La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Escudriñé el cielo y encontré la pequeña pero hermosa constelación que Ruselina me había señalado hacía unas noches. Le ofrecí una plegaria en silencio e imaginé que Boris y Olga estaban allí. Después, pensando en ellos, volví a notar las lágrimas escociéndome en los ojos.
Iván estaba sentado con la espalda ovillada, abrazándose las rodillas, perdido en sus propios pensamientos.
– Allí está la Cruz del Sur -comenté-. Los marineros del hemisferio meridional la utilizan para guiarse.
Iván se volvió hacia mí.
– Estás hablando -comentó.
Me sonrojé, aunque no tenía ni idea de por qué debía sentirme avergonzada.
– ¿No puedo hablar?
– Sí, pero has dicho que no querías hablar.
– Eso fue hace una hora.
– Yo estaba disfrutando del silencio -contestó-. Creía que te estaba empezando a conocer mejor.
Aunque estábamos a oscuras, tuvo que verme sonreír. Noté que él también lo hacía. Me volví hacia las estrellas. ¿Qué pasaba con aquel curioso hombre que me hacía sentir valiente? Nunca había pensado que podría ser tan cómodo sentarse con alguien durante tanto tiempo sin decir nada. Iván tenía presencia. Estar con él era como tumbarse contra una roca que sabías que nunca iba a ceder. Él también había sufrido mucho, pero su pérdida parecía haberle fortalecido. Por el contrario, yo pensaba que si padecía alguna pérdida más, me volvería loca.
– Sólo estaba bromeando -me dijo, pasándome la cesta con los pastelillos-. ¿Qué querías contarme?
– Oh, no -le contesté-. Tienes razón. Se está bien en silencio y sin moverse.
Enmudecimos de nuevo y resultó tan cómodo como antes. Las olas se calmaron y, una a una, las luces del campamento fueron apagándose. Contemplé a Iván. Estaba reclinado sobre la roca con el rostro vuelto hacia el cielo. Me preguntaba en qué estaría pensando.
Ruselina me había dicho que la mejor manera de honrar a los Pomerantsev era vivir con valentía. Había esperado a mi madre, pero no había vuelto, ni había sabido nada de ella. Pero ya no era una niña dominada por las decisiones de otros. Ya era lo suficientemente mayor como para buscarla por mi cuenta. Y sin embargo, a pesar de lo mucho que la echaba de menos, me aterrorizaba la idea de poder llegar a descubrir que a ella también la habían torturado y ejecutado. Me apreté los ojos cerrados y le pedí un deseo a la Cruz del Sur, rogándoles a Boris y Olga que me ayudaran. Utilizaría toda mi valentía para encontrarla.
– Ya estoy lista para volver -le dije a Iván.
Él asintió y se puso en pie, ofreciéndome la mano para ayudarme a levantarme. Alcancé sus dedos, y me agarró con tal fuerza que fue como si me hubiera leído la mente y me estuviera apoyando en mi decisión.
– ¿Adónde podría acudir para encontrar a alguien en un campo de trabajo soviético? -le pregunté al capitán Connor cuando llegué al trabajo a la oficina de la OIR al día siguiente. Estaba sentado ante su escritorio comiendo un huevo escalfado con beicon. La yema del huevo se extendía por todo el plato, y él remojó una rebanada de pan antes de contestarme.
– Es muy difícil -respondió-. Estamos en un punto muerto con los rusos. Stalin es un maníaco.
Levantó la mirada para contemplarme. Era un hombre con muy buena educación, por lo que no me preguntó nada.
– El mejor consejo que puedo darte -continuó- es que te pongas en contacto con la Cruz Roja en tu país de acogida. Han estado haciendo un trabajo maravilloso ayudando a la gente a rastrear a sus familiares después del Holocausto.
Los países de acogida eran el otro asunto que ocupaba los pensamientos de todo el mundo. Después de Tubabao, ¿adónde iríamos? La OIR y los responsables de la comunidad habían enviado solicitudes a muchos países, rogándoles que nos acogieran, pero no habían recibido respuesta. Tubabao era frondosa y cultivable, y deberíamos haber disfrutado de aquel receso, pero nuestro futuro era incierto. Incluso en una isla tropical, nos acechaba la sombra de la melancolía. Ya se había producido un suicidio y dos intentos. ¿Cuánto tiempo se suponía que debíamos esperar?
Sólo después de que las Naciones Unidas ejercieran su presión, los países comenzaron a responder. El capitán Connor y los otros oficiales se reunieron en la oficina. Colocaron las sillas en círculo, se ajustaron las gafas y encendieron cigarrillos antes de discutir las diferentes opciones. El gobierno de Estados Unidos solamente aceptaría a gente que tuviera algún tipo de apoyo en su país; Australia estaba interesada en gente joven, a condición de que firmaran un contrato de trabajo en cualquier tarea que el gobierno les exigiera durante los dos primeros años de estancia; Francia ofrecía camas de hospital para los ancianos o enfermos, para que pasaran allí sus últimos días o para que se recuperaran hasta estar listos para marcharse a otro lugar; Argentina, Chile y Santo Domingo abrían sus puertas sin restricciones.
Me senté ante la máquina de escribir, observando el folio en blanco, paralizada. No tenía ni la menor idea de adónde iría o de qué pasaría conmigo. No podía imaginarme a mí misma en otro lugar que no fuera China. Me di cuenta de que incluso desde que había llegado a Tubabao, había mantenido el anhelo secreto de que finalmente nos dejarían volver a casa.
Esperé a que los oficiales se marcharan antes de preguntarle al capitán Connor si pensaba que sería posible regresar a China algún día.
Me miró como si le hubiera preguntado si pensaba que sería posible que algún día a todos nos crecieran alas y nos volviéramos pájaros.
– Anya, ya no hay ninguna China para tu gente.
Unos días más tarde, recibí una carta de Dan Richards, apremiándome para que me fuera a Estados Unidos gracias a su aval. «No te vayas a Australia -escribía-, están poniendo a los intelectuales a trabajar en las vías del tren. Sudamérica no es una opción para ti. Y no te puedes fiar de los europeos. No olvides cómo traicionaron a los cosacos de Lienz.»
Irina y Ruselina estaban desanimadas. Deseaban ir a Estados Unidos, pero no tenían dinero ni cumplían la exigencia de tener un garante. Me apenaba ver su entusiasmo cada vez que escuchaban a alguien hablar de los animados clubes nocturnos y cabarés neoyorquinos. Le respondí a Dan que aceptaría su oferta y le pregunté si podría hacer algo por mis amigas.
Una noche, Ruselina, Irina y yo estábamos jugando a las damas chinas en su tienda. El cielo había estado encapotado todo el día, y la humedad era tan opresiva que nos vimos obligadas a llamar a una enfermera para que le diera un masaje a Ruselina en los pulmones que la ayudara a respirar. Estábamos en la época seca, que en Tubabao significaba que sólo llovía una vez al día. Temíamos la llegada de la temporada húmeda. Incluso cuando apenas llovía, todo tipo de criaturas de la jungla trataba de guarecerse en nuestras tiendas. En dos ocasiones, una rata había brotado de la maleta de Calina, y nuestra tienda estaba atestada de arañas. Los lagartos transparentes eran conocidos porque ponían sus huevos en la ropa interior y en los zapatos de la gente. Una mujer del distrito segundo se despertó una mañana para descubrir una serpiente enroscada en su regazo. Se había enrollado allí en busca de calor, y la mujer tuvo que mantenerse inmóvil durante horas hasta que la serpiente se marchó, deslizándose por decisión propia.
Todavía no había llegado la época de las tormentas tropicales, pero aquel día había algo amenazante en el cielo. Ruselina, Irina y yo lo contemplamos y divisamos siluetas aciagas formándose en las nubes. Primero, vimos una especie de criatura con forma de trasgo y ojos encendidos, a través de los cuales brillaba el sol; después, percibimos el rostro redondeado de un hombre con una sonrisa maliciosa y las cejas en punta, y, finalmente, una silueta que se movía por el cielo como un dragón. Después, aquella tarde, se levantó un fuerte viento que volcaba los carteles y tiraba abajo las cuerdas de la ropa.