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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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El autobús traqueteó bamboleándose entre los surcos de un camino de tierra. El ambiente exhalaba el aroma de los plátanos que bordeaban el camino. De vez en cuando, pasábamos junto a alguna cabaña de nipa, y los buhoneros filipinos alzaban piñas o refrescos con gas para que los viéramos. El oficial estadounidense nos gritó por encima del ruido del motor que él era el capitán Richard Connor, uno de los oficiales de la OIR establecidos en la isla.

El propio campamento estaba a muy poca distancia de la playa, pero el hecho de que el camino fuera tan accidentado hacía que el trayecto pareciera mucho más largo. Los autobuses aparcaron junto a un café al aire libre, sin rastro de clientes. La barra estaba construida con hojas de palmera. Las mesas y las sillas plegables estaban semienterradas en el suelo arenoso. Observé el menú escrito en una pizarra: sepia con leche de coco, tortitas de azúcar y limonada. Connor nos acompañó a pie por un camino pavimentado bordeado por filas de tiendas de campaña. Algunas de ellas tenían las solapas de lona enrolladas para dejar entrar la brisa de la tarde. Los interiores estaban llenos de camas de campaña y cajas volcadas que hacían las veces de mesas y sillas. Muchas tenían solamente una bombilla atada con una correa al poste central y un hornillo portátil cercano a la entrada. En una tienda, las cajas estaban cubiertas por paños a juego, y la mesa estaba puesta con una vajilla hecha de cocos partidos por la mitad. Me maravilló lo que algunas personas habían logrado sacar de China. Vi máquinas de coser, mecedoras e incluso una estatua. Todas aquellas cosas pertenecían a la gente que se había marchado al principio, los que no habían esperado a que los comunistas se plantaran ante sus puertas para evacuar.

– ¿Dónde está todo el mundo? -preguntó la mujer de la flor en el sombrero al capitán Connor.

Él sonrió.

– Supongo que en la playa. Cuando tengan tiempo libre, es donde, a buen seguro, querrán estar ustedes también.

Pasamos junto a una gran tienda con los laterales abiertos. En el interior, cuatro mujeres se inclinaban sobre una tinaja de agua hirviendo. Se volvieron para mirarnos con sus rostros sudorosos y gritaron: «Oora!». Nos sonreían con sinceridad, pero su saludo me llenó de nostalgia. ¿Adónde había ido a parar?

El capitán Connor nos condujo hasta una plaza en mitad de la ciudad de tiendas. Se subió a un escenario de madera, mientras nosotros nos sentamos bajo el sol abrasador para escuchar sus instrucciones. Nos dijo que el campamento estaba dividido en distritos, cada uno de ellos tenía su propio supervisor, una cocina común y un bloque de duchas. Nuestra área daba la espalda a un barranco cubierto de selva, una «ubicación desfavorable en lo relativo a la fauna, la flora y la seguridad». Por consiguiente, nuestra primera tarea sería desbrozar aquella zona. Apenas podía oír al capitán debido al latido que sentí dentro de mi cabeza cuando habló sobre las «serpientes, cuya mordedura causaba la muerte en un minuto» y sobre los piratas, que se aproximaban sigilosamente en mitad de la noche armados con gruesos machetes y que ya habían secuestrado a tres personas.

Normalmente, se colocaba a dos mujeres solas en una tienda, pero a causa de la proximidad de la jungla virgen, se puso a las mujeres de nuestro distrito en tiendas de cuatro o seis. A mí me asignaron una tienda con tres chicas jóvenes de la zona rural de Tsingtao, que habían llegado a la isla anteriormente en el Cristóbal. Se llamaban Nina, Galina y Ludmila. No eran como las chicas de Shanghái. Eran robustas, con mejillas sonrosadas y se reían abierta y francamente. Me ayudaron con mi baúl y me mostraron dónde se solicitaba la ropa de cama.

– Eres muy joven para estar aquí sola. ¿Cuántos años tienes? -me preguntó Ludmila.

– Veintiuno -mentí.

Se sorprendieron, pero no sospecharon la verdad. En aquel preciso instante, tomé la decisión de que no volvería jamás a hablar de mi pasado. Era demasiado doloroso. Podía hablar de mi madre, porque no me avergonzaba de ella. Pero nunca volvería a mencionar a Dimitri. Pensé en cómo había firmado Dan Richards mis papeles para sacarme de Shanghái. Había tachado el «Lubenskaia» y había escrito mi nombre de soltera, «Kozlova».

– Confía en mí -me había dicho-. Llegará un día en el que te alegrarás de que el apellido de ese hombre no te pertenezca.

Ya sentía deseos de librarme de aquel apellido.

– ¿A qué te dedicabas en Shanghái? -me preguntó Nina.

Vacilé un instante.

– Era institutriz -respondí-. De los hijos de un diplomático estadounidense.

– Tu ropa es muy bonita para ser de una institutriz -contestó Galina, sentándose con las piernas cruzadas en el suelo de barro cocido mientras yo deshacía mi equipaje. Recorrió con los dedos la punta del cheongsam verde que sobresalía de mi baúl. Remetí las sábanas por las esquinas del colchón.

– También me encargaba de ayudar a recibir a los invitados -respondí.

Sin embargo, cuando levanté la mirada, vi que su expresión era inocente. No había segundas intenciones tras su comentario. Y las otras dos chicas parecían más fascinadas que escépticas.

Alcancé la maleta y saqué el vestido. Me estremecí cuando comprobé que Mei Lin había arreglado el hombro.

– Para ti -le dije a Galina-. En cualquier caso, ya soy demasiado alta como para volver a ponérmelo.

Galina pegó un salto mientras presionaba el vestido contra su pecho y se reía. Me sentí avergonzada de las aberturas laterales. Era demasiado atrevido para cualquier institutriz, incluso para las que, en casos excepcionales, se dedicaban a «recibir a los invitados».

– No, yo estoy demasiado gorda -me respondió, devolviéndomelo-. Pero gracias de todos modos por tu amabilidad.

Les tendí el vestido a las otras chicas, pero rompieron a reír.

– Es demasiado extravagante para nosotras -me dijo Nina.

Más tarde, de camino a la tienda comedor, Ludmila me cogió por el brazo.

– No estés tan triste -me dijo-. Al principio, las dificultades te superan, pero, en cuanto veas la playa y a los chicos, olvidarás todos tus problemas.

Su bondad me provocó aún más desprecio por mí misma. Se pensaba que yo era una de ellas. Una chica joven y despreocupada. ¿Cómo podía decirles que yo había perdido mi juventud hacía tiempo, que Shanghái me la había arrebatado?

La tienda comedor del distrito estaba iluminada por bombillas de veinticinco vatios. Bajo la tenue luz, pude distinguir aproximadamente una docena de largas mesas. Nos sirvieron macarrones hervidos y sofrito de carne en platos de latón. La gente de mi barco picoteaba su comida, mientras que los habitantes de Tubabao rebañaban sus platos con miga de pan. Un anciano escupía huesos de ciruela directamente al suelo arenoso.

Cuando Galina vio que no estaba comiendo nada, me entregó disimuladamente una lata de sardinas, apretándomela contra la mano.

– Añádeselas a los macarrones -me dijo-, para darles un poco de sabor.

Ludmila le dio un codazo a Nina.

– Anya parece aterrorizada.

– Anya -me dijo Nina, agarrándose un mechón de su propio cabello-, pronto te parecerás a nosotras. Morenas y con el pelo encrespado. Pronto serás como una nativa de Tubabao.

A la mañana siguiente, me levanté tarde. El aire de la tienda era cálido y apestaba a lona quemada. Galina, Ludmila y Nina se habían marchado. Las camas desechas aún mostraban la marca de sus cuerpos. Parpadeé mientras contemplaba las arrugadas sábanas militares, preguntándome dónde habrían ido. Pero me alegré de la paz que me rodeaba. No deseaba contestar a más preguntas. Las muchachas eran amables, pero yo estaba a un millón de kilómetros de ellas. Tenían a sus familias en la isla, yo estaba sola. Nina tenía siete hermanos, y yo, ninguno. Ellas eran chicas solteras que anhelaban recibir su primer beso. Yo era una chica de diecisiete años abandonada por su marido.

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