía el nombre, Katya. Su voz podía hacerte sentir como si el corazón te fuera a estallar. Ella contaba que era así porque, cuando interpretaba canciones tristes, siempre pensaba en un novio que había perdido en la Revolución. Contemplé a Irina, cantando en el escenario, y su vestido que le brillaba contra la piel dorada. ¿En qué estaría pensando? ¿En una madre y un padre que nunca más la abrazarían? Era huérfana. Igual que yo. De alguna manera, yo también lo era.

Después, Irina cantó canciones de cabaret en francés y en ruso, mientras el público marcaba el ritmo dando palmas. Pero la que más me conmovió fue la primera.

– Qué cosa tan maravillosa es -comenté casi para mis adentros- proporcionarle esperanza a otra gente.

– La encontrarás -me dijo Ruselina.

Me volví para mirarla, sin estar segura de a qué se refería con aquellas palabras.

– Encontrarás a tu madre, Anya -me dijo, apretándome el brazo con los dedos-. Ya verás como la encontrarás.

9

EL TIFÓN

Una semana más tarde, Ruselina y yo nos dirigíamos por el camino arenoso hacia la tienda de su amiga en el distrito noveno. Tras el concierto de Irina, la salud de Ruselina se había deteriorado y, por eso, andábamos despacio. Utilizaba mi brazo como apoyo y se ayudaba con un bastón que le había comprado a un vendedor en la playa por un dólar. El esfuerzo excesivo le aceleraba la respiración y la hacía doblarse y resollar. Y aun así, a pesar de su debilidad, aquella tarde sentía que era yo la que me estaba apoyando en ella, y no al revés.

– Cuéntame algo sobre tu amiga -le pedí-. ¿Cómo conoció a mi madre?

Ruselina se detuvo y utilizó el dorso de su manga para secarse el sudor de la frente.

– Se llama Raisa Eduardovna -me contestó-. Tiene noventa y cinco años, residió en Harbin durante la mayor parte de su matrimonio, hasta que su hijo y su nuera la trajeron a Tubabao. Creo que se encontró con tu madre una sola vez, pero aquella ocasión parece haberle causado mucha impresión.

– ¿Cuándo se fue de Harbin?

– Después de la guerra. Justo cuando tú te marchaste.

Sentí una punzada de anhelo en el corazón. El silencio impuesto por Serguéi sobre mi madre me había herido, a pesar de que él lo hizo por mi bien. Había leído que algunas tribus africanas se enfrentaban al dolor si una persona dejaba la tribu o fallecía no volviendo a hablar de ella nunca jamás. Amar a alguien significa estar pensando en esa persona continuamente, con independencia de si está contigo. No poder hablar con libertad sobre mi madre en aquel primer período de separación la había convertido en algo mítico y remoto para mí. Como mínimo, unas cuantas veces al día trataba de evocar el tacto de su piel, el timbre de su voz o cuántos centímetros me sacaba la última vez que la vi. Me aterrorizaba la idea de que si olvidaba alguno de aquellos detalles, comenzaría a olvidarla del todo.

Íbamos sorteando los árboles de plátano por un camino que nos conducía hacia una tienda de diez plazas. Cuando llegamos hasta la valla de paja que la rodeaba y abrimos la puerta, sentí la presencia de mi madre. Fue como si me estuviera atrayendo hacia ella. Quería que yo la recordara.

Ruselina había visitado a su amiga en muchas ocasiones, pero ésta era la primera vez que entraba en la vivienda. La tienda era la «mansión» de la isla de Tubabao. Habían ampliado la ya espaciosa carpa con un toldado de hojas de palmera entretejidas, que hacía las veces de cocina y salón. Un cuidado césped de cola de zorra cubría todo el espacio hasta los bordes del porche, que estaba rodeado por una fila de hibiscos. En la otra esquina del patio, crecía un huerto de verduras con especies tropicales, y, frente a él, cuatro pollos picoteaban un montículo de sobras. Ayudé a Ruselina a entrar en el porche y nos dedicamos una sonrisa mutua al ver la fila de zapatos en él, cuidadosamente ordenados en orden decreciente de tamaño. Los más grandes eran un par de bofas de paseo masculinas y los más pequeños, unos zapatitos de bebé. Alguien estaba dando golpes en el interior de la tienda. Ruselina llamó, y los pollos se sorprendieron, batiendo las alas y armando jaleo. Dos de ellos comenzaron a pelearse, posándose en el techo del toldado. Ya había oído que la variedad de pollos que vendían los filipinos podían volar muy alto. También me habían dicho que los huevos que ponían sabían a pescado.

1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)