Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Si los dos niños hubieran estado allí, se podría haber zanjado fácilmente el asunto midiéndolos de una vez; pero como sólo estaba presente Harry, todo fue conjeturas por ambas partes, y cada cual tenía derecho a ser igualmente terminante en su opinión y a repetirla una y otra vez todas las veces que quisiera.
Se tomaron los siguientes partidos:
Las dos madres, aunque cada una convencida de que su hijo era el más alto, educadamente votaron a favor del otro.
Las dos abuelas, con no menos parcialidad pero con mayor sinceridad, apoyaban con igual afán a sus propios vástagos.
Lucy, que por ningún motivo quería complacer a una madre menos que a la otra, pensaba que los dos muchachitos eran notablemente altos para su edad, y no podía concebir que hubiera ni siquiera la menor diferencia entre ellos; y la señorita Steele, con mayor afán aún, se manifestó tan rápido como pudo a favor de cada uno de ellos.
Elinor, tras haberse decidido una vez por William, con lo que ofendió a la señora Ferrars, y a Fanny más todavía, no vio- la necesidad de seguir insistiendo en el punto; y Marianne, cuando se le pidió su parecer, ofendió a todo el mundo al declarar que no tenía ninguna opinión que dar, ya que nunca había pensado en el asunto.
Antes de abandonar Norland, Elinor había pintado un par de pantallas muy bonitas para su cuñada, las cuales, recién montadas y traídas a la casa, decoraban su actual salón; y como estas pantallas atrajeran la mirada de John Dashwood al seguir a los otros caballeros a dicho aposento, las tomó y se las alargó solícitamente al coronel Brandon para que las admirara.
– Las hizo la mayor de mis hermanas -le dijo-, y a usted, como hombre de gusto, con toda seguridad le agradarán. No sé si ya ha visto alguna de sus obras antes, pero en general tiene reputación de dibujar muy bien.
El coronel, aunque negando toda pretensión de ser un entendido, admiró con gran entusiasmo las pantallas, como lo habría hecho con cualquier cosa pintada por la señorita Dashwood; y como ello por supuesto despertó la curiosidad de los demás, las pinturas pasaron de mano en mano para ser examinadas por todos. La señora Ferrars, sin saber que eran obra de Elinor, pidió muy en especial mirarlas; y tras haber sido agraciadas con la aprobación de lady Middleton, Fanny se las presentó a su madre, dejándole saber al mismo tiempo, de manera muy considerada, que las había hecho la señorita Dashwood.
– Mmm -dijo la señora Ferrars-, muy bonitas -y sin prestarles la menor atención, se las devolvió a su hija.
Quizá Fanny pensó por un momento que su madre había sido harto grosera, pues, enrojeciendo un tanto, dijo de inmediato:
– Son muy bonitas, señora, ¿no es verdad -pero entonces probablemente la invadió el temor de haber sido demasiado cortés, demasiado entusiasta en su alabanza, porque de inmediato agrego- ¿No le parece, señora, que tienen algo del estilo de pintar de la señorita Morton? Su pintura es realmente deliciosa. ¡Qué bien hecho estaba su último pa isa je!
– Muy bien. Pero ella hace todo muy bien.
Marianne no pudo soportar esto. Ya estaba enormemente disgustada con la señora Ferrars; y tan inoportuna alabanza de otra a expensas de Elinor, aunque no tenía la menor idea de lo que ello significaba, la impulsó a decir con gran vehemencia:
– ¡Qué manera más curiosa de elogiar algo! ¿Y qué es la señorita Morton para nosotras? ¿Quién la conoce o a quién le importa? Es en Elinor que estamos pensando y de quien hablamos.
Y así diciendo, tomó las pinturas de manos de su cuñada para admirarlas como se debía.
La señora Ferrars pareció extremadamente enojada, y poniéndose más tiesa que nunca, devolvió la ofensa con esta acre filípica:
– La señorita Morton es la hija de lord Morton.
Fanny también parecía muy enojada, y su esposo se veía aterrado ante la audacia de su hermana. Elinor se sentía mucho más herida por la vehemencia de Marianne que por lo que la había originado; pero la mirada del coronel Brandon, fija en Marianne, mostraba a las claras que él sólo había visto cuanto había de amable en. su reacción: el afectuoso corazón incapaz de soportar ni el más mínimo desprecio dirigido a su hermana.
Los sentimientos de Marianne no se detuvieron allí. Le parecía que la fría insolencia del comportamiento general de la señora Ferrars hacia su hermana vaticinaba para Elinor esa clase de obstáculos y aflicciones que su propio corazón herido le había enseñado a temer; y apremiada por el fuerte impulso de su propia sensibilidad y afecto, después de algunos momentos se acercó a la silla de su hermana y, echándole un brazo al cuello y acercando su mejilla a la de ella, le dijo en voz baja pero urgente:
– Querida, querida Elinor, no les hagas caso. No dejes que a ti te hagan infeliz.
No pudo decir más; agobiada, ocultó el rostro en un hombro de Elinor y estalló en llanto. Todos se dieron cuenta, y casi todos se preocuparon. El coronel Brandon se puso en pie y se dirigió hacia ellas sin saber lo que hacía. La señora Jennings, con un muy juicioso “¡Ah, pobrecita!”, de inmediato le alargó sus sales; y sir John se sintió tan desesperadamente furioso contra el autor de esta aflicción nerviosa, que de inmediato se cambió de lugar a uno cerca de Lucy Steele y, en susurros, le hizo un breve recuento de todo el desagradable asunto.
En pocos minutos, sin embargo, Marianne se recuperó lo suficiente para poner fin a todo el alboroto y volver a sentarse con los demás, aunque en su ánimo quedó grabada durante toda la tarde la impresión de lo ocurrido.
– ¡Pobre Marianne! -le dijo su hermano al coronel Brandon en voz baja apenas pudo contar con su atención-. No tiene tan buena salud como su hermana; es muy nerviosa… no tiene la constitución de Elinor; y hay que admitir que para una joven que ha sido una beldad, debe ser muy penoso perder su atractivo personal. Quizá usted no lo sepa, pero Marianne era notablemente hermosa hasta unos pocos meses atrás… tan hermosa como Elinor. Y ahora, puede usted ver que de eso ya no le queda nada.
CAPITULO XXXV
La curiosidad de Elinor por ver a la señora Ferrars estaba satisfecha. Había encontrado en ella todo lo que hacía indeseable una mayor unión entre ambas familias. Había visto lo suficiente de su arrogancia, su mezquindad y su decidido prejuicio en contra de ella para comprender todos los obstáculos que habrían dificultado su compromiso con Edward y pospuesto el matrimonio, si él hubiera estado libre; y casi había visto lo- suficiente para agradecer, por su propio bien, que el enorme impedimento de su falta de libertad la salvara de sufrir bajo aquellos que podría haber creado la señora Ferrars; la salvara de tener que depender de su capricho o de tener que conquistar su buena opinión. O al menos, si no era capaz de alegrarse por ver a Edward encadenado a Lucy, decidió que, si Lucy hubiera sido más agradable, tendría que haberse alegrado.
Elinor pensaba con extrañeza cómo Lucy podía sentirse tan ensalzada por las muestras de cortesía de la señora Ferrars; cómo podían cegarla tanto sus intereses y vanidad como para hacerla creer que la atención que se le prestaba únicamente porque no era Elinor, era un cumplido dirigido a ella… o para permitirle sentirse animada por una preferencia que sólo se le otorgaba por desconocimiento de su verdadera condición. Pero que así era no sólo lo habían manifestado en ese momento los ojos de Lucy, sino que al día siguiente se hizo más claro aún: obedeciendo a sus deseos, lady Middleton la dejó en Berkeley Street con la esperanza de ver a Elinor a solas, para contarle lo feliz que era.
La ocasión resultó ser propicia, porque muy luego después de su llegada un mensaje de la señora Palmer hizo salir a la señora Jennings.