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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Elinor se enteró de que él y Fanny llevaban dos días en la ciudad.

– Tenía grandes deseos de haberlas visitado ayer -dijo John -, pero fue imposible, porque tuvimos que llevar a Harry a ver a los animales salvajes en Exeter Exchange y pasamos el resto del día con la señora Ferrars. Harry estaba absolutamente feliz. Tenía todas las intenciones de ir a visitarlas boy en la mañana, si es que podía encontrar una media hora libre, ¡pero siempre hay tanto que hacer cuando recién se llega a la ciudad! He venido acá a encargar un sello para Fanny. Pero creo que con toda seguridad mañana podré acudir a Berkeley Street y conocer a la señora Jennings. Tengo entendido que es dueña de una muy buena fortuna. Y a los Middleton también tienen que presentármelos. Como son parientes de mi suegra, me complacerá presentarles mis respetos. Han resultado excelentes vecinos para ustedes, según he sabido.

– Excelentes, sin ninguna duda. Su preocupación por nuestra comodidad, la amistad que en todo nos han demostrado, van más allá de las palabras.

– Créanme que me alegra muchísimo escucharlo; en verdad, muchísimo. Pero era de esperar: son gente de gran fortuna, están emparentados con ustedes, y era natural que les ofrecieran todas las muestras de cortesía y las comodidades necesarias para hacerles grata la situación. Entonces, están confortablemente instaladas en su casita de campo y no les falta nada. Edward nos describió el lugar como algo encantador; lo más completo en su tipo que podía existir, dijo, y que todas ustedes parecían disfrutarlo mucho. Para nosotros fue una gran alegría saberlo, les aseguro.

Elinor se sintió un poco avergonzada por su hermano, y no lamentó que la llegada del criado de la señora Jennings, que venía a decirle que su señora las estaba esperando en la puerta, la liberara de la necesidad de responderle.

El señor Dashwood las acompañó hasta las escalinatas, fue presentado a la señora Jennings en la puerta de su carruaje, y tras manifestar de nuevo su esperanza de poder visitarlas al día siguiente, se retiró.

La visita se cumplió como es debido. Llegó con la falsa excusa de que su esposa no había podido venir pues “estaba tan ocupada con su madre, que en verdad no tenía tiempo de ir a ninguna otra parte”. La señora Jennings, por su parte, le aseguró de inmediato que ella no se andaba con ceremonias, porque todos eran primos, o algo así, y que de todas maneras iría muy pronto a visitar a la señora de John Dashwood, y que llevaría con ella a sus cuñadas. El trato de él hacia ellas, aunque reservado, fue muy afectuoso; hacia la señora Jennings, de solícita cortesía; y al llegar el coronel Brandon poco después, lo observó con una curiosidad que parecía decir que sólo esperaba saber que era rico para extender a él idéntica cortesía.

Tras permanecer media hora, le pidió a Elinor ir con él a Conduit Street para que lo presentara a Sir John y lady Middleton. Como hacía un hermoso día, ella accedió de inmediato. Y no bien se habían alejado de la casa, él comenzó a hacerle preguntas.

– ¿Quién es el coronel Brandon? ¿Es un hombre de fortuna?

– Sí, tiene una muy buena propiedad en Dorsetshire.

– Me alegro. Parece un hombre muy caballeroso, y creo, Elinor, que puedo felicitarte por la perspectiva de una situación muy respetable en la vida.

– ¿A mí, hermano… qué quieres decir?

– Le gustas. Lo observé muy de cerca, y estoy convencido de ello. ¿A cuánto asciende su fortuna?

– Creo que a dos mil al año.

– Dos mil al año. -Y luego, esforzándose por alcanzar un tono de entusiasta generosidad, agregó-: Elinor, por ti, desearía con todo el corazón que fuera el doble.

– Sí, te creo -respondió Elinor-, pero estoy segura de que el coronel Brandon no tiene el menor deseo de casarse conmigo.

– Estás equivocada, Elinor; muy equivocada. Con un pequeño esfuerzo de tu parte lo conseguirías. Quizá por el momento esté indeciso, lo escaso de tu fortuna pueda coartarlo o sus amigos se lo desaconsejen. Pero esas pequeñas atenciones y estímulos que las damas tan fácilmente pueden ofrecer, lo persuadirán a pesar de sí mismo. Y no hay razón alguna para que no intentes ganártelo. No debe suponerse que algún otro afecto que hayas tenido antes… en pocas palabras, tú sabes que un afecto como ése es totalmente imposible, las objeciones son insuperables… eres demasiado sensata para no darte cuenta. El coronel Brandon es el hombre; y por mi parte, no me ahorraré ninguna amabilidad con él, de manera que tú y tu familia le agraden. Es una unión que debe complacer a todos. En fin, es algo que -bajando la voz hasta un fatuo susurro- será extremadamente conveniente para todas las partes. -Reconsiderando las cosas, sin embargo, agregó-: Esto es, quiero decir… todos tus amigos anhelan verte bien establecida, Fanny en especial, porque tu bienestar le es muy caro, te lo aseguro. Y a su madre también, la señora Ferrars, una mujer muy bondadosa, estoy cierto de que le daría un gran placer; ella misma lo dijo el otro día.

Elinor no se dignó responder.

– Ahora, sería extraordinario -continuó-, algo muy gracioso, si Fanny pudiera ver a un hermano y yo a una hermana llegando a una situación estable en sus vidas al mismo tiempo. Y no es muy improbable.

– ¿Es que se casa el señor Edward Ferrars? -dijo Elinor con tono resuelto.

– Todavía no está decidido, pero hay algo de eso en el aire. Tiene una excelente madre. La señora Ferrars, con la mayor generosidad, se hará presente y le asignará mil libras anuales si la unión tiene lugar. La dama en cuestión es la honorable señorita Morton, hija única del fallecido lord Morton, con treinta mil libras: una unión muy deseable por ambas partes, y no me cabe duda de que a la larga se materializará. Mil libras anuales es una importante cantidad para que una madre se deshaga de ella, la ceda para siempre; pero la señora Ferrars tiene un espíritu muy noble. Para darte otro ejemplo de su generosidad: el otro día, apenas llegamos a la ciudad, consciente de que en este momento no abundábamos en dinero, puso en las manos de Fanny doscientas libras en billetes. Algo muy bienvenido, porque nuestros gastos son enormes acá.

Hizo una pausa esperando su aprobación y simpatía, y ella se obligó a decir:

– Sin duda los gastos de ustedes, en la ciudad y en el campo, deben ser considerables, pero también cuentan con una buena renta.

– No tan buena, me atrevería a decir, como supone mucha gente. No me quejo, sin embargo; sin duda es holgada y, así lo espero, mejorará con el tiempo. Actualmente estamos cercando el ejido de Norland, lo que es un gasto muy serio. Y también hice una pequeña compra este medio año, la granja de East Kingham, debes recordarla, allí donde solía vivir el viejo Gibson. Esas tierras me eran tan convenientes en todo sentido, tan directamente colindantes con mi propiedad, que sentí que era mi deber comprarlas. No me habría perdonado dejarlas caer en otras manos. Hay que pagar por lo que a uno le conviene, y ello sí me ha costado una gran cantidad de dinero.

– ¿Más de lo que crees que valen real e intrínsecamente?

– Vamos, espero que no. Podría haberlas vendido al día siguiente por más de lo que pagué; pero en cuanto al precio, en verdad habría sido bastante desafortunado, porque en ese momento estaban tan bajos los valores, que si no hubiera tenido la cantidad necesaria en el banco tendría que haberlas rematado con una gran pérdida.

Elinor no pudo sino sonreír.

– Cuando llegamos a Norland tuvimos también otro gasto grande inevitable. Nuestro respetado padre, como bien sabes, legó todos los efectos de Stanhill que quedaban en Norland (y bien valiosos que eran) a tu madre. Lejos estoy de quejarme por ello; el derecho que le asistía a disponer de sus bienes a su antojo es incuestionable. Pero, como consecuencia, hemos debido hacer importantes compras de ropa blanca, vajilla, etc., para reemplazar lo que se entregó. Podrás imaginar, tras todos estos gastos, cuán lejos de ser ricos estamos y cuán bienvenida es la bondad de la señora Ferrars.

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