Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Los Willoughby abandonaron la ciudad tan pronto como estuvieron casados; y Elinor comenzó a confiar en que, ahora que no había peligro de ver a ninguno de los dos, pudiera persuadir a su hermana, que no se había alejado de la casa desde el momento en que recibió el primer golpe, para que poco a poco volviera a salir como antes.
Alrededor de esas fechas, las dos señoritas Steele, recién llegadas a la casa de su prima en Bartlett's Building, Holbom, aparecieron de nuevo en la casa de sus más importantes parientes en Conduit y Berkeley Street, lugares ambos en que fueron recibidas con gran cordialidad.
Elinor sólo pudo lamentar verlas. Su presencia siempre se le hacía penosa, y le costaba enormemente responder con alguna gentileza al abrumador placer mostrado por Lucy al descubrir que todavía estaban en la ciudad.
– Me habría sentido muy decepcionada si ya no la hubiera encontrado aquí -repetía una y otra vez, con un fuerte énfasis en la palabra-. Pero siempre pensé que sí iba a estar. Estaba casi segura de que no se iba a ir de Londres por un buen tiempo todavía; aunque usted en Barton me dijo, ¿recuerda?, que no iba a quedarse más de un mes. Pero en ese momento pensé que lo más probable era que cambiara de opinión cuando llegara el momento. Habría sido una lástima tan grande haberse ido antes de la llegada de su hermano y su cuñada. Y ahora, con toda seguridad, no tendrá ningún apuro en irse. Estoy increíblemente contenta de que no haya cumplido su palabra.
Elinor la comprendió perfectamente, y se vio obligada a recurrir a todo su dominio sobre sí misma para aparentar que no era así.
– Bien, querida -dijo la señora Jennings-, ¿y en qué se vinieron?
– No en la diligencia, se lo aseguro -respondió la señorita Steele con instantáneo júbilo-; vinimos en coche de posta todo el camino, en la compañía de un joven muy elegante. El reverendo Davies venía a la ciudad, así que pensamos alquilar juntos un coche; se comportó de la manera más gentil, y pagó diez o doce chelines más que nosotras.
– ¡Vaya, vaya! -exclamó la señora Jennings-. ¡Muy bonito! Y el reverendo está soltero, supongo.
– Ahí tiene -dijo la señorita Steele, con una sonrisita afectada-; todo el mundo me hace bromas con el reverendo, y no me imagino por qué. Mis primas dicen estar seguras de que hice una conquista; pero, por mi parte, les aseguro que nunca he pensado ni un minuto en él. “¡Cielo santo, aquí viene tu galán, Nancy!”, me dijo mi prima el otro día, cuando lo vio cruzando la calle hacia la casa. “¡Mi galán, qué va!”, le dije yo, “No puedo imaginar de quién estás hablando. El reverendo no es para nada pretendiente mío”.
– Claro, claro, todo eso suena muy bien… pero no servirá de nada: el reverendo es el hombre, ya lo veo.
– ¡No, de ninguna manera! -respondió su prima con afectada ansiedad-, y le ruego que lo desmienta sí alguna vez lo oye decir.
La señora Jennings le dio de inmediato todas las seguridades del caso de que por cierto no lo haría, haciendo completamente feliz a la señorita Steele.
– Supongo que irá a quedarse con su hermano y su hermana, señorita Dashwood, cuando ellos vengan a la ciudad -dijo. Lucy, volviendo a la carga tras un cese en las insinuaciones hostiles.
– No, no creo que lo hagamos.
– Oh, sí, yo diría que lo harán.
Elinor no quiso darle el gusto y continuar con sus negativas.
– ¡Qué agradable que la señora Dashwood pueda prescindir de ustedes dos durante tanto tiempo seguido!
– ¡Tanto tiempo, qué va! -interpuso la señora Jennings-. ¡Pero si la visita recién comienza!
Tal respuesta hizo callar a Lucy.
– Lamento que no podamos ver a su hermana, señorita Dashwood -dijo la señorita Steele-. Siento mucho que no esté bien -pues Marianne había abandonado la habitación a su llegada.
– Es usted muy amable. También mi hermana lamentará haberse perdido el placer de verlas; pero últimamente ha estado muy afectada con dolores de cabeza nerviosos, que la inhabilitan para las visitas o la conversación.
– ¡Ay, querida, qué lástima! Pero tratándose de viejas amigas como Lucy y yo… quizá querría vernos a nosotras; y le aseguro que no diríamos palabra.
Elinor, con la mayor cortesía, declinó la proposición. “Quizá su hermana estaba acostada, o en bata, y, por tanto, no podía venir a verlas”.
– Ah, pero si eso es todo -exclamó la señorita Steele- igual podemos ir nosotras a verla a ella.
Elinor comenzó a encontrarse incapaz de soportar tanta impertinencia; pero se salvó de tener que controlarse por la enérgica reprimenda de Lucy a Anne, que aunque quitaba bastante dulzura a sus modales, ahora, como en tantas otras ocasiones, sirvió para dominar los de su hermana.
CAPITULO XXXIII
Tras una cierta oposición, Marianne cedió a los esfuerzos de su hermana y una mañana aceptó salir con ella y la señora Jennings durante media hora. Sin embargo, lo hizo con la expresa condición de que no harían visitas y que se limitaría a acompañarlas a la joyería Gra y en Sackville Street, donde Elinor estaba negociando el cambio de unas pocas alhajas de su madre que se veían anticuadas.
Cuando se detuvieron en la puerta, la señora Jennings recordó que en el otro extremo de la calle vivía una señora a quien debía pasar a ver; y como nada tenía que hacer en Gra y's, decidió que mientras sus jóvenes amigas cumplían su cometido, ella haría su visita y luego retornaría.
Al subir las escalinatas, las señoritas Dashwood encontraron tal cantidad de personas delante de ellas que nadie parecía estar disponible para atender su pedido, y se vieron obligadas a esperar. No les quedó más que sentarse cerca del extremo del mostrador que prometía un movimiento más rápido; sólo un caballero se encontraba allí, y es probable que Elinor no dejara de tener la esperanza de despertar su cortesía para que despacharan pronto su pedido. Pero la exactitud de su vista y la delicadeza de su gusto resultaron ser mayores que su cortesía. Estaba encargando un estuche de mondadientes para sí mismo, y hasta que no decidió su tamaño, forma y adornos -que combinó a su gusto según su propia inventiva tras examinar y analizar durante un cuarto de hora todos los estuches de la tienda-, no se dio tiempo para prestar atención a las dos damas, salvo dos o tres miradas bastante atrevidas; un tipo de interés que sirvió para grabar en Elinor el recuerdo de una figura y rostro de acusada, natural y genuina insignificancia, aunque acicalado a la última moda.
Marianne se ahorró los molestos sentimientos de desprecio y resentimiento ante la impertinencia con que las había examinado y los jactanciosos modales con que el sujeto elegía los diferentes horrores de los distintos estuches que se le presentaban, permaneciendo ajena a todo ello; era capaz de ensimismarse en sus pensamientos e ignorar todo lo que ocurría a su alrededor en la tienda del señor Gra y con la misma facilidad que en su propio dormitorio.
Por fin el asunto fue resuelto. El marfil, el oro y las perlas, todos recibieron su ubicación, y tras fijar el último día en que su existencia podía sostenerse sin la posesión del estuche, el caballero se calzó los guantes con estudiada calma y, arrojando otra mirada a las señoritas Dashwood, pero una mirada que más parecía pedir admiración que manifestarla, se retiró con un aire satisfecho en que se mezclaban un verdadero engreimiento y una afectada indiferencia.
Sin pérdida de tiempo, Elinor expuso sus asuntos y estaba a punto de concluirlos cuando otro caballero se colocó a su lado. Se volvió a mirarlo, y con algo de sorpresa se encontró con que era su hermano.
El afecto y placer que mostraron al encontrarse fue el suficiente para hacerlos creíbles en la tienda del señor Gra y. En verdad, John Dashwood estaba lejos de lamentar volver a ver a sus hermanas; más bien, los tres se alegraron y él indagó acerca de la madre de ellas en forma respetuosa y atenta.