La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Un lagarto serpenteó por el interior de la tienda. Estaba provocando a un pájaro que revoloteaba en el exterior. El lagarto parpadeó con sus ojos saltones y se paseó frente al pájaro varias veces. Podía ver la sombra del ave batiendo las alas y picoteando la lona por pura frustración depredadora. Aparté a un lado mi manta y me senté.
Una caja apoyada contra el poste central hacía las veces de tocador común. Entre los abalorios y los cepillos que la cubrían, había un espejo de mano cuya parte posterior estaba adornada por un dragón chino. Lo cogí y examiné mi mejilla. A la luz del sol, el sarpullido tenía un aspecto aún más inflamado. Me contemplé durante un momento, tratando de acostumbrarme a mi nuevo rostro. Estaba marcada. Desfigurada. Mis ojos parecían pequeños y crueles.
Abrí mi baúl de un puntapié. El único vestido de verano que había traído era demasiado elegante para la playa. Estaba hecho de seda italiana con un adorno de cuentas de cristal. Tendría que servir.
Las tiendas con las que me crucé de camino a la oficina del supervisor del distrito estaban llenas de gente. Algunos descansaban de la vigilancia nocturna de la noche anterior o dormían la mona del San Miguel, la bebida local. Otros lavaban los platos y limpiaban la vajilla del desayuno. Algunos estaban sentados en tumbonas en el exterior de las tiendas, leyendo o charlando, como si estuvieran de vacaciones. Los jóvenes de rostros morenos y ojos claros me observaban cuando pasaba a su lado. Levanté la barbilla para que se viera bien mi mejilla dañada, como advertencia de que yo no estaba disponible, con o sin aquella marca.
El supervisor del distrito trabajaba en un cobertizo de metal semicilíndrico con el suelo de cemento y unos retratos descoloridos por el sol del zar y la zarina colocados sobre la entrada. Llamé a la puerta de mosquitera y esperé.
– Pase -dijo una voz desde el interior.
Me adentré lentamente en aquel espacio en sombra. Tuve que entornar la mirada para ajustaría a la oscuridad del interior del cobertizo. Únicamente distinguí una cama de campaña junto a la puerta y una ventana en el otro extremo de la habitación. El aire apestaba a repelente antimosquitos y a lubricante de motor.
– Tenga cuidado -dijo la voz. Parpadeé y me moví en dirección a ella. En el cobertizo hacía calor, pero no tanto como en nuestra tienda. Gradualmente, comencé a distinguir las facciones del supervisor del distrito, que estaba sentado ante su escritorio. Una pequeña lámpara producía un círculo de luz que, sin embargo, no le iluminaba el rostro. Por su silueta, adiviné que era un hombre musculoso de hombros robustos. Se encorvaba sobre algo, concentrándose en ello. Me moví hacia él, sorteando trozos de cable, tornillos, cuerda y un neumático. Tenía un destornillador en la mano y estaba trabajando en un transformador. Llevaba las uñas roídas y sucias, pero su piel era morena y parecía suave.
– Llega tarde, Anna Victorovna -me dijo-. Ya ha comenzado la jornada.
– Lo sé. Lo siento.
– Ya no está usted en Shanghái -replicó, indicándome que me sentara en un taburete frente a él.
– Lo sé.
Traté de vislumbrar su rostro, pero lo único que pude ver fue una fuerte mandíbula y unos labios firmemente cerrados.
Cogió unos papeles de una pila que tenía junto a él.
– Tiene usted amigos en puestos importantes -comentó-. Apenas acaba usted de llegar y ya va a trabajar en la oficina de administración de la OIR. El resto de los pasajeros de su barco tendrán que desbrozar la selva.
– Eso es que tengo suerte.
El supervisor del distrito se frotó las manos y exhaló una carcajada. Se echó hacia atrás en su silla y entrelazó los brazos detrás la cabeza. Relajó los labios. Eran gruesos y sonrientes.
– ¿Qué le parece nuestra ciudad de tiendas? ¿Es suficientemente elegante para usted?
No sabía qué contestarle. No había sarcasmo en su tono. No pretendía minusvalorarme, sino que hablaba como si percibiera la ironía de nuestra situación y tratara de darle poca importancia.
Cogió una fotografía de su escritorio y me la entregó. Mostraba a un grupo de hombres posando ante un montón de tiendas de campaña. Estudié sus rostros sin afeitar. El joven de delante estaba en cuclillas, sosteniendo una estaca. Tenía unos grandes hombros y una ancha espalda. Reconocí los gruesos labios y la mandíbula. Pero había algo raro en sus ojos. Traté de acercar la fotografía a la luz, pero el supervisor me la cogió de las manos.
– Nosotros fuimos los primeros a los que enviaron a Tubabao -explicó-. Tendría que haberlo visto entonces. La OIR nos dejó aquí sin herramientas. Tuvimos que cavar las letrinas y las zanjas con lo que encontrábamos. Uno de los hombres era ingeniero y recorrió la isla recogiendo trozos de maquinaria que los estadounidenses habían dejado aquí cuando este lugar era una base militar. En una semana, había confeccionado su propio generador eléctrico. Ése es el tipo de espíritu emprendedor que se gana mi respeto.
El supervisor del distrito enmudeció durante un instante. No pude evitar pensar que me estaba estudiando. Sus misteriosos labios se curvaron en una sonrisa traviesa. Era una sonrisa cálida que iluminó el cobertizo como un relámpago. Aquello me hizo sentir simpatía por él, a pesar de sus severos modales. Había algo de oso en aquel hombre. Me recordó inmediatamente a Serguéi.
– Me llamo Iván Mijailovich Najimovski. No obstante, en las presentes circunstancias, llamémonos Anya e Iván -me dijo, tendiéndome la mano-. Espero que mi broma no te haya sentado mal.
– En absoluto -respondí, apretándole la mano-. Estoy segura de que estás acostumbrado a tratar con muchos habitantes de Shanghái que se comportan de forma muy arrogante.
– Sí, pero tú, en realidad, no eres de Shanghái -replicó-. Naciste en Harbin y he oído que has trabajado muy duro en el barco.
Después de haber completado los formularios de registro y empleo, Iván me acompañó a la puerta.
– Si necesitas cualquier cosa -me dijo, estrechándome la mano de nuevo-, por favor, ven a verme.
Salí a la luz del sol, pero él tiró de mi brazo, señalándome la mejilla con su áspero dedo.
– Tienes una lombriz tropical ahí. Ve al hospital inmediatamente. Deberían habértelo tratado en el barco.
Sin embargo, lo que me sorprendió fue ver el rostro de Iván. Era joven, quizás tenía veinticinco o veintiséis años. Sus facciones eran típicamente rusas. Una amplia mandíbula, fuertes pómulos y ojos azules hundidos. Pero desde la frente, pasando por el rabillo del ojo derecho y hasta más abajo de la nariz, lucía una cicatriz que era como una quemadura. Donde la herida cruzaba el ojo, la piel había cicatrizado mal y tenía el párpado parcialmente cerrado.
Percibió mi expresión y volvió a adentrarse en la sombra, alejándose de mí. Sentí haber reaccionado así, porque él me había caído bien.
– ¡Vamos! ¡Date prisa! -apremió-. ¡Vete antes de que el médico se vaya a pasar el día a la playa!
El hospital estaba cerca del mercado y de la carretera principal. Era un gran edificio de madera con un tejado con alero y sin cristales en las ventanas. Una joven muchacha filipina me condujo a través de la sala hasta donde estaba el médico. Todas las camas se encontraban vacías salvo por una mujer, que estaba descansando con un minúsculo bebé durmiendo sobre su pecho. El médico era ruso y, según me enteré posteriormente, era voluntario entre los refugiados. Él y el resto del personal médico voluntario habían construido de cero el hospital, solicitando a la OIR y al gobierno filipino medicinas o comprándolas en el mercado negro. Me senté en un banco rústico mientras el médico me examinaba la mejilla, estirándome la piel con los dedos de una mano.
– Has venido a verme justo a tiempo -comentó, lavándose las manos en un cuenco de agua que la muchacha le estaba sujetando-. Parásitos como éstos pueden sobrevivir durante años y destruyen los tejidos.