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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– ¿Has ido al médico? -me preguntó Iván cuando me encaramé al todoterreno.

Esta vez, tuve cuidado de no mirarle demasiado fijamente a la cara.

– Sí -contesté-, pero me he quedado sorprendida al enterarme de que era una lombriz tropical. Lo cogí poco después de salir de Shanghái.

– El barco en el que viniste ya ha hecho más de un viaje. Muchos de nosotros padecimos la misma enfermedad. Pero tú eres la primera a la que he visto que le haya pasado en la cara. Ése es el lugar del cuerpo más peligroso en el que puedes tenerla. Está demasiado cerca de los ojos.

El sendero arenoso de la playa se extendía durante aproximadamente un kilómetro y medio y después los cocoteros y las palmeras daban paso a gigantescos árboles que se cernían, como si fueran demonios, sobre nosotros. Sus retorcidos troncos estaban cubiertos de enredaderas y plantas parásitas. Pasamos al lado de una cascada junto a la que había un cartel de madera clavado en la roca: «Cuidado con las serpientes en lugares cercanos al agua».

Unos minutos después de pasar la cascada, Iván detuvo el todoterreno. Un cúmulo de piedras oscuras bloqueaba nuestro camino. Una vez que el motor estuvo apagado, la quietud antinatural me hizo sentir incómoda. No se oía el trino de los pájaros, o el sonido del océano o del viento. Algo me llamó la atención: un par de ojos sobre las piedras. Las estudié con detenimiento y, paulatinamente, logré ver unas imágenes de santos y árboles de papaya grabadas en relieve sobre ellas. Un escalofrío me recorrió la columna. Ya había visto algo parecido en Shanghái, pero esta iglesia española era muy antigua. Tenía unas cuantas tejas rotas esparcidas alrededor de lo que quedaba de la aguja derrumbada, pero el resto del edificio estaba intacto. Minúsculas hojas de helecho habían crecido en cada una de las grietas; me imaginé a los leprosos, que habían estado en la isla antes de que los estadounidenses llegaran, pululando a su alrededor, preguntándose si Dios les habría abandonado del mismo modo que sus propios semejantes humanos les habían traído aquí para dejarles morir.

– Quedaos dentro del todoterreno. No salgáis de él bajo ninguna circunstancia -dijo Iván, mirándome directamente-. Hay serpientes por todas partes… y viejas armas. No pasa nada si yo salgo volando por los aires, pero sería una pena que os ocurriera a dos chicas tan bonitas como vosotras.

Comprendí por qué nos había pedido que viniéramos con él, por qué nos había venido a buscar a la playa. Era un bravucón. Se había percatado de mi reacción al ver su cara y quería demostrarme que no temía que yo la viera. Me alegré de que lo hubiera hecho. Me produjo admiración, porque yo no era como él. La marca de mi mejilla no era tan fea como la cicatriz de su rostro y, aun así, yo deseaba esconderla para que los demás no la vieran.

Apartó una manta y el cuchillo de cazador que estaba debajo refulgió a la luz del sol. Se lo metió en el cinturón y se echó un rollo de cuerda al hombro. Le observé mientras desaparecía en la jungla.

– Está buscando más materiales. Van a construir una pantalla de cine -me explicó Irina.

– ¿Está arriesgando su vida por una pantalla de cine? -le pregunté.

– Esta isla es como el hogar de Iván -respondió Irina-. Una razón para seguir viviendo.

– Entiendo -respondí, y nos sumimos en el silencio.

Esperamos más de una hora, respirando el aire estático y contemplando la jungla en busca de cualquier signo de movimiento. El agua de mar se me había secado en la piel y notaba el sabor salado en los labios.

Irina se volvió hacia mí.

– He oído que era panadero en Tsingtao -me dijo-. Durante la guerra, los japoneses descubrieron que algunos rusos enviaban mensajes de radio a los buques estadounidenses. Se vengaron aleatoriamente contra la población rusa. Ataron a su mujer y sus dos niñas pequeñas en su panadería, y le prendieron fuego. Él se hizo la cicatriz tratando de salvarlas.

Me senté en la parte trasera del todoterreno y apoyé la cabeza en las rodillas.

– Qué horror -contesté.

No se me ocurría nada más profundo que decir. Ninguno de nosotros había escapado a la guerra sin cicatrices. La agonía en la que me levantaba cada mañana era la misma que experimentaba el resto de la gente. El sol de Tubabao me abrasó el cuello. Sólo llevaba allí un día y ya me estaba haciendo efecto. Tenía poderes mágicos. Poderes para sanar y aterrorizar, para volverte loco o aliviarte el dolor. Durante el último mes, había creído que estaba sola. Me sentía feliz por tener ahora a Irina e Iván. Si ellos encontraban razones para seguir viviendo, quizás yo también las encontraría.

Una semana más tarde, estaba en mi puesto de trabajo en la oficina de la OIR, pasando a limpio una carta con una máquina de escribir a la que le faltaba la letra «j». Había aprendido a compensar este defecto de la máquina sustituyendo las palabras con «j» por palabras sin ella. De este modo, «jornada» se convertía en «día», «joven» en «adolescente» y «junto a» pasaba a ser «al lado de». Mi vocabulario de inglés se amplió rápidamente. No obstante, sí tenía un problema con los nombres rusos que incluían una «j». Cuando se daba el caso, marcaba una «i», que luego repasaba laboriosamente con un lápiz para convertirla en «j».

La oficina era un cobertizo de metal semicilíndrico con un lateral abierto, dos escritorios y un armario archivador. Mi silla chirriaba ruidosamente en el suelo de cemento cada vez que me movía, y tuve que clavar una chincheta en la parte superior de mis papeles para que no se volaran por la brisa marina. Trabajaba cinco horas al día y me pagaban un dólar estadounidense y una lata de fruta a la semana. Era una de las pocas personas remuneradas por su trabajo, ya que se esperaba que la mayoría de los refugiados trabajara gratis.

Una tarde, una fastidiosa mosca estaba molestando al capitán Connor. Él trataba de aplastarla, pero el insecto siempre se zafaba en el último momento. Se posó en el informe que yo acababa de mecanografiar, y el capitán Connor, exasperado, la aplastó con el puño para luego dirigirme una mirada culpable.

– ¿Debo mecanografiar esa página de nuevo? -le pregunté.

Ese tipo de incidentes eran muy normales en nuestra oficina, pero volver a mecanografiar toda una página perfectamente, cuando yo nunca había utilizado una máquina de escribir antes de llegar a la isla, suponía una laboriosa tarea.

– No, no -contestó el capitán Connor, levantando el papel y dándole un papirotazo a los restos de la mosca-. Ya estás a punto de acabar tu turno, y ese bicho se había posado justo al final de un párrafo. Parece un signo de exclamación.

Encajé la funda de paño sobre las teclas y guardé la máquina en su caja especial. Estaba cogiendo mi bolso para marcharme cuando apareció Irina.

– Anya, ¡adivina! -exclamó-. Voy a cantar canciones de cabaret en el escenario principal este fin de semana. ¿Vendrás a verme?

– ¡Por supuesto que iré! -respondí-. ¡Qué emocionante!

– La abuela también está emocionada. No se siente suficientemente bien como para tocar el piano, por lo que me preguntaba si tú podrías llevarla y hacerle compañía.

– Claro que sí -le dije-. Y me pondré mi mejor vestido de noche para la ocasión.

Los ojos de Irina centellearon.

– ¡A la abuela también le encanta arreglarse! Lleva toda la semana devanándose los sesos para recordar algo sobre tu madre. Piensa que ha encontrado a alguien en la isla que te puede ayudar.

Tuve que morderme los labios para evitar que temblaran. Habían pasado cuatro años desde que vi por última vez a mi madre. Yo era una niña cuando nos separamos. Después de todo lo que me había ocurrido, su recuerdo parecía haberse convertido en una especie de sueño. Si pudiera hablar con alguien sobre ella, sabía que volvería a ser una realidad.

La noche del concierto de Irina, Ruselina y yo fuimos hasta la plaza principal, abriéndonos camino entre los arbustos de helechos. Nos recogimos el borde de nuestros vestidos con cuidado para que no se engancharan en la densa hierba. Yo lucía un vestido de noche de color rubí y el chal de color ciruela que los Mijailov me habían regalado por Navidad. Ruselina llevaba sus blancos cabellos recogidos en un moño a la altura de la coronilla. Aquel peinado casaba muy bien con su vestido estilo imperio. Parecía un miembro de la corte del zar. Aunque se sentía frágil y se apoyaba con fuerza en mi brazo, sus mejillas estaban sonrosadas y le brillaban los ojos.

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