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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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La solapa de la tienda se levantó y tres niñas salieron desordenadamente. Tenían los cabellos dorados. La más pequeña era un bebé en pañales y apenas acababa de aprender a andar. La mayor tenía aproximadamente cuatro años. Cuando sonreía, los hoyuelos de sus mejillas me recordaban a Cupido. «¡Pelo rosa!», dijo entre risitas, señalándome. Su curiosidad me hizo reír a mí también.

En el interior de la tienda, la nuera de Raisa y su nieta estaban acuclilladas sobre unos tablones de madera. Cada una tenía un martillo en la mano y una fila de clavos entre los dientes.

– ¡Hola! -saludó Ruselina.

Las mujeres levantaron la mirada, con los rostros colorados por el esfuerzo. Se habían metido las faldas por dentro de la ropa interior, convirtiéndolas en pantalones cortos. La mujer de más edad escupió los clavos y sonrió.

– ¡Hola! -contestó, poniéndose de pie para saludarnos-. Tenéis que disculparnos. Estamos construyendo el suelo.

Era regordeta, con una nariz respingona y pelo castaño que le caía en ondas sobre los hombros. Debía de tener unos cincuenta años, pero lucía un rostro tan terso como el de una chica de diecinueve. Le entregué las latas de salmón que Ruselina y yo les habíamos traído de regalo.

– ¡Dios mío! -exclamó, cogiéndomelas de las manos-. ¡Cocinaré pastel de salmón y tendréis que volver para coméroslo con nosotros!

La mujer se presentó como Mariya y a su rubia hija, como Natasha.

– Mi marido y mi yerno están pescando para la cena -explicó-. Mi madre está descansando. Se alegrará de veros.

Se oyó una voz que llamaba detrás de una cortina. Mariya descorrió la tela y vimos a una anciana tumbada en una cama.

– Menos mal que está medio sorda, madre -le dijo Mariya, inclinándose para besar en la cabeza a la mujer-, porque si no, no habría podido dormir la siesta con el alboroto que estábamos armando.

Mariya ayudó a su suegra a incorporarse y después colocó dos sillas para Ruselina y para mí a ambos lados de la cama.

– Vamos -nos apremió-, sentaos. Ahora ya está despierta y lista para charlar.

Tomé asiento junto a Raisa. Era mayor que Ruselina y se le distinguían las venas a través de la piel como gusanos azulados. Se le habían echado a perder las piernas y tenía los dedos de los pies tan doblados por la artritis que casi estaban retorcidos sobre sí mismos. Me incliné para besarle la mejilla y me agarró la mano con una fuerza que contrastaba con su frágil complexión. No sentí lástima por ella del mismo modo que, a veces, la sentía por Ruselina. Raisa estaba enferma y no le quedaba mucho tiempo en este mundo, pero la envidiaba. Una anciana rodeada por su feliz y productiva familia. Tenía muy poco de lo que lamentarse en la vida.

– ¿Quién es esta niña tan guapa? -preguntó, volviéndose hacia Mariya mientras todavía me apretaba la mano.

Su nuera se inclinó sobre ella y le habló al oído.

– Es una amiga de Ruselina.

Raisa contempló nuestros rostros, en busca de Ruselina. Reconoció a su amiga y sonrió ampliamente, mostrando unas encías desdentadas.

– Ah, Ruselina. He oído que no te encontrabas muy bien.

– Ahora ya estoy mejor, querida amiga -respondió Ruselina-. Ésta es Anna Victorovna Kozlova.

– ¿Kozlova? -Raisa me observó con más detenimiento.

– Sí, la hija de Alina Pavlovna. La mujer a la que crees conocer -le contestó Ruselina.

Raisa enmudeció, distraída por sus propios pensamientos. El ambiente de la tienda era caluroso, incluso a pesar de que Manya hubiese enrollado las solapas de las ventanas traseras y laterales. Me senté en el borde de la silla para que las piernas no se me pegaran a la madera. Una gota de saliva colgaba de la barbilla de Raisa. Natasha se la limpió cuidadosamente con la punta de su delantal. Pensé que la anciana se había quedado dormida cuando, de repente, se sacudió, se puso derecha y me miró fijamente.

– Vi a tu madre sólo una vez -me contó-. La recuerdo bien porque era muy llamativa. Todo el mundo se quedó prendado de ella aquel día. Estaba tan esbelta, con aquellos ojos tan preciosos…

Me fallaron las piernas. Pensé que iba a desvanecerme al escuchar a alguien mencionar el secreto que yo había estado guardando durante tanto tiempo: mi madre. Me agarré al borde de la cama, sin prestar atención a los que me rodeaban. Desaparecieron de mi mente tan pronto como Raisa habló. Solamente podía ver a la anciana tumbada frente a mí y anhelar cada una de sus balbuceantes palabras.

– Fue hace mucho tiempo -Raisa suspiró-. En una fiesta de verano en la ciudad. Tenía que ser 1929. Acudió con sus padres y llevaba puesto un elegante vestido color lila. Pensé que era una chica muy desenvuelta y me gustó porque se interesaba por todo lo que los otros decían. Era muy buena escuchando.

– Eso fue antes de que se casara con mi padre -le dije-. Ha debido de costarle mucho recordar algo que pasó hace tanto tiempo.

Raisa sonrió.

– Entonces, yo creía que ya estaba vieja. Pero ahora lo estoy mucho más. Lo único que puedo hacer es pensar en mi pasado.

– ¿Ésa fue la única vez que la vio?

– Sí. No volví a encontrármela después de aquella fiesta. Éramos bastantes en Harbin, y no todos nos movíamos en los mismos círculos. Pero sí que oí que se había casado con un hombre muy culto, y que vivían en una bonita casa a las afueras de la ciudad.

Raisa dejó caer la barbilla contra el pecho y se hundió un poco más en la cama, tumbándose como un globo desinflado. La rememoración de mi madre parecía haber agotado todas sus fuerzas. Mariya sumergió un vaso en un barreño de agua y lo acercó a los labios de su suegra. Natasha se disculpó y fue a vigilar a las niñas. Escuché los gritos de sus juegos que provenían del patio. También pude oír a los pollos cloqueando cuando Natasha pasó entre ellos. De repente, el rostro de Raisa se desfiguró. El agua le goteó fuera de la boca y le chorreó sobre el pecho como una fuente. Comenzó a llorar.

– Cometimos una estupidez al quedarnos allí durante la guerra -dijo-. Los inteligentes se fueron a Shanghái mucho antes de que llegaran los soviéticos.

Su voz era áspera y se le distorsionaba por el dolor.

Ruselina trató de ayudarla a ponerse cómoda, pero Raisa la apartó de ella.

– He oído que los soviéticos se llevaron a tu madre -me dijo, cubriéndose la frente con su vieja mano llena de manchas-, pero no sé adónde. Quizás fuera lo mejor. Les hicieron cosas terribles a los que se quedaron atrás.

– Descanse un poco, madre -le recomendó Mariya, poniendo de nuevo el vaso de agua en sus labios, pero Raisa le retiró la mano. Estaba tiritando a pesar del calor, y yo le cubrí los hombros con su chal. Tenía los brazos tan delgados que temí que se me quebraran entre las manos.

– Está cansada, Anya -dijo Ruselina-. Quizás pueda contarnos algo más otro día.

Nos levantamos para marcharnos. Sentía que se me desgarraba el corazón por la culpabilidad. No quería hacer sufrir a Raisa, pero tampoco deseaba marcharme hasta que me hubiera contado todo lo que sabía sobre mi madre.

– Lo siento -dijo Mariya-. A veces tiene días más lúcidos que otros. Os contaré si dice algo más.

Recogí el bastón de Ruselina y le estaba ofreciendo mi brazo, cuando Raisa nos llamó. Se esforzó por apoyarse en los codos. Tenía los ojos enrojecidos y una mirada delirante.

– Tu madre tenía unos vecinos, Boris y Olga Pomerantsev, ¿verdad? -preguntó-. Decidieron quedarse en Harbin cuando vinieron los soviéticos.

– Sí -le respondí.

Raisa volvió a hundirse en los cojines y se tapó la cara con las manos. Un gemido grave brotó de su garganta.

– Los soviéticos se llevaron a todos los jóvenes, a los que podían hacer trabajar -dijo, dirigiéndose en parte hacia mí y en parte hacia sí misma-. Oí que se lo habían llevado a él, porque todavía estaba fuerte, incluso siendo un hombre mayor. Pero a su mujer la fusilaron. Padecía del corazón, ¿lo sabías?

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